No lo vi venir, aunque algunas personas de mi entorno me lo habían advertido. Te diría que el amor ciega, pero lo más curioso de todo es que tampoco la quería. Después de divorciarme, me sentía muy solo y encontré en ella la compañera perfecta. Parecía ser buena persona: era una mujer inmigrante con un pasado complicado y enturbiado por una relación de maltrato. Sentí admiración por su historia de superación, coincidíamos en aficiones, tenía un sentido del humor exquisito que lograba sacarme una sonrisa en el peor momento.
A mi edad y dada mi experiencia, no creo en el amor, pero sí en la simbiosis de intereses. Si bien reconozco abiertamente que no la amaba, sí que pequé de iluso al creer que ella a mí sí.

No voy a mencionar su origen para evitar perpetuar el cliché extendido sobre las gentes de su país.
Yo creo que esto puede sucedernos a cualquiera con cualquiera.
Más de una década juntos
No es que “me la jugase” al inicio de la relación. Aunque tras mi separación me aficioné a las aplicaciones móviles, a ella la conocí como antaño: en un bar. Dos almas en pena: ella de vacaciones, intentando olvidar; yo un cliente habitual, ahogando mi soledad en cerveza. Lo que empezó siendo el lío de una noche, terminó transformando las vacaciones en residencia. Ella nunca volvió a casa o, al menos, no con intenciones de quedarse. Visitaba a su familia, iba trayendo sus cosas. No pasaba más de una semana de viaje; sin embargo, esos intervalos de tiempo fueron aumentando. Pasamos a una quincena en agosto y al mes de diciembre completo.
Llegaron mis primeras Navidades en soledad. Ella se escudó en que su padre estaba enfermo y que quizá eran sus últimas fiestas. Han pasado seis años y el hombre goza de mejor salud que yo; en cambio, ella seguía marchándose cada Navidad.

Intento traerse a la familia, pero no funcionó
Probó a presentarme a sus padres, hermanos, hijos. Tenía dos hijos. Dos varones. Dos jóvenes rebeldes de veintipico años cuyo afán era sacarme de mis casillas. Todo aquello que me molestaba, ellos lo hacían multiplicado por dos. Mi casa es pequeña y la convivencia de los cuatro fue desastrosa. Ni yo les caía bien ni ellos a mí. Desde entonces no los he vuelto a ver.
Los dos han seguido con su vida: se han casado y han tenido hijos. El nacimiento de nietos ha influido en mi pareja, que se apuró por formalizar nuestra relación. Nunca había pensado en casarme, pero para ella parecía importante. Le puse la condición de hacer algo íntimo, solo ella y yo y un par de amigos como testigos, acabando así con su ilusión de un gran festejo. Ella también me puso una condición: que tanto mi negocio como mi casa y las cuentas bancarias estuviesen a nombre de los dos. Su preocupación era que mis hijos, con los que tampoco tengo una relación demasiada cercana, fuesen a “buitrear” mis propiedades si algo me ocurría. Cedí.

Se fue sin mirar atrás
Aguantó un año a mi lado después de estampar su firma en los documentos. Un año fue lo que tardó en encontrar trabajo en su país y marcharse. Se llevó la mitad del dinero y ahora me exige la compra de su parte si quiero recuperar mis propiedades.
Se marchó sin mirar atrás. Hace un mes que ha vuelto ‘a casa’, a su verdadero hogar donde ejerce de hija, madre y abuela. Y yo, vuelvo a estar solo.
Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real de un lector.
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