Una trata de ser feliz con su vida y reforzar las decisiones que ha tomado en lugar de revisarlas continuamente. Pero, a veces, viendo mis condiciones materiales, no puedo evitar pensar que hoy viviría mejor de haber hecho las cosas de otro modo. En esencia, porque estoy sometida a altos niveles de incertidumbre en lo que respecta a trabajo y residencia, que son dos pilares importantes para sostener una vida.
A algunas de mis amigas, en cambio, parece que todo les va genial. Es posible que hayan tomado mejores decisiones que yo o que estuvieran en el momento justo en las mejores circunstancias posibles. Estaban preparadas, aprovecharon la oportunidad y activaron el bucle de la buena suerte.
He mejorado muchísimo en la tarea de centrarme en lo mío y evitar compararme con personas de mi entorno más cercano. Pero, a veces, sigo experimentando ese placer inconfesable de saber que son simples humanas, como yo, con sus luces y sus sombras en la vida.
Hace poco, por ejemplo, una de ellas me confesó que se le hacía muy dura la maternidad y que sentía que tenía poca ayuda externa. Su hija no para en todo el día, no le da ni una sola tregua, y ella está agotada. Me sorprendió su testimonio porque yo habría jurado que estaba encantada con la situación, teniendo en cuenta cómo se expresa en el grupo de amigas de WhatsApp y en redes sociales. La enésima demostración de que no hay que creérselo todo.
Mi amiga se lamentaba de que, en comparación a la mayoría de nuestras amigas madres, que tienen a abuelas maternas y paternas siempre dispuestas a todo, ella no tiene ni un respiro. Como veis, al final todas nos comparamos alguna vez. Encima, ella tiene que estar escuchando siempre lo mismo: “Hija, pues eso es así, todas hemos criado a los niños como ahora lo haces tú”.
No me malinterpretéis, no me alegré de su agotamiento, ni mucho menos. Es más, creo que actué mucho mejor que cualquiera que le dice que se aguante con lo que hay, porque me limité a escuchar y a decirle que comprendía lo que me decía. Sentí empatía hacia ella porque tiene toda la razón. No fue alegría lo que sentí, sino el refuerzo indirecto y externo de mi decisión de no ser madre en mis circunstancias actuales. Simplemente, no podría con ese nivel de actividad ni con otras cosas que ella tiene que asumir.

La mediocridad del conformismo
Es posible que esté demasiado expuesta a vidas ajenas con esto de las redes sociales, o que tienda a idealizar, o a compararme demasiado y a hacerme de menos. Sea por lo que sea, hay un pequeño soplo de alivio en cada queja de mis amigas.
La que tiene la familia perfecta y el trabajo perfecto se queja de nosotras, sus amigas, porque dice que no la tenemos en cuenta.
Aquella a la que los padres le compraron y montaron un piso, para que viviera sin las preocupaciones de la hipoteca, tiene un trabajo precario del que no logra salir.
La que tiene puestazo y es multipropietaria tiene muy mala suerte en el amor y anda mustia porque no logra completar sus planes de vida.
Todas se quejan por algo, y yo escucho y me recreo. Repito, no porque me alegren sus miserias, sino por constatar que no soy la única que las tiene.
Soy consciente de lo impopular que puede sonar todo esto que estoy diciendo. Hay que tener un corazón muy oscuro para recrearse en la queja ajena, y ser muy mediocre como para consolarse con el mal de muchos. Lo acepto.
Pero no pienso sumar la culpa a todo esto. Me permito estos placeres culpables porque me generan sosiego y tranquilidad. No lo estoy haciendo ni peor ni mejor que cualquiera, solo diferente, y puedo ser feliz con lo que tengo sin extrañar lo que me falta, que es lo mismo que hacen las demás.