Todas las madres dicen que sus hijos son los más guapos. Pues no. En mi caso es un topicazo y una mentira como una catedral. Mi hijo es feo, yo soy fea y su padre es feo. Oye, no todos podemos ser guapos, pero sí compensar con otras cosas.
La belleza es relativa. Otro topicazo: todos sabemos quién es guapo y quién es feo. Luego, los del montón se pueden inclinar hacia uno u otro lado de la balanza. Pero los guapos-guapos son guapos. Y los feos-feos somos feos. Chimpún.
Pues lo nuestro es pura matemática: madre fea más padre feo igual a hijo feo. Y no pasa nada.
Cuando nació nuestro hijo, parecía Mr. Burns: arrugadito, delgaducho, amarillento… Y lo quisimos al instante. Pero sabíamos que no era guapo. Nadie llegaba a verlo y decía que qué cosa tan bonita, porque la mentira hubiera sido tan deliberada que nos habríamos partido de la risa.
Lo que más escuchábamos era:
—»Ay, qué cosita» (cosita la que les daba decir algo),
—»Mira qué ojillos» (omitían el “de sapo”) o
—»No sé si se parece a ti o al padre» (pero, como los dos somos feos, nos sonaba a cumplido).
Independientemente de lo bien o lo mal que te lo puedas tomar, nosotros siempre hemos sido felices, aun sabiendo nuestras limitaciones estéticas.
El caso es que el niño ya no es tan niño. Tiene 13 años y sus hormonas empiezan a revolucionarse. Ya los partidos de fútbol se combinan con paseos por las tardes con chicas.
Él siempre ha tenido a su grupo de toda la vida: dos amigos chicos y dos chicas. Y, claro, ahí llega el problema: dos y dos (otra vez las matemáticas) y mi hijo el feo fuera de la suma.
Me lo tomo a risa porque, al fin y al cabo, no deja de ser algo que cualquiera puede vivir, feo o guapo.
Una de esas chicas sé que le gusta. Le gusta mucho.
Y él lo intenta, pero a ella es evidente que no le gusta. Le quiere mucho, pero no de esa otra manera.
Y yo estoy convencida de que la mujer que se enamore de mi hijo va a ser tremendamente feliz, pero muchos adolescentes todavía están a años luz de entender que las relaciones no se basan solo en el físico.
Un día mi hijo me dijo que odiaba ser feo.
Y, claro, a eso no sabes cómo responder sin caer en tópicos, herirle los sentimientos o romantizar la respuesta. Así que lo cogí, lo llevé al espejo y le dije:
—«¿Qué ves?»
Él, sin dudarlo, me dijo:
—«Un feo.»
Y ahí tiré de respuesta de Mr. Wonderful:
—«Yo veo unos ojos maravillosos que ven el mundo, unas manos fuertes, unas piernas que corren sin parar…»
Pero, como a mí me pasaba con su edad, eso no me consolaba.
Mi hijo todavía no tiene móvil, así que un día me pidió el mío. Se lo dejé un rato y, por la noche, al revisar los correos y los WhatsApp antes de acostarme, cuando estaba haciendo una búsqueda en Google, vi que la última era: «Cómo gustarle a una chica si eres feo.»
No supe si reírme o llorar.
Como estaba en la cama, se lo comenté a mi marido. Y, como los dos lo hemos vivido en nuestras carnes, buscamos una solución.
Como la cirugía no entraba en nuestros planes (es broma), fuimos a hablar con él.
Nos dijo que jamás le iba a gustar a una chica porque era feo, que muchos de sus amigos se reían de él y que alguna chica le había dicho cosas de ese estilo.
Ahí entendimos que era un problema serio, no una gracieta.
Pensamos que la mejor opción era ir a un psicólogo.
Con el psicólogo, mi hijo está trabajando la autoestima, el autoconcepto y, para qué suavizarlo, que le resbale lo que le diga la gente de su físico.
Pero él es todavía casi un niño en un mundo cruel.
A todos los feos, ánimo.
Y a los que critican el físico de los demás: lo siento mucho, imagino que sois unos infelices que se pasan la vida buscando herir para ocultar las mierdas propias.
