Yo tenía quince años cuando mi madre falleció a causa de una larga enfermedad. Mi  mundo, tal y como lo conocía, dejó de existir en el momento en que ella cerró los ojos por  última vez. Sabíamos que aquel momento iba a llegar, que era inevitable y que nada  podíamos hacer para evitarlo, pero aún así ninguno de nosotros estaba preparado para  decirle adiós tan pronto. Y yo, en plena edad del pavo, mucho menos. 

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Para mí, mi madre lo era todo, aunque no pudiéramos hacer demasiadas cosas juntas  fuera de casa como las otras chicas. De hecho, nunca llegué a ver caminar a mi madre,  ya que desde que yo nací su enfermedad de agravó rápidamente. Durante sus últimos  años de vida, ella fue consciente de que mi padre andaba viéndose con otra mujer,  aunque eso yo no lo descubrí hasta mucho después de su muerte. Por eso se encargó de dejarnos su casa (ya que el piso lo había pagado ella y no mi padre) en herencia a mí y a  mi hermano. 

Cuando falleció tiempo después, supimos por la lectura del testamento que a mi padre le  dejaba únicamente el usufructo de la casa con la condición de que no metiera a ninguna  otra mujer. Es decir, podía seguir viviendo en ella pero la propiedad era exclusivamente de mi hermano, (puesto que ya era mayor de edad) y mía al cumplir los dieciocho. Cuando  mi padre se enteró montó en cólera y, ciertamente, nosotros nos extrañamos mucho  también. Aún no sabíamos qué motivos habían llevado a mi madre a tomar aquella  decisión tan drástica. Con todo, el tiempo fue pasando y en contra de lo que pensábamos, la vida continuó sin mi madre. 

No había pasado un año desde su muerte cuando mi padre nos contó que estaba  saliendo con una mujer. A diferencia de mí, mi hermano se lo tomó bien. Yo no podía  entender cómo había sido capaz de rehacer su vida tan pronto, sentía que se había  olvidado de mi madre, que la había reemplazado con una cualquiera y que ni ésta ni  ninguna otra le llegaría a la suela del zapato jamás. No ayudó enterarme por terceros que  era esa misma mujer con la que había estado viéndose cuando mi madre estaba en las  últimas. ¿Cómo pretendía que viera con buenos ojos a la chica con la que había estado  engañando a mi difunta madre? El problema no era que estuviera rehaciendo su vida,  sino que ya la había estado rehaciendo mucho antes de quedarse viudo. 

 

A pesar de mis reticencias, no me quedó otra que conocerla. Yo era una cría y no tenía  mucho poder de decisión por aquel entonces. Dediqué mucho tiempo a hacerle notar  abiertamente que no quería respirar el mismo oxígeno que ella, que la despreciaba. Mi  hermano trató de hacerme entrar en razón alegando que aquella mujer no tenía la culpa  de que nuestro padre hubiera decidido ser infiel a nuestra madre. Yo me decía a mí  misma que sólo era cuestión de tiempo que se cansara de la situación, ya que ambos nos encargamos de cumplir la exigencia de mi madre en cuanto a que ninguna mujer pisara  nuestra casa. Pensé que se hartaría, que ante el panorama de no poder vivir con mi padre y cargar con dos hijos que no la toleraban, se marcharía. Pero me equivoqué. 

Contra todo pronóstico, los años fueron pasando y ellos siguieron juntos. Mi hermano  terminó por aceptarla del todo y yo, aunque seguía sin soportarla, reconozco que  mantenía una relación cordial con ella. Hacíamos planes los cuatro juntos de vez en  cuando, intentaba acercarse a mí a pesar de encontrarse un muro la mayor parte de las  veces, me trataba bien, era cariñosa con nosotros… Pero meses después de cumplir mi  mayoría de edad, el tema de la casa y la propiedad volvió a salir a la palestra. Sin  embargo, no fue mi padre quien sacó a relucir el tema, sino ella misma. Una tarde llegué  de la biblioteca y me encontré a los tres esperándome en el salón de mi casa. Era la  primera vez, que yo supiera, que la novia de mi padre cruzaba la puerta, ignorando las  exigencias de mi madre. 

A pesar de que mi primer impulso fue agarrar a mi padre y a su novia del brazo y echarles de mi casa, me contuve. Decían que querían hablar conmigo y me pudo la curiosidad. 

Ella, que llevaba la voz cantante en aquella especie de intervención familiar a traición que  me habían preparado, me dijo que habían pensado que ya llevábamos unos cuantos años conociéndonos y que tanto a mi padre como a ella, les gustaría hacer una vida juntos.  Hasta ahí, todo me pareció bastante lógico me gustara o no. Sin embargo, después me  soltó que lo mejor era vender aquella casa, que con lo que sacáramos de ella sumado a lo que habían estado ahorrando, podíamos comprarnos un chalet y ser una familia. Aquella  proposición me cayó igual que un jarro de agua fría. 

¿Vender la casa de mi madre para que ella y mi padre tuvieran un chalet en propiedad?  ¿Una familia? Mi hermano estaba encantado con la idea de vivir en un chalet con aquella  mujer, pero yo ya tenía una casa y una familia, no necesitaba ninguna otra más. Mi  respuesta no era la que se esperaban, me tacharon de egoísta y de ser una cría que no  sabía nada de la vida. Y puede que fuera cierto, que no supiera absolutamente nada de la vida a mis dieciocho años, pero sabía que mi padre había dejado tirada a mi madre  cuando más le necesitaba para irse con otra y que ahora, esa otra me pedía que vendiera su casa para empezar una vida desde cero.  

Le pedí educadamente que saliera de mi casa y desde entonces, nunca más volvió a salir  el tema. Nuestra relación volvió a la casilla de salida, no podía evitar tratar a la novia de  mi padre con frialdad y empecé a evitarla en la medida de lo posible. A día de hoy, aunque no viven juntos de manera oficial, mi padre pasa la mayor parte del tiempo en casa de ella y supongo que no tardará mucho en trasladarse allí mientras siguen ahorrando para  comprarse su ansiado chalet familiar. 

 

 

Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.