Cuando una empieza a buscar el embarazo de forma activa, nunca espera que vaya a tener ningún problema. Cree que todo será coser y cantar y que en un par de ciclos ya llegará el ansiado positivo.
En mi caso, después de llevar algo más de un año intentándolo, tuvimos que ponernos en manos de profesionales para entender qué estaba pasando. Tras hacernos todas las pruebas habidas y por haber, nos dieron la peor noticia que podíamos imaginar: mi chico estaba perfectamente, pero yo nunca podría ser madre de forma natural.
Una trompa estaba obstruida y la otra debían extirparla por una inflamación. Fue un palo durísimo y totalmente inesperado. Sí, con un tratamiento de fecundación in vitro podíamos conseguir ser padres, pero saber que nunca me quedaría embarazada de forma espontánea me sumió en una tristeza tremenda que no todo el mundo pareció entender.
La situación se agravó cuando finalmente me sometieron a una salpingectomía. Las mujeres que hayan pasado por este duelo sabrán perfectamente lo que es escuchar frases como:
«¿Y el bebé para cuándo?», «No os animáis», «No esperéis demasiado»…
Todo mientras luchas por no echarte a llorar o por no darle una colleja al cotilla de turno. Yo intentaba mantener la compostura y respondía con un simple:
«Estamos en ello».
Pero mi suegra se pasó por el forro mi necesidad de discreción.
Un día fuimos al pueblo a visitar a mis suegros y, caminando por la calle, una vecina de toda la vida nos paró para saludarnos. Después de las preguntas de rigor, me soltó:
—¿Cómo estás de lo tuyo?
Yo, desconcertada, le respondí que bien. Y entonces ella me dijo que no tenía que fingir, que mi suegra ya le había contado que no tenía bien “aquello” y empezó a darme ánimos con el clásico:
«Tú relájate, ya llegará. Hoy día hay muchos avances en medicina…»
Cuando se fue, mi chico me dijo muy enfadado que eso era cosa de su madre, porque él no había contado nada a nadie. Me prometió que hablaría con ella.
Una cosa es contar algo dentro de la familia cercana, y otra muy distinta ir pregonando por el pueblo que no puedes ser abuela. Yo iba caminando con una mezcla de ganas de llorar y de darle dos gritos, cuando un matrimonio amigo de la familia nos saludó con el mismo discurso. Otra vez:
—Tú no te preocupes, tú relájate, ya verás cómo te quedas cuando menos lo esperes…
De verdad, ¿cuándo entendió la gente que la fertilidad es algo de lo que se puede hablar como si se preguntara por el coche nuevo?
Cuando llegamos a casa, mi chico le preguntó directamente:
—¿Has contado que estamos teniendo dificultades para concebir?
Y ella, tan tranquila, respondió:
—Sí, ¿y qué pasa? No es nada malo.
Ahí no pude más. Llorando, reuní el valor para decirle:
—No es nada malo, pero contarlo o no, es cosa mía. Entiendo que quieras decírselo a tu familia, pero fuera de casa, por favor, no cuentes nada. No me apetece dar explicaciones a nadie.
¿Lo entendió? Por supuesto que no. Se puso a la defensiva:
—No entiendo a santo de qué te pones tan triste si todavía puedes quedarte embarazada.
Mi chico le respondió con la frase que aún resuena en mi cabeza:
—Nadie te ha pedido que lo entiendas, solo que no hables de algo que no te corresponde.
No sé si después de aquello volvió a contárselo a alguien o simplemente pidió que no me preguntaran, pero el caso es que nadie volvió a sacar el tema.
No es que mis problemas de fertilidad sean un tema tabú o algo vergonzoso para mí. Después de muchos años sintiendo que la infertilidad era un fracaso personal, he aprendido a quitarme la culpa de encima.
Pero decidir cuándo y a quién contarle que llevo años intentando ser madre sin éxito, me corresponde solo a mí.
Y a nadie más.
Anónimo.
