Mi marido llega tarde a casa: creí que era infiel, lo investigué y me dejó callada

 

Desde hace un par de meses, mi marido llega tarde a casa. Lo más sorprendente es que, desde que comenzó el verano, tiene horario intensivo en la oficina y, pese a todo, sigue apareciendo a las mil. No solo entresemana, los domingos también se pierde durante horas.

Quizá te preguntas qué excusas me pone. Al principio, la gran cantidad de trabajo acumulado era el argumento más sólido. Poco a poco, sus clientes fueron cogieron vacaciones y la justificación quedaba un pelín justa. Pasó a decirme que se había apuntado en un gimnasio o que iba a visitar a su madre a la residencia. Otras veces quedaba con amigos, pero yo tenía vetada la participación en la reunión.

Él llegando tarde a casa, con pretextos endebles, y yo cuidando a nuestros hijos y comiéndome la olla.

La investigación

Juro que estoy en contra de espiar a las parejas. Toda mi vida me he escandalizado por la falta de confianza, considerando que “el día que viviese con recelo, le dejaría”. ¡Ja! “Zas, en toda la boca”. Tras esta experiencia he aprendido a no juzgar y a evitar decir: “De esta agua no beberé”. Porque bebí. Y tanto que bebí. Me ahogué.

Hice un intento bastante patético de trastearle el teléfono móvil. Lo único que me escamó fue un mensaje de mi madre, algo descontextualizado, que decía: “Niño, ¿hoy vienes?”. Hice un esfuerzo por rememorar qué habíamos hecho ese día. Comparé con mis WhatsApp y resultó que ese día mi marido sí llegó tarde, pero mi madre me pasó unas fotos de juguetes: se había ido de tiendas, en busca del regalo de cumpleaños perfecto para mi niña pequeña. No cuadraba.

Seguí sin investigando, sin éxito. En la cuenta del banco, que tenemos en común, vi algún gasto de Amazon que nunca llegaba a justificar. Eran superfluos y puntuales, pero al no tener el detalle de la compra, me comencé a volver loca. Mientras tanto, las ausencias se sucedían y mi desesperación crecía y crecía.

La ‘traición’ se quedó en casa

Cogí el coche y lo perseguí. Sí, de loca, de guion de película de sobremesa. Me subí en el coche y lo perseguí. ¿Dónde acabé? En casa de mi madre. Él no dejó su vehículo aparcado por fuera, como hacíamos cuando acudíamos de visita; él tenía mando (¡yo no y era su hija) y escondió el automóvil en el garaje.

No tenía mando del garaje, pero sí tenía llaves. Entré como un huracán a casa de mi madre. Ella se acababa de duchar, estaba enrollada en una toalla y casi la mato de un infarto. Le chillé burradas: “¿Cómo has podido?”, “¡Eres mi madre!”, “Si papá levantara la cabeza…”. Sí, mi madre era una señora viuda, de buen ver, y que por un instante consideré “una zorra”; y, a mi marido, “un pedazo de cabrón”.

¡Sorpresa! 

Las apariencias engañan, señoras. Muchísimo. ¿Sabéis qué pasaba? Mi madre, la viuda, habló con mi marido para regalarme el coche clásico que mi padre guardaba en el garaje y que nunca “tuvo tiempo” para poner en funcionamiento. Se murió sin arreglarlo, era su deseo y yo, como la niña de sus ojos, me sentí fatal al no verle cumplir su deseo.

Mi marido entraba y salía por su cuenta y riesgo cada tarde del garaje, sin tropezarse con mi madre. Ella le dio el mando y el permiso de pasar las horas que gustase entre herramientas. Y él, a contrarreloj y sin conocimientos profesionales de mecánica, trabajaba a destajo para llegar a la fecha de mi cumpleaños. Me enseñó el coche prácticamente arreglado y me justificó los gastos de Amazon.

Aunque le fastidié la sorpresa, el día de mi 50 cumpleaños me vino a buscar en el coche de mi padre y me llevó a cenar al restaurante de nuestra primera cita. Me ahogué, otra vez, pero en lágrimas de felicidad. ¡Qué suerte tengo!

 

Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real.

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