Mi hija fue una niña tímida y muy dulce que siempre andaba bajo mis faldas. Mi marido  bromeaba con que nuestra pequeña sufría de un caso severo de mamitis, porque no me  dejaba ni a sol ni a sombra. Y yo encantada, por supuesto. Siempre pensé que aquella  etapa de amor incondicional y muestras de afecto públicas se le terminaría pasando con  la llegada de la adolescencia, pero nada de eso. Vanesa siguió achuchándome con todas  sus fuerzas y diciéndome te quiero a cada rato, a pesar de sus dieciocho años e  independientemente de que sus amigos estuviesen delante. Jamás hubiera imaginado  que, años después, aquella chica cariñosa y familiar, pudiera llegar a cambiar tanto hasta  el punto de retirarnos la palabra y desaparecer del mapa. 

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Todo empezó cuando acabó la carrera y comenzó con las prácticas de empresa. Desde el primer día dijo estar muy descontenta, se había dado cuenta un poco tarde de que no le  gustaba en absoluto dedicarse a lo que había estudiando. Su padre y yo le dijimos que  aún estaba a tiempo de estudiar o de dedicarse a otra cosa, que no queríamos que se  sintiera obligada, porque era joven y tenía toda la vida por delante para averiguar qué  quería hacer. Sin embargo, ella continuó con sus prácticas y cuando le ofrecieron firmar  un contrato de trabajo al finalizarlas, aceptó sin pensárselo dos veces. Desde entonces,  Vanesa se convirtió en otra persona, una chica gris, de ceño fruncido, estresada y  enfadada con el mundo. Mi hija ya no volvió a ser la misma. 

Cada vez que mi marido y yo intentábamos hablar con ella para hacerle saber que tenía  nuestro apoyo en el caso de que quisiera dejar el trabajo, ella se ponía a la defensiva.  Nos decía que ya era una mujer y que no nos necesitaba, que no iba a dejarlo porque lo  que ella quería era ganar pasta y ser alguien en la vida y que aquel curro estaba muy bien pagado. Con todo, estábamos preocupados por ella. Vivía amargada, ya casi no se  relacionaba con sus amigas y, por supuesto, pagaba su frustración con nosotros. Cuando  su novio apareció en escena, creíamos que su carácter se endulzaría, que volvería a ser  la misma de antes porque como se suele decir, el amor todo lo puede. Y durante un  tiempo, fue así. 

Nuestra relación con Juan fue buenísima desde el principio. Era un chico maravilloso,  enamoradísimo de nuestra hija, a la que trataba con todo el amor y la admiración del  mundo. Los primeros años que estuvieron juntos trajeron de vuelta a aquella chica tierna y alegre; verla sonreír como antes fue un alivio tremendo. Aunque seguía trabajando en  aquel lugar que drenaba su energía, parecía que había aprendido a desconectar y a no  permitir que el ambiente laboral afectase al personal. Hasta que un día la ascendieron y al igual que su sueldo, sus responsabilidades y quebraderos de cabeza, aumentaron. Como  resultado, mi hija volvió a ser esa mujer hosca, desagradable, triste y enfadada que  caminaba por el mundo dando malas contestaciones a todo aquel que osara a ofrecerle  ayuda o a decirle que su comportamiento no estaba bien. 

Por aquel entonces, mi yerno y Vanesa ya llevaban un año casados, felizmente hasta  aquel maldito ascenso. Cuando estábamos solos, el pobre Juan se desahogaba conmigo,  me decía que no sabía qué le pasaba a mi hija, que ya no la reconocía, que le hablaba  muy mal y que los desprecios, las malas palabras y la agresividad era constantes. Y  nosotros le creímos, porque lo habíamos visto con nuestros propios ojos y en más de una  ocasión nos habíamos visto obligados a intervenir después de que mi hija se pusiera a  insultarle como una loca delante de todo el mundo. Lo intentamos todo para que Vanesa  reflexionara, la animamos a que fuera a terapia pero nada funcionó y al final Juan se hartó de aguantar a aquel monstruo en el que se había convertido y le pidió el divorcio. 

Yo sentía mucha pena por mi hija. En primer lugar porque soy su madre y en segundo,  porque si seguía por ese camino se quedaría sola y con razón. Su ex marido siempre  había sido un gran hombre y aunque ya no éramos familia, seguimos manteniendo el  contacto, ya que él no había hecho nada malo y habían sido muchos años queriéndole como a un hijo. Cuando Vanesa se enteró, puso el grito en el cielo. Según sus palabras,  no le veía sentido a que siguiéramos hablando con él, ya que le había hecho mucho daño  y la había abandonado. En resumidas cuentas, él era el malo y nosotros también, por  ponernos de su lado en lugar de darle la razón a ella. Yo no había educado a mi hija para  que fuera una persona tan dañina y cuando de la noche a la mañana, dejamos de tener  noticias suyas, terminé por darme cuenta de que la habíamos perdido. 

No llamaba, no contestaba nuestros mensajes ni nos abría la puerta de casa. Y así  pasaron los meses. Llevamos casi cuatro con el corazón roto, sin saber nada de ella,  salvo alguna vez que la hemos visto por la calle y finge no conocernos.  

 

 

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