Está fatal que yo lo diga, que soy su madre, pero es la pura realidad. Se ha vuelto un prepotente y un insoportable. Literal. No quiero ni imaginar lo que pensarán de él los otros niños. Pero es que, por momentos, se vuelve inaguantable.

Os cuento. Mi hijo siempre fue un niño de muy buenas notas, aprender cosas se le daba bien. Hasta ahí todo ok. En una ocasión, cuando su tutora estuvo de baja una temporada, vino una sustituta. Viendo cómo era académicamente el niño, empezó a hablarle de las altas capacidades, de que si era muy inteligente, de que sería buena idea solicitar una valoración, etcétera.

El chaval nos lo comentó, pero la verdad, no le dimos mucha importancia; él siempre había sido así y nunca había tenido ningún problema ni le había supuesto ningún contratiempo. Tanto su padre como yo estamos bastante en contra de las etiquetas, por decirlo de algún modo.

El caso es que la nueva tutora acabó citándonos a una reunión y nos comentó que había solicitado a la orientadora una valoración. Que pensáramos que era por el bien del niño y todo eso.

Aunque no nos hizo mucha gracia, la evaluación siguió su curso y el resultado fue un CI de 134; total, un niño con altas capacidades en todo su esplendor.

¿El problema? Pues que el chavalito está en 6º de Primaria y la adolescencia aflora con rapidez. Si a esto le sumamos su “nueva condición”, que él considera que lo convierte automáticamente en alguien irrebatible, con toda la razón de su parte y acompañado solo de derechos y cero obligaciones… pues tenemos un tirano adolescente insoportable y resabidillo.

Interrumpe conversaciones para dar su opinión, que nadie le ha pedido; bueno, más que dar opinión, parece que dicta sentencia. Si se debate sobre algún tema, siempre saca datos y estadísticas que no le importan a nadie. Quiere tener siempre la primera y la última palabra y lleva fatal que lo corrijan. Y esto ocurre en casa, pero también en el cole. Ya le ha generado algún conflicto con los compañeros e incluso con algún profesor.

Que digo yo que menuda gracia, en nuestro caso, que le hayan diagnosticado al chavalito; con lo bien que estábamos antes, que era todo “normal”. Es decir, él era así, tenía facilidad para los estudios. Pero ahora no es facilidad: ahora resulta que es un niño de altas capacidades. Y, solo por ponerle nombre, el niñito se nos ha venido arriba y ha empezado a dar por saco a todos.

He intentado hablar con él sobre las consecuencias de comportarse de ese modo, queriendo quedar siempre de “listo” y con la razón. Le he dicho que se hace cansino para todos y le he soltado la chapa —bueno, lo he intentado— en varias ocasiones, pero rápidamente resuelve la conversación con un:
“Es que tú no lo puedes entender.”
Y ahí deja sentenciado lo que quiere decir.

Algunos padres de otros niños de su clase nos han comentado la “suerte” que tenemos porque, según ellos, así nunca va a tener problemas académicos. Ja. De eso me río yo: con su actitud va a tener problemas y punto.

Creo que se sobrevaloran las altas capacidades. Parece que es todo maravilloso y que es un regalo divino, pero en nuestro caso el diagnóstico hizo que la conducta del niño fuera a peor. Estamos pensando en la posibilidad de llevarlo al psicólogo, para que trabaje con él el ajuste a su nueva realidad (bueno, al nuevo nombre de su realidad).