Yo vivo en un pueblo pequeño de Soria. Mis padres nacieron y vivieron allí y yo lo mismo. Me fui a estudiar a Madrid, pero en cuanto terminé la carrera me las arreglé para buscar salidas laborales cerca de mi pueblo y aquí me volví. Me encanta estar y vivir aquí.

Más testimonios reales en whatsapp

No sé si alguno de vosotros tenéis pueblo o habéis pasado vuestros veranos de infancia en uno. La cuestión es que esa época es algo mágico. Para mí, la vida de mi infancia y adolescencia era increíble todos los días, pero en el verano se convertía en algo extraordinario. Venían un montón de niños de Madrid o de otras ciudades a pasar los meses de vacaciones allí y hacíamos pandillas gigantescas, que no tenían hora de vuelta, ni conocían límites territoriales para sus juegos de exploración, creábamos un mundo particular lleno de magia y fantasía.

Dentro de ese mundo privado, aunque éramos decenas de niños, siempre había mejores amigos, grupitos más unidos que compartían barrio o que se llevaban mejor. Yo tenía un mejor amigo, para mí era la persona más importante del mundo. Y lo fue durante muchísimo tiempo. De hecho, lo ha sido prácticamente toda mi vida. 

En estos años dorados de la infancia, diréis, las amistades son muy intensas, pero luego cada uno se va por su lado y se difuminan. Y tenéis razón, en general sucede eso, pero algunas se conservan más allá de este tiempo mágico. Este fue nuestro caso. Nosotros fuimos amigos desde que vinimos al mundo, prácticamente; sus padres vivían en la ciudad, pero pasaban los veranos en el pueblo. Además éramos vecinos, con lo cual estábamos juntos todos los días. Con el paso del tiempo eso siguió siendo así, toda nuestra infancia y adolescencia. El resto de amigos se reían de nosotros y nos llamaban Zipi y Zape. Siempre juntos.

Cuando pasó la adolescencia y llegó la época de la universidad, yo me fui a vivir a la ciudad en la que él vivía. No llegamos a vivir juntos, pero solo nos faltó eso. Estudiábamos juntos, nuestras facultades estaban cerca, comíamos juntos muchas veces. Quiero decir con esto que seguíamos manteniendo una relación muy estrecha. Cuando terminamos de estudiar y nos pusimos a trabajar, él ya no iba tanto como antes al pueblo, las obligaciones no se lo permitían. Pero aún así siempre pasaba 15 días en verano y muchos fines de semana y otras fiestas allí. Y siempre nos veíamos y compartíamos. Yo tuve dos hijos y él fue el padrino de uno de ellos. Creo que no se puede tener una relación más estrecha.

Pues ahora viene lo bueno. El año pasado nos enteramos de que se iba a casar. Digo nos enteramos porque no nos lo dijo él. Lo comentó un día de pasada su madre. El siguiente día que nos le encontramos, varios del grupo de amigos le dijimos entre risas: «Anda, capullo, lo que te gusta guardar secretos, ¿cuándo nos vas a contar que te casas?»

Se echó a reír y, quitándole importancia, nos dijo (a la cara) «buah, es que como no os voy a invitar no os he dicho nada. Va a ser una boda solo de amigos y vosotros sois los del pueblo»

Se nos quedó una cara… Hicimos como que no pasaba nada y cambiamos de tema. Pero os podéis imaginar cómo nos sentíamos todos, especialmente yo, que habíamos sido uña y carne hasta el día anterior. 

 

No entendíamos nada. Cuando lo hablábamos entre nosotros, yo creo que porque no queríamos ver la realidad, decíamos: bueno, será que sea una boda pequeña, solo familia y cuatro mejores amigos. 

Aunque esta teoría patinaba un poco y todos los amigos lo decían: pero tú eres su mejor amigo.

 

Llegó el día de la boda y la vivimos a través de redes sociales. Y no, no fue una boda pequeña, había por lo menos ciento y pico personas. Pero ninguna era de nuestro grupo de amigos del pueblo y ninguno era yo. Personas de las que nunca nos había hablado de pronto eran más importantes que las personas con las que había compartido toda la vida. Nos podía haber dicho: «mirad, me caso, nos os voy a invitar porque solo voy a invitar familia y compromisos» Nosotros nos habríamos quedado tan tranquilos, pero no, nos dijo: «voy a invitar a amigos y vosotros sois los del pueblo» Parecía una maldición.

 

En fin, desde entonces nuestra relación con él es súper tirante. Él nos evita y nosotros, si viene bien, pero si no viene no hacemos por llamarle. Antes yo estaba siempre pendiente cuando venía al pueblo, pero ya no. Considero rota nuestra relación, me he dado cuenta de que nuestra relación estaba descompensada y de que para él soy un estorbo y un amigo del que se avergüenza, así que, con todo el dolor de mi corazón considero nuestra amistad como zanjada. Y por cierto, el que me da vergüenza a mí es él con su falta de tacto y empatía.