Yo creo que era algo que llevaba deseando toda la vida. Pero nunca era el momento. Porque no era algo tan habitual en su juventud; luego porque “no daba buena imagen” en el trabajo; luego llegamos los hijos y no era el momento, y luego… siempre una excusa. Siempre anteponiendo otras cosas.
Hasta que un día, poco tiempo después de jubilarse, nos lo dijo tranquilamente en la comida:
“Mañana me voy a tatuar.”
Todos nos alegramos porque, por fin, se hubiera decidido. Pero lo que no nos esperábamos es que su tatuaje ocuparía un brazo entero. ¡Un brazo entero! Muchas horas entre aguja y tinta.
Pero es que mi madre, cuando volvió de la tatuadora, no solo volvió con el tatuaje: volvió con una sonrisa que no se ha quitado desde entonces. Esa noche fuimos a celebrarlo. Y desde ese día, esa sonrisa no se ha desvanecido.
Busca cualquier ocasión para remangarse, para ponerse mangas cortas, se mira de refilón en los escaparates… tiene una chispa de brillo en los ojos.
Llevaba muchos años esperando el momento. Muchos años con el diseño dentro de su cabeza; algo significativo para ella. Y encontró a la persona que le dio la forma correcta sobre su piel. Y no puede estar más contenta con el resultado.
Creo que no tiene que ver solo con el tatuaje. Creo que tiene que ver con cumplir sueños, con decidirse. Es que ha sido muy valiente; justo en el momento en que la sociedad esperaba que se fuera apagando, haciendo cosas de “señora de su edad”, va ella y decide hacer lo que le da la real gana.
Ole, ole y oleee.
Y yo estoy muy feliz viéndola así.
Algunas de sus amigas le han preguntado; les ha sorprendido que se decidiera a hacerlo “de mayor”. En el fondo creo que lo preguntan con algo de envidia pero sobre todo con admiración. Ella nos dice que esto va de vivir la vida, de cumplir sueños y de sentirse libre.
Creo, de verdad, que lo ha hecho por ella y por nosotros; que nos está dando una lección de vida. Algo tan banal como un tatuaje ha sido para ella un pistoletazo de salida a una nueva forma de enfrentarse a la vida, con decisión y, sobre todo, con ilusión.
No es “una vieja” que se ha jubilado; es una persona libre con un montón de ilusiones nuevas en la mochila.
Siempre he admirado a mi madre por su forma de ser, por su calma, por su manera de enfrentar la vida… pero ahora la he convertido en mi ejemplo a seguir. Mi trampolín personal, el que me impulsa a lanzarme a mis metas con menos miedo y sabiendo que, como mínimo, lo habré intentado aunque no salga perfecto. Hasta me ha cambiado un poquito la visión de la vida.
En breve es su cumpleaños y hemos pensado sorprenderla haciéndonos un family tattoo. No por el tatuaje en sí, sino para certificar, de algún modo, el inicio de una nueva etapa vital que, gracias a ella y a su decisión, nos ha hecho cambiar el punto de mira.
A veces solo se necesita eso: alguien con luz propia que te arrastre, te envuelva, y así acabas brillando también. Eso es exactamente lo que siento.
Que la vida ya es bastante gris, que los problemas te atrapan siempre…
Pero son las pequeñas ilusiones convertidas en realidad las que alegran nuestros días.
