Mi suegra tiene una opinión para todo. Y cuando digo para todo, de verdad que es para todo.

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Da igual que estemos hablando de la alimentación de mi hijo, de sus actividades extraescolares, de las horas de pantalla, de si duerme con nosotros, de si le pongo protector solar factor 50 o factor 30. Ella tiene una opinión. Y, casualmente, su opinión siempre va en contra de la mía.

Lo que más me molesta es que muchas de las decisiones que tanto critica son decisiones que ella jamás tuvo que tomar.

Porque la maternidad de antes no es como la de ahora. Antes, por poner un ejemplo, no elegías colegio, llevabas a tus hijos al que pillaba más cerca de casa. No había jornadas de puertas abiertas, no había distintos métodos de enseñanza, como mucho elegían entre colegio público o concertado.

Sin embargo, los papás ahora tenemos mil opciones. Que está muy bien, pero como sean un poco indeciso o no tengas los conceptos claros, al final te ves metiendo a tu hijo en un cole Montessori sin saber lo que eso significa.

Mi marido y yo, decidimos que queríamos un colegio bilingüe para nuestro hijo, porque le damos mucha importancia a los idiomas. Pues ya tuvo que soltar mi suegra que en esos coles no aprenden bien porque no es el idioma materno de los chiquillos y no se enteran de nada.

También critica las extraescolares a las que llevamos al niño. Según ella, el fútbol es un deporte muy competitivo y hay muy mal rollo entre los padres. Que digo yo, ella que sabrá si no ha venido en la vida a un partido de su nieto.

El niño también va a ajedrez, se queda dos días a la semana en su cole. Pues también, que vaya tontería, que lo llevamos para quitárnoslo del medio un rato porque ese juego lo puede aprender en casa.

Y los sábados por la mañana va a natación. Otra chorrada, si el niño va a aprender a nada solo. “Lo más probable es que coja una pulmonía por llevarlo a la piscina en pleno invierno”, me suelta un día. Que le dije yo que existen las piscina climatizadas, y me dice “están igual de frías”. Ya os digo que tiene respuestas para todo.

Lo más gracioso es que mi marido de pequeño salía del cole y se quedaba en el parque con los amigos hasta la hora de cenar. A veces estaban los críos solos allí, y las madres en casa.

Debe ser por eso que ahora ella ve las actividades extraescolares como una perdida de tiempo y dinero.

Ella nunca tuvo que plantearse si el niño necesitaba inglés, robótica, música, natación y estimulación temprana antes de cumplir los seis años. Así que todo eso son moderneces de ahora, te dice.

Con la ropa, otra guerra. De bebé lo vestíamos de mayor, me decía. Se creerá que aún van los niños con peleles de lana o pantalones cortos con medias altas en invierno. Y ahora, que el crío ya va camino de los siete años, que si no tiene otra cosa que no sean camisetas de fútbol. Pues lo que le gusta a él, porque mi hijo tiene su criterio.

Antiguamente, nos vestían las madres como quería, o con lo que había. Mi marido es el pequeño de tres y fue heredando. Pero yo para uno que tengo pues me gasto el dinero en ropa buena si quiero. “Antes los críos se apañaban con dios camisetas y tres pantalones”. Muy bien, pero ahora tenemos opciones.

El tema de la alimentación también ha sido una pelea contante con mi suegra desde que mi hijo nació. Que no hacía falta tanta teta, que mejor el biberón. Que eso del BLW es una aberración, que purés de toda la vida porque el niño se va a atragantar con los trozos. Y ahora que mi hijo tiene seis años, lo atiborra a azúcar cada vez que vamos a su casa.

“Su padre se comía un bocadillo de nocilla para merendar todos los días y ahí está, que no se ha muerto”.

Estupendo, pero es que la ciencia avanza y cada vez hay más estudios que demuestran lo malísima que es el azúcar para niños. Pues no le entra en la cabeza a la buena mujer.

La crianza cambia. La sociedad cambia. La información cambia. Lo que no cambia es la necesidad de las suegras de opinar sobre lo que no saben. Ya me gustaría a mí tener esa seguridad en mí misma. Porque ella se cree que sabe más que los médicos, que sabe más que los profesores y que sabe más que yo de lo que le conviene a mi hijo.