Mis padres siempre fueron unos trabajadores incansables. Tenían su propio negocio y durante años, que incluyeron mi infancia y adolescencia, vivimos bastante bien.

Nunca nos faltó de nada y gozábamos de todos los lujos posibles porque, eso sí, no eran precisamente ahorradores. Su máxima era que no les interesaba ser los más ricos del cementerio sino vivir y disfrutar la vida con la máxima calidad posible.

Bajo esta filosofía, me crié entre viajes por todo el mundo, juguetes caros, cientos de actividades que no eran asequibles para todo el mundo, ropa, eventos y todo tipo de experiencias…

 

Por su trabajo, cambiamos en varias ocasiones de domicilio y de ciudad y es por lo que ellos siempre habían sido partidarios de la cultura del alquiler y no de tener casa en propiedad.

Cuando murió mi padre de forma inesperada, la cosa cambió: mi madre entró en una depresión durante un tiempo de la cual afortunadamente acabó saliendo, pero su estilo de vida varió completamente.

Ya no tenía ganas de gastar todo lo que iba ganando si no era junto a su compañero de vida, a pesar de que yo siempre la animé a que continuara disfrutando del día a día como había hecho hasta entonces con él, en su honor además.

Decía que ya no estaba motivada y que, además, le empezaba a preocupar que me quedase algo en herencia para estar tranquila con respecto a mi futuro, de cara a cuando faltase ella también.

 

 

Durante años, y a pesar de mi insistencia, se mantuvo en sus trece. Y así fue hasta el momento de su jubilación, cuando se encontró totalmente y por primera vez en su vida inactiva y entonces algo cambió dentro de ella.

Volvió a relacionarse con otras personas, se apuntó a varias actividades y consiguió crear un grupito muy majo de amigas. Yo, por primera vez en tantos años, estaba feliz por ella, ya que por fin la volvía a sentir plena.

Así fue como, junto a esta nueva pandilla, comenzó a planificar un viaje y acabó cumpliendo uno de sus sueños pendientes: visitar Turquía.

 

 

Cuando volvió, ya no era la misma. Empezó a planificar más viajes de forma compulsiva, uno detrás de otro.

Llegó un momento en que sus nuevas amigas no podían seguirle el ritmo, entre otras cosas por temas económicos, y empezó a viajar también sola o con viajes organizados en los que no conocía a nadie.

Yo seguía aplaudiendo su actitud, a pesar de ser consciente de que cada vez se iba vaciando más su cuenta bancaria, porque lo que cobraba de jubilación era bastante ajustado y lógicamente estaba tirando de sus ahorros de los años anteriores.

 

 

Y aquello empezó a ser un no parar: Nueva York, India, Egipto, Tailandia, la India, Japón, Argentina, distintos cruceros…

En los dos primeros años llego a hacer más de 10 grandes viajes al extranjero. Parecía que no vivía más que para eso…

Una noche, se reunió conmigo y me informó de que tenía calculados los viajes que iba a hacer en los siguientes años según el dinero disponible en su cuenta bancaria y que, por tanto, sentía mucho comunicarme que al final no me quedaría nada de herencia cuando ella faltase.

 

 

Quería advertírmelo ya para que no tuviese una sorpresa desagradable cuando llegara el momento…

Y yo, aunque egoístamente me decepcionaba perder ese legado económico que me sirviese como colchón de seguridad si en el futuro lo necesitaba, respeté y entendí su decisión. Esta era totalmente acorde a su forma de ser, a su esencia y también a cómo había vivido mi padre.

Al fin y al cabo, era su dinero y estaba para disfrutarlo en vida, tal y como habían repetido sin parar y me habían enseñado con su ejemplo…

 

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