MI PRIMERA VEZ

 

Una de las grandes dudas a las que te enfrentabas desde el momento que te echabas novio en los ochenta era como sería tu primera vez. Era un hecho que ansiabas y te aterrorizaba por partes iguales. Que si cuando, dónde, como…  Antes no era como ahora que el sexo viene ya de serie como una app instalada en el dispositivo. A ver… lo abro, me doy de alta, empiezo a usarlo, me flipo a la primera, me aburre, lo actualizo, cierro sesión, abro cuenta nueva, creo nuevo usuario,… todo son novedades , expectativas y logros. Como acumular kudos en Strava, más follo, más subo en el ránking.  Pero los boomers lo vivíamos totalmente diferente. Daba mucho respeto abrir esa puerta a lo desconocido.

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Me estrené con mi primer novio, él recién cumplidos los dieciséis. Yo ni siquiera eso.  Medio año deberíamos llevar con la tontería. Aunque por aquel entonces y bajo la premisa de ficha tocada, ficha comida, era de cajón que un día u otro cayera la breva.

Lo que se supone debería haber sido algo bonito, entrañable, afectuoso, delicado… podría poner aquí cincuenta sinónimos más pero lo único que definió ese primer polvo de dos novatos fue la palabra “mierda”.  

Primero porque ni disfruté ni me quedaron ganas de repetir, aunque sabía que lo haría por puro protocolo. Y segundo porque al menda no se le ocurrió otro sitio que hacerlo que en el váter. Pero cuando digo váter no me refiero a estar a horcajadas sentada en el lavamanos, no… me refiero al suelo del habitáculo, el cuerpo encajado entre el cagadero y el plato de ducha.

Para que os hagáis la idea. Esto fue en casa de sus padres, una tarde que estábamos solos viendo una peli del videoclub. Pintaba que haríamos guarrerías, lógico, yo ya contaba con eso. La casa donde vivía era una barraca sencilla de las que construyeron los inmigrantes allá por los años cincuenta. Cuatro paredes con distribución básica,  casi como si montas una casita de lego. Ladrillo por aquí, ladrillo por allí, habitación, comedor, salita de estar y cocina. ¡Anda! ¡Que falta el váter! Bueno, no pasa nada, en el trocito este que ha sobrado para hacer algo parecido a la terraza le meto cuatro tochos más, instalo el wc, la ducha y el lavamanos, y…. voilà! Parece un palomar… hace frío y da pereza salir a echar un pipí en los meses de invierno. Bueno, pero al menos tenemos agua caliente…

Pues si daba pereza echar una meada, no os podéis ni imaginar como fue echar un polvo.

No lo vi venir. Me cogió de la mano y me llevó hasta allí. No sé ni por qué. Estábamos solos en casa, teníamos el sofá y camas a nuestra disposición y si me apuras la mesa del comedor, con su tapete de ganchillo y sus flores secas.  Pero al pipiolo se le antojó el palomar.  Allí me tendió en el suelo helado, hecha un tetris, con las baldosas incrustadas en la espalda.   Y yo me dejé hacer, porque la vida era así.  Ni siquiera lo hablamos ni comentamos después. Él daba por hecho que ya tocaba y me imagino que sus nervios debió pasar para llevar a cabo tal fechoría.  Si me preguntó si me había gustado, ni tan sólo lo recuerdo. Sé que me dolió, pero no me atreví a decírselo. Aunque con eso ya contaba, era lo previsto. El resto de detalles, mi cerebro los ha borrado, no recuerdo nada más, sólo la imagen en verde y amarillo del suelo hidráulico del cuartucho  donde aquella buena familia estuvo evacuando por muchos años.

 

 

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