Ante todo estimadas, por favor no juzgar; este es un espacio seguro donde vengo a compartirles mis más locas anécdotas porque estoy segura de que mis amigas sí que me juzgarían si supieran esto. Vale, que si me juzgan ustedes no me va a doler tanto, pero mirándolo desde afuera toda la situación tiene momentos y eventos “cuestionables”, por decirlo amablemente.

Más testimonios reales en whatsapp, pincha aquí, es gratis y totalmente privado

Empezamos por el principio para que se entienda. El tío en cuestión me gustaba mucho, muuuucho mucho, mucho. De esos crush que perduran en el tiempo; me había fijado en él quizás dos años atrás. Era barista en un bar que frecuentaba. Durante todo este tiempo le hice ojitos, roce de mano cuando me entregaba el café, me sentaba apuntando el culo hacia él y ese tipo de cosas que no funcionaban. Un día, me armé de valor y le escribí mi número en una servilleta. Días pasaron y nada, así que la próxima vez que volví le pregunté directamente si había visto lo que le había dejado y, con su culo muy alto, me dijo: “Sí, lo vi”, con actitud de “lo vi y no me interesa”. En ese punto quería que me tragara la tierra.

Flash forward: pasaron cosas interesantes. Tuve lo que en internet se conoce como un glow up: me volví constante con el gym, empecé a comer mejor y me puse más buena de lo que había estado nunca. Un viernes de verano cualquiera me lo encontré en un club y el tío no tenía ni puta idea de quién era yo; comenzó a coquetearme sin anestesia. Al principio fui «fuerte» (odiosa) y le dije: “¿No te acuerdas de mí? Soy la chica que te dejó el número en una servilleta hace unos meses”. La respuesta del gran cabrón fue: “Muchas chicas me dejan su número en servilletas”.

A este punto fui menos fuerte y terminamos enrollándonos y yendo a su piso. Si a estas alturas les parece que fui un poco arrastrada, prepárense que viene lo peor. Estábamos enrollándonos en su sofá cuando, con todo el descaro del mundo, unas cucarachas comenzaron a rondarnos. A él parecía no importarle; yo, por mi parte, me estaba muriendo del asco. “Vale, entiendo si te quieres ir”, me dijo.

¿Y qué hizo su arrastrada de confianza? ¿Irse? Sí, claro, pero al supermercat más cercano por pesticidas y desinfectante. Es seguro decir que estar recogiendo cucarachas muertas a las tres de la madrugada del piso de mi crush fue mi momento más indigno. Cuando el lugar estuvo decente y no tuvimos público de insectos, nos comimos, me fui y después de eso, nunca más. Tenía más ganas de comérmelo que de vivir, sí, pero era eso: un asunto por resolver, una asignatura pendiente… y también un patán con higiene cuestionable con quien no podría enrollarme nunca más.