Mi hermana ha sido siempre la pequeña de tres. Llegó cuando mi madre ya rozaba los 40 y fue, para todos, una sorpresa. Yo era la mayor y tenía ya 15 años cuando nació. Entre mi otra hermana, que es menor que yo dos años, y yo, prácticamente la criamos. Mi madre, siempre achacosa, se dedicaba a jugar a las muñecas con ella, a malcriarla, y éramos nosotras las que teníamos que llevarla al colegio, traerla, cuidarla.
Fue muy injusto porque a las mayores nos cortó la adolescencia y nos hizo asumir roles que no nos correspondían.
Nunca hizo falta decirlo porque siempre fue evidente: mi hermana pequeña era la favorita y las diferencias eran abismales: en regalos, atenciones, trato…
La situación en casa era complicada y, tanto mi otra hermana como yo, en cuanto pudimos, echamos a volar. Con menos de 25 años las dos ya vivíamos fuera.
Nuestra hermana pequeña creció colmada de mimos y regalos. No es envidia, es objetividad. Y no pasa nada, lo asumíamos por su posición.
Sin embargo, con los años, mi hermana pasó a aprovecharse de su situación y empezó a sangrar a mis padres: dinero para viajes, para ropa, para cualquier cosa. Ella estudiaba y ellos le costeaban todos sus caprichos.
Mi otra hermana y yo, ya mayores, teníamos nuestros trabajos, pareja, casas e, incluso, hijos. De hecho, de manera ocasional, ayudábamos a nuestros padres con dinero para arreglos que surgían del coche, de la casa e, incluso, para un crucero familiar que hicimos todos a las islas griegas para celebrar su aniversario de bodas.
Mi hermana pequeña consiguió un trabajo y siguió viviendo en la casa familiar. Aportación para gastos: cero. Todo su dinero iba para ella.
La gota que colmó el vaso fue que se compró un coche nuevo recién sacado del concesionario y se lo están pagando mis padres. Ella dice que tiene muchos gastos y que, como ya no conducen, les hace el favor de llevarlos. Pensaréis que es justo. Lo sería si fuese ella la que los llevase a médicos, les hiciese la compra y se encargase de esas cosas… pero no es así: mi otra hermana y yo nos turnamos. Ella, mientras tanto, está de viaje o trabajando.
A mí esta situación me supera porque siempre que he intentado hablarlo con mis padres, ellos la justifican diciendo que es su dinero y hacen con él lo que quieren.
Sí, si os preguntáis si lo hemos hablado con ella, lo hemos hecho. Pero ella todo lo justifica a través de su falta de “suerte”: trabajos inestables, parejas que van y vienen, problemas emocionales. Siempre en modo víctima.
Cuando intentamos debatirlo entre todos, el resultado fue el de siempre: ellos la justificaban, ella se victimizó y nosotras salimos con sensación de egoísmo.
En mi caso, mi marido está harto. Parte de nuestro dinero, porque estamos en gananciales, se va a mis padres y, en última instancia, a mi hermana. Y ya ha dicho basta.
Hace un mes que no les paso dinero y la cosa está tensa: no paran de lanzarnos pullas. Creo que ha sido la mejor opción, aunque me siento mal porque mi otra hermana sigue pagando.