La verdad es que nunca llegué a pensar que yo sería la protagonista de una historia de este tipo, pero la vida da muchas vueltas y, definitivamente, la mía dio un giro que ni los argumentos de telenovela más descabellados. Cómo iba yo a sospechar que Miri, mi mejor amiga hasta la fecha, iba a clavarme semejante puñal por la espalda creyendo que nunca descubriría el pastel. Y, sobre todo, cómo iba yo a imaginar que aquella traición no solo me haría perder al chico del que estaba enamorada, sino que todo mi entorno llegase a pensar también que sus acusaciones eran ciertas.

Cuando conocí a Miri en el trabajo me cayó fatal automáticamente. No sé explicar muy bien por qué, pero había algo en ella y en su vibra que me tiraba para atrás. Y qué distinto hubiese sido todo si, por una vez, le hubiese hecho caso a mi intuición, pero en lugar de alejarme, decidí darle una oportunidad. Para mi sorpresa, con el tiempo pasamos de tener una relación puramente cordial a hacernos buenas amigas. Me sorprendió comprobar que Miri no era el bicho que yo creía, sino una chica en la que se podía confiar y con la que, además, me lo pasaba estupendamente. Digamos que se convirtió en aquella compañera de trabajo y principal motivo por el que iba a currar con una sonrisa.

Me sentía muy identificada con ella: era una persona introvertida de primeras, pero que, con un poco de tiempo, te mostraba su personalidad premium. Era una tía que daba confianza; con ella podía ser yo misma sin sentirme juzgada, podía contarle cualquier cosa. Por eso, cuando Rafa entró en mi vida no dudé un segundo en hablarle de él y en confesarle lo colgada que estaba por aquel chico que había conocido días atrás. No hacía mucho tiempo que acababa de salir de una relación súper tóxica, que había generado en mí un gran pavor ante la idea de volver a involucrarme con nadie más. Para mí, el hecho de sentir cositas por Rafa y atreverme a dar un paso hacia delante, obligándome a salir de mi escondite sentimental, era un hito.

Por supuesto, Miri se alegró muchísimo y escuchaba entusiasmada todo lo que le contaba sobre él. Tanto, que semanas después, cuando vi que lo mío con Rafa podía tener un futuro, decidí presentarles. Ella siempre hablaba maravillas de Rafa y me comentaba la suerte que tenía de poder estar junto a alguien como él y de la suerte que tenía ella misma por habernos conocido a los dos. Me confesó, medio en serio medio en broma, que muchas veces sentía celos de nuestra relación y que se hundía al ver que ella no tenía a ningún chico y que, según ella, nunca lo tendría.

Nunca llegué a darme cuenta, hasta que ya fue demasiado tarde, de que aquellos celos eran una bandera roja como una catedral. Una tarde decidí ir al médico porque llevaba unos días con molestias y mucho picor ahí abajo. Resultó no ser nada grave, solo una candidiasis, una infección causada por un hongo que se encuentra de forma natural en nuestro cuerpo. Después de comprar en la farmacia la pomada que me habían recetado, me fui a trabajar y le conté a mi amiga lo que me había dicho mi médico de cabecera. Lo cierto es que, como llevaba prisa y tampoco le di demasiada importancia al diagnóstico, olvidé contárselo a Rafa.

No habían pasado ni dos horas cuando mi chico me llamó y me preguntó en un tono brusco qué me había dicho el médico. Me disculpé y le conté lo de la candidiasis con toda naturalidad, pero parecía que él tenía muchas preguntas y no quedaba conforme con ninguna de mis respuestas. Me dijo que le parecía muy raro que hubiese intentado ocultárselo, que si tenía una enfermedad de transmisión sexual tenía derecho a saberlo porque habíamos tenido relaciones y él también podía estar contagiado. Quise pensar que desconocía qué era realmente la candidiasis, así que le expliqué que aquello no era ni mucho menos una ITS.

A pesar de todo, no me creyó y me dijo que iba al médico a hacerse unas analíticas. Me quedé a cuadros. Llorando desconsolada y enfadada como hacía tiempo que no lo estaba, acudí a Miri. Ella me dijo que no entendía cómo mi novio podía desconfiar de mí y que sospechar algo así le parecía un insulto muy grave hacia mi persona. Aquella misma noche, al volver del trabajo, quedé con Rafa para hablar sobre lo sucedido. Él estaba muy enfadado y me dijo que sabía cosas sobre mí que yo no le había contado y que le habían puesto en peligro.

Según me contó, las malas lenguas decían que no era la primera vez que tenía clamidia (porque, según él, lo que me pasaba era eso y no candidiasis) y que yo era muy propensa a contraer ITS porque tenía una vida sexual muy loca. Me dijo que, si de verdad no tenía una enfermedad de transmisión sexual, le mostrara el informe médico. Me pareció tan insultante su desconfianza… Lógicamente, quería aclarar las cosas con él porque le quería mucho, pero no iba a consentir que nadie me acusara de algo así, así que me negué en rotundo y le dije que no quería estar con alguien que ponía en duda mi palabra.

Cuando le pregunté quién le había dicho algo así, me confesó muy ufano que Miri le había puesto en antecedentes y que, si no fuera por ella, por esa gran amiga, habría seguido engañado toda su vida. No me lo podía creer. Mi propia amiga había creado el rumor de que, antes de conocer a Rafa, me había acostado con media ciudad y que, como consecuencia de mi “apetito voraz”, había contraído en innumerables ocasiones todas las ITS habidas y por haber.

Y no solo eso, sino que mi candidiasis no era sino clamidia y que, probablemente, se debía a que le había sido infiel —vete tú a saber con quién— a mi chico. Cuando conseguí calmarme un poco, fui a su casa a pedirle explicaciones. No me sorprendió que lo negara todo y que se hiciera la tonta justificándose en que había entendido mal lo de la infección. Resulta que la “pobre” de mi amiga había entendido que tenía algo grave y que se le había escapado contárselo a mi ahora exnovio.

La voz se corrió y, durante mucho tiempo, algunas personas de nuestro entorno creyeron a pies juntillas aquella versión sobre mi vida sexual y me convertí en el blanco de todas las burlas. Nunca reconoció la verdad de lo que había hecho y yo no volví a dirigirle la palabra. En cuanto pude, cambié de trabajo y saqué de mi vida a Miri para siempre. Qué distinto hubiese sido todo si, por una vez, hubiese hecho caso a esa vocecita en mi interior que me avisaba de que esa persona no era trigo limpio.

Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.