Conocí a mi mujer (bueno, ya debería llamarla exmujer) cuando empezábamos nuestras carreras. Teníamos muchos ideales y muchas ganas: yo quería ser un ingeniero revolucionario y ella una enfermera comprometida.

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Unos años más tarde, no éramos más que un recuerdo de aquellos ideales. Lo bueno es que evolucionamos juntos y entendimos que el trabajo nos daría el dinero para disfrutar nuestro tiempo libre juntos. 

Los sueldos, los precios de los pisos, nuestros gustos (sobre todo los de mi mujer, que no entiende a quién compra jamón barato), las ganas de viajar y organizar la boda perfecta hicieron que nuestros ahorros fueran mínimos.

Estando los dos nos podíamos apañar, pero con la llegada de los niños todo se complicó. Mi mujer, con los turnos imposibles, se pasaba el día cuadrando para ver a los niños y cada día era más infeliz. En mi trabajo vi que echando horas y ganas podría ascender fácilmente y ganar más dinero. Una noche nos sentamos los dos para hablar despacio. Ella fue clara: quería una excedencia para poder criar bien a nuestros hijos, pero no quería perder nivel de vida. La única solución era que yo me sacrificara por el bien de la familia. Mi trabajo me gusta, aunque la ambición de conseguir más dinero y responsabilidad no estaba en mis planes.

Decidimos que era lo mejor y así lo hicimos. Mi mujer empezó a estar más feliz y los niños, más tranquilos. En cambio, yo estaba cada día más agobiado y mi humor iba empeorando por segundos. Al menos, los fines de semana recuperaba fuerzas pasando tiempo con mi mujer y mis hijos.

Hemos pasado así unos años, sabiendo que no era la situación idílica, pero nos funcionaba. Yo confiaba en que, cuando los niños crecieran un poco, más mi mujer volvería a trabajar y yo pediría un cambio de departamento, para no tener que hacer tantas horas y no ganar tanto dinero.

Pero todo ha cambiado. La semana pasada mi mujer me dijo que teníamos que hablar. La verdad es que no lo vi venir; quizás no interpreté las señales (si las hubo) de manera correcta, quizás debería haberme preocupado más por mi mujer.

La conversación fue rápida. Me dijo que quería que nos separemos: no soy la persona de la que se enamoró, ella necesita a su lado a alguien que la trate como lo más importante de su vida, me paso el día trabajando y parece que estoy más preocupado por el trabajo que por la familia.

De primeras me dejó sin palabras, pero igualmente intenté rebatirla, decirle lo mucho que la quería, que cambiaba de puesto de trabajo si ese era el problema, que siguiéramos luchando. La miré de nuevo y su cara me decía que daban igual mis palabras: la decisión ya estaba tomada. 

Ya he dejado de vivir en nuestra casa y, por suerte, hemos llegado a un acuerdo y puedo ver mucho a mis hijos. En el trabajo he pedido una reducción de jornada y sí, quiero ser la persona que era, pero no por mi mujer. Creo que también me merezco ser feliz.  

 

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