Nunca tuve ese instinto maternal del que hablaban mis amigas. Mientras ellas suspiraban al ver carritos de bebé y hablaban de nombres para sus hijos futuros, yo sonreía en silencio. No me disgustaban los niños, pero tampoco sentía esa llamada urgente. No me motivaba especialmente, podríamos decir. La maternidad, para mí, era una posibilidad lejana, una idea bonita para mi yo del futuro, una posibilidad, pero no una necesidad.
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Cuando empecé a salir con el que años después se convirtió en mi marido, supe que él sí quería ser padre y que si queríamos seguir juntos, eso momento llegaría. Era una de sus metas vitales. Yo no compartía esa intensidad, pero tampoco me oponía, me veía formando una familia con él. Pensaba que, llegado el momento adecuado, estaría bien dar ese paso. Le quería y acepté ese futuro sin problema.
Y quiso el destino que el embarazo llegase antes de lo previsto. Apenas unos meses después de la boda, me quedé. No lo estábamos buscando aún, queríamos pasar al menos un año de casados estando nosotros solos. Se coló por la escuadra y reconozco que me dejó descolocada. Al principio casi que me contrarié. Sentí que el calendario se me desordenaba, era una de esas personas que planeaba las cosas con tiempo y dejaba atado todo lo que podía. Pero poco a poco, una vez superado el shock inicial, empecé a hacerme a la idea. Y algo cambió dentro de mí.
Sin darme cuenta, empecé a imaginar al bebé. A acariciarme el vientre con una ternura nueva. A mirar catálogos de cunas, de ropa diminuta, de bañeras plegables. Me sorprendía a mí misma sonriendo frente a una pantalla mientras comparaba colores y diseños. Mi marido me observaba con una mezcla de alivio y felicidad. Siempre había temido que yo me echara atrás, que aquella diferencia inicial en nuestro deseo de ser padres nos separara algún día. Pero ahora el bebé venía en camino y yo parecía ilusionada. Todo estaba en orden.

Superamos el primer trimestre sin sobresaltos. Apenas tuve náuseas, solo un leve malestar al despertar. En la ecografía nos confirmaron que todo iba según lo previsto. Escuchar esas palabras m dio una tranquilidad casi vital. Salí de aquella consulta con una alegría que me llenaba el pecho. Por fin podía contarlo a todo el mundo, ya que hasta entonces solo lo sabían nuestros padres y hermanos. Siempre había tenido presente la historia de mi madre, los embarazos que perdió antes de tenernos a nosotras. Ese recuerdo me había hecho prudente. Pero tras aquella revisión sentí que por fin podía relajarme.
Reuní a mis amigas y les di la noticia a todas a la vez. Sus caras de sorpresa fueron inolvidables. Se rieron al verme tan entusiasmada cuando durante años había dicho que la maternidad no me quitaba el sueño. Yo también me reí. No podía creer cómo me sentía de feliz con la idea de ser madre.
Todo parecía avanzar con normalidad hasta que, unos días antes de cumplir el quinto mes, el dolor me despertó en mitad de la noche, un dolor profundo en el vientre y en la parte baja de la espalda. Gases, pensé. Me solían dar la lata desde que estaba embarazada. Pero fue aumentando. Y cuando me levanté de la cama para probar si se me aliviaba sentada en la butaca, vi la mancha de sangre. Roja. Innegable. El miedo me dejó paralizada durante unos segundos que parecieron eternos.
Fuimos a urgencias. La espera era peor que el dolor. Quería que me vieran a toda carrera y que me dijeran que todo iba bien. Que era un susto, una pesadilla, una infección de orina o algo así. Pero no encontraron latido. Mi hijo había muerto dentro de mí y nadie sabía explicarme por qué. Esa fue la parte que más me desgarró: la ausencia de respuesta. Hasta esa misma mañana parecía que todo iba bien. ¿Cómo podía desaparecer así?

El dolor físico fue intenso, pero el emocional fue insoportable. Caí en una profunda depresión. Los días se volvieron espesos, como si el tiempo no pasase lo suficientemente rápido. Lloraba mucho, pasaba mucho tiempo callada. Me costaba levantarme. Perdí el interés en absolutamente todo.
Una tarde, la segunda semana, vino a verme mi mejor amiga. Lo cierto es que había estado bastante ausente y mi marido la llamó para que viniera a intentar animarme. Supongo que sus intenciones no eran malas, pero lo intentó de la peor manera: restándole importancia a lo ocurrido. Sugirió que no entendía por qué estaba tan devastada si, en el fondo, yo nunca había deseado ser madre. Insinuó que quizá debía verlo como una oportunidad para intentarlo más adelante, que seguro que volvería a quedarme embarazada cuando quisiera. Me quedé fría al oírla.
Sentí que invalidaba no solo mi dolor, sino el derecho a haber existido de mi hijo, que trataba ese embarazo y lo que significó como algo superficial e inocuo. Como si el vínculo que había creado con mi bebé no hubiera existido, o peor, no debería haber existido. Como si el hecho de no haber sido una mujer obsesionada con la maternidad como ella me despojara del derecho a llorarlo.
Estallé. La eché de casa entre lágrimas y rabia. Le grité que no iba a permitir que redujera la muerte de mi hijo a un contratiempo en la agenda, o que me tratase como si no hubiera merecido quedarme embarazada y llevar mi embarazo a término por no haber hecho de ese deseo el centro de mi universo.

Esa fue la última vez que la vi como amiga. Después supe que parte del grupo opinaba que yo me había “vuelto loca” tras el aborto. Poco a poco dejaron de llamar. Me juzgaron, me tildaron de exagerada, incluso de estar haciendo un papel para no quedar de fría, dudaron de la veracidad de mis sentimientos. Quedaron retratadas como las arpías que no sabía que eran.
En otro momento de mi vida, esa traición y perdida de las que creía amigas habría sido devastadora. Pero el dolor que llevaba dentro era tan grande que su ausencia pasó a un segundo plano. No tenía energía ni para defender mi versión; de hecho, no tenía por qué hacerlo. No las perdí a todas, hubo tres, tres que me defendieron, me apoyaron, me comprendieron y acompañaron en el peor momento de mi vida.
Y ahora, dos años después, sigo teniendo miedo, mucho miedo. Pero por fin vuelvo a estar embarazada, y quiero confiar en que, en esta ocasión, mi pequeño podrá venir a este mundo, mientras recuerdo con amor al hijo que no pudo ser.
Porque el amor, a veces, pervive en el tiempo incluso cuando el corazón ha dejado de latir.