Mi vida se podría resumir en el dicho popular: “Consejos vendo que para mí no tengo”. Así soy yo: la amiga perfecta que te va a dar una solución que te va a funcionar, pero esa amiga a la que todo, absolutamente todo, le sale mal por hacer lo contrario de lo que predica. ¿Que por qué soy así? Supongo que me he leído muchos libros de autoayuda, me sé la teoría perfectamente, pero me falla la práctica. Como en el carné de conducir: aprobé a la primera el teórico, pero tardé en lograr conducir muchos intentos.

Uno de mis consejos favoritos era: “Jamás hagas algo por los demás: hazlo por ti”. Pues eso. Uno de mis grandes contraejemplos vino de la mano de una de mis relaciones.

Tenía un novio gordisano que había empezado a ir al gimnasio. Yo siempre he sido una chica grandota, con curvas, pero muy bien puestas y repartidas. Pero una mujerona. Y jamás había tenido complejo, precisamente porque me he visto bien y siempre he sido de las que ligaba. Llamadme loca: pero tener una talla 42 midiendo 1,80 a mí me parece estar muy bien.

Así que mi novio y yo éramos una pareja de esas que, aunque sea políticamente incorrecto decirlo, “pegan” porque nuestros tamaños eran equiparables. Que sí, que no empecéis con los ataques por el peso, las medidas, lo “normal” y lo “extra-ordinario”.

Se apuntó al gimnasio y el fofisano se puso a tope con proteína, ejercicios de fuerza, cargas y descargas y un mundo nuevo y ajeno para mí. Pero el resultado fue que empezó a ganar músculo, a perder grasa y a convertirse en un mazadete. Ahora ya no pegábamos tanto.

Su sugerencia fue que debería empezar a hacer ejercicio. Seguro que con unos kilitos de menos me iba a sentir igual de bien que él. Y, si me lo dice ahora, le mando a freír espárragos. Pero entonces, le veía tan feliz, tan guapo y tan seguro de sí mismo que me lo planteé.

Al principio le dije que yo estaba contenta conmigo misma. Pero él me dijo que seguro que algo más delgada sería un pibón (lo sé, red flag) y empecé a fantasear con uno de esos cambios de Instagram de antes y después.

Me lo estuve pensando un par de semanas y aproveché el arrebato de una compañera de curro de apuntarse al gym de al lado de la oficina para ir en la hora de la comida, e hicimos un dos por uno. Cuando se lo conté a mi chico se puso loco de contento: me dijo que me iba a hacer un plan de entreno, que me iba a pasar una dieta, que… Y una, que es imbécil, se empezó a motivar. Ojo, y no es que me parezca mal ese estilo de vida, que creo que es el óptimo, sino el porqué del asunto: él no quería que yo estuviera más sana, lo que me quería era más delgada.

Y empezamos en el gym, que tenía clases de entrenamiento funcional a la hora de comer. Éramos pocos, pero era muy motivador. Yo partía de nivel nonagenaria moribunda, así que todos los días notaba cierta mejoría y, con las semanas, fui sintiéndome mucho mejor: con más fuerza, más energía y más ganas. Es verdad que estaba tonificando y adelgacé algo, pero nada sustancial.

Pero lo que no sabíamos mi compañera y yo es que íbamos a sumarnos a un grupo tan majo. El monitor era majísimo y, desde el primer momento, me ayudó mucho a superar mis inseguridades deportivas.

Me animaba a coger algo más de peso, celebraba cada logro chocándome la mano, me pegaba voces de ánimo desde la otra punta de la sala si veía que iba a dejar algún ejercicio… Y de los choques de manos pasó a los abrazos, a algún beso a la entrada o a la salida, a comentarios súper cariñosos… Y yo, para qué mentiros, me sentía halagada y, a la vez, me daba mucha vergüenza. Pero empecé a odiar los fines de semana porque no iba a entrenar y no le veía.

Sin embargo, mi novio cada vez me decía que estaba más guapa, que estaba súper orgulloso de todo lo que estaba consiguiendo… Pero a mí ya me daba igual lo que pensara mi novio.

En Navidad el gimnasio organizó una cena y, obviamente, me apunté con todo el grupo del mediodía. Me pensé tanto el qué ponerme que acabé comprándome un modelazo: vaqueros wide leg, un top negro de encaje, una americana y me puse unas botas preciosas de tacón. Me sentía la tía más sexy del mundo con mi pintalabios rojo y mi pelo suelto. Y estaba deseando que el monitor me viera sin mi coleta mal hecha, mis leggins del Decathlon y mis camisetas gigantes de propaganda.

Lo primero que hizo al acercarse a mí fue silbar.
“Si estabas impresionante con tus camisetas XXL, ahora me dejas sin palabras.”
Y se sentó a mi lado en la cena. Tonteamos abiertamente y, cuando íbamos andando hacia un garito, me dijo que sabía que tenía novio, pero que le gustaba mucho. Me pareció tan tierno que decidí, por una vez en mi vida, hacer las cosas bien y coger alguno de los consejos que regalaba.

Fui a casa de mi novio: así, arrebatadora, con el ánimo por las nubes y sabiendo lo que quería. Me abrió e intentó llevarme como un loco a la habitación. Le dije que teníamos que hablar y le conté que había conocido a alguien y que no quería serle infiel. Que necesitaba decírselo antes de que pasara nada, que lo sentía mucho.

Y volví al garito. Y besé a mi entrenador. Y empezamos una relación gracias a que mi novio, exnovio, quiso que adelgazara.
Y ahora ya no solo tengo mi hora de gimnasio a la hora de comer, hago cardio intenso a diario gracias a un profesor entregado a su causa.

Anónimo

envía tus movidas a [email protected]