Hace unos años sentí que me estaba quedando atrás. Mis amigas trabajaban, se independizaban, estaban empezando a casarse y ya hablaban de tener niños. En cambio yo había ido dando tumbos entre formaciones, cursos y carreras y no había conseguido terminar nada. Por fin parecía centrada en terminar una carrera pero todavía me faltaban un par de años. En el amor había ido encadenando fracasos, que parecían que serían el hombre de mi vida pero ninguno terminaba de funcionar.
Más testimonios reales en whatsapp
No me equivoqué. La relación avanzó rápido y antes de darme cuenta me estaba pidiendo matrimonio. Le dije que pensaba que era mejor casarse después de terminar la carrera y me dijo que le parecía bien, pero que podíamos empezar a organizar la boda mientras terminaba la carrera.
Y así fue, un junio terminé y en agosto nos estábamos casando. No me dio tiempo ni a empezar a buscar trabajo. Me dijo que no me preocupara, que ganaba bien y no era urgente.
En cuanto volvimos de la luna de miel ya estábamos pensando en tener hijos. Así que volvimos a posponer mi búsqueda de trabajo. Esta vez le pregunté directamente, le dije que quería ver las cuentas, que cómo íbamos de dinero. Me volvió a decir que no me preocupara, que de eso se encargaba él y que podía estar tranquila. Por suerte nunca he sido de derrochar y siempre he ido mirando el dinero, pero no saber no me gustaba pero acepté.
Llegaron los niños y la búsqueda de casa, porque ya no queríamos seguir viviendo de alquiler. Le pregunté por el presupuesto y me dijo que lo importante era encontrar algo que nos gustara. Después de mucho buscar nos decidimos por una casa que necesitaba reforma pero que nos encajaba a los dos.
Yo seguía sin buscar trabajo y aunque me cueste reconocerlo me acostumbré a esa vida, a tener la casa limpia, a cuidar de los niños, a cocinar y a tener algunas mañanas para mí. También me daba vergüenza completar mi CV y pensar en tener que explicar por qué no había trabajado nunca.
Buscamos un cole que encajaba con nuestras ideas y lamentablemente no era barato. Volvió a decir que no me preocupara.
Parecía que todo iba bien. Nada era perfecto, como todas las relaciones y como todo en la vida pero no me podía quejar.
Hasta que llegó un día que fui al supermercado, compré lo de siempre, mucha fruta y verdura y compré una botella de vino bueno porque justo era nuestro aniversario de boda.
Cuando los niños se fueron a dormir cenamos los dos, brindamos con el vino y nos miramos como si fuéramos dos enamorados. Recuerdo como un momento feliz. Pero mientras recogíamos la mesa me preguntó que qué había comprado en el súper, que me había gastado mucho dinero. Era la primera vez que me hacía un comentario así. Le expliqué que el motivo era nuestro aniversario. Antes de darle mi respuesta su cara ya era otra, se le notaba enfadado, angustiado, preocupado. Me habló como nunca antes me había hablado, me acusó de derrochar, de no mirar el dinero, de gastar dinero en tonterías, de ser una mantenida.
Sus palabras me dolieron en el alma. No entendía nada. Dudé si agachar la cabeza o responder. Al final le dije que quería ver las cuentas, que quería saber qué estaba pasando, que si quería empezaba a buscar trabajo. Entonces me miró con odio, diciendo qué cómo iba a buscar trabajo, que nadie me iba a contratar, que no sólo valía como ama de casa y ni siquiera eso lo estaba haciendo bien.
Esta vez ya me dejó sin palabras. Me rompió por dentro y salí corriendo al baño. Decidí irme a dormir y pensar que al amanecer todo se vería de manera diferente.
Por la mañana le noté raro, no me pidió perdón pero le costaba mirarme a los ojos. Yo estaba mucho más calmada y desde mi calma le dije que quería ver las cuentas. Sabía que tenía un excel dónde podría ver la situación. A regañadientes me dejó verlas, prácticamente no teníamos dinero ahorrado y todos los meses llegábamos a final de mes por los pelos. Los meses que había algún imprevisto ya no salían las cuentas.
Me dieron ganas de llorar, de gritarle, de decir mil cosas. Pero no lo dije, respiré profundamente y traté de pensar con calma. Una parte de mí le odiaba por cómo me había ocultado todo, otra por cómo me trató la noche anterior pero una parte más grande de mí sabía que me había casado para lo bueno y para lo malo y teníamos que seguir peleando.
Le di un abrazo mientras me miraba sorprendido, le dije que no se preocupara, que lo íbamos a solucionar. A partir de ese día empecé a llevar las cuentas, a mirar cada céntimo, a vivir angustiada por el fin de mes. Pero al menos lo hacíamos juntos. Empecé a buscar trabajo y aunque todavía no he encontrado nada, confío en que pronto algo saldrá. Él ya no decide sobre lo que hago o dejo de hacer, tampoco en qué gasto o no gasto, he asumido la situación y vamos a seguir hacia delante.