Hola chicas, os traigo una historia un poco surrealista pero ¡así es mi vida! Resulta que llevo saliendo con Juan un año y medio, es un buen chico aunque un poco tradicional. Me di cuenta cuando un día me invitó a casa de sus padres, y vi la cruz religiosa en la pared del comedor, presidiendo la mesa. Además de los pañitos de ganchillo por todas partes y la costumbre de su madre de presinarse y bendecirnos cada vez que salimos de casa. ¡Pues eso! Juan viene de una familia un pelín tradicional y “old manners”. Me pareció retro salir con un chico así, que lleva la medallita colgando en el coche y zapatos de cuero. ¡Un hombre de verdad! (JA JA JA)

La vida con Juan es bastante rutinaria, empezamos hace poco a hablar de irnos a vivir juntos. Nuestra vida sexual es “bastante rutinaria también”, y lo cierto es que se limita al mismo procedimiento de siempre, con las mismas posiciones y escaso ruido. De hecho, he comprobado que a Juan suele molestarle cuando me pongo innovadora en la cama. No es que yo sea una gran conquistadora, pero si es verdad que considero que siempre he tenido una sexualidad muy libre. Pues la cuestión vino cuando un día cenando en un restaurante hablamos sobre la necesidad de la educación sexual en los colegios, a lo que él respondió de forma seca “al colegio se va a aprender matemáticas no de orgasmos”. ¡Uf, pensé! ¡tendrá un mal día el tío! 

 

Pero eso no quedó ahí, unos días más tarde, en casa salió a la palestra el tema del “satisfyer” y Juan me dijo que él no entendía a las mujeres que tenían esas “porquerías”, y me preguntó todo disgustado si yo tenía uno. Claro, en ese momento tragué saliva y me avergoncé de tenerlo y le mentí ¡le dije que no! – me daba miedo que mi novio me juzgase. 

Pero claro, las mentiras tienen patas muy cortas. Poco a poco Juan fue empezando a quedarse más noches en casa. Un día cualquiera, Juan me pidió unos calcetines, y le comenté que en el último cajón tenía algunos que me quedaban grandes – ¿Y qué había allí? Pues un hermoso satisfyer. Imaginaros mi cara cuando lo trajo hasta el salón, como si fuera una pistola ilegal del mercado negro, empleada en algún horrible asesinato. 

 

Fue un momento de ¡tierra trágame! ¡Si, te he mentido! Entonces Juan se puso un poco nervioso y me dijo que “utilizar un consolador es como ponerle los cuernos” porque lo que estaba haciendo era tener placer a sus espaldas, y que si se supone que necesito eso, es que él no me llegaba ni me complacía en la cama. Además, me dijo al irse y ponerme un ultimátum ¡es de guarras! Juan pasó días sin hablarme, supuestamente porque sentía que estaba siendo engañado por un satisfyer. ¡Insólito! 

Pero lo más increíble fue que yo no me fui inmediatamente de la relación. Pusimos un parche a aquella discusión, y yo acepté que no necesitaba “dispositivos para darme placer a mí misma” y que él “podía ser más moderno a la hora de ver las relaciones sexuales en pareja”. Me lo creí aquella tregua. 

Poco tiempo después todo volvió a revolucionarse. Resulta que estábamos en medio de una relación sexual y yo intenté ser innovadora y hacer cambios con la finalidad de divertirme. Entonces jugando y bromeando abrí la caja de los truenos de los calcetines XL… ¡y todo saltó por los aires! Juan puso cara gélida y pálida, su rostro se hizo sombrío. Entonces yo le dije ¿Qué pasa Juan que tú no te masturbas? ¿Acaso no te tocas? ¿Cuál es el problema? Juan se vistió inmediatamente y sin mediar palabra, y con el pantalón aún desabrochado me dijo saliendo por la puerta, ¡o lo dejas o no vuelves a verme más! Dando un golpe al salir. 

Luego pasó lo de siempre, unos cuantos días “de castigo de silencio” y luego me envió un whatsapp para saber si había reflexionado sobre mi comportamiento. Tardé unas horas en responder, con lo cual no fue un mero acto de rebeldía. Entonces, le hice una foto a mi satisfyer, y se la envié con un corazón. ¡No quiero estar contigo, él hace más feliz que tú!

 

DALIA