Mi suegra tiene cáncer. Lo sabemos desde hace meses, pero hace poco los médicos nos dijeron lo que nadie quiere oír: que ya no hay mucho más que hacer. Que el tratamiento no está funcionando y que la enfermedad ha avanzado demasiado.
Y mientras mi marido se derrumbaba porque va a perder a su madre, yo me siento la peor persona del mundo porque lo que más me preocupa es quién me va a ayudar ahora con los niños… Sí. Lo sé. Es horrible. Inhumano. Una parte de mí se siente una auténtica basura por pensarlo, pero es la verdad. No puedo evitarlo.
Mi suegra vive en el mismo barrio que nosotros y desde que nacieron los niños ha sido nuestro salvavidas. Los recoge del cole, les da la merienda, los lleva al parque, los baña si se nos complica el trabajo. No sé cómo lo habría hecho sin ella todos estos años.
Y ahora que se muere, además del dolor, me invade un miedo muy egoísta, y es que no sé cómo me voy a apañar sin ella.

Os tengo que reconocer que nunca fue santo de mi devoción. Mi marido es hijo único, su padre falleció cuando él era un niño, y siempre ha estado muy apegado a su madre. Por lo que a mí me veía como una rival, como la lagarta que vino para llevarse a su querido hijo. No me lo tomo como algo personal porque estoy segura de que ninguna mujer habría sido jamás suficiente para su retoño.
En el pasado me lo ha hecho pasar mal. Me hacía comentarios sobre mi ropa, no le gustaba la carrera que estudié y, por supuesto, no aprobaba que si hijo y yo nos fuéramos a vivir juntos sin casarnos antes.
Cuando nacieron mis hijos, se volcó en ellos y empezó a ejercer de abuela presente y amorosa. Pero no sin antes criticarme en mi papel de madre: no le gustaba el nombre que elegí para mi primer hijo (para el segundo sí porque lo eligió su hijo), le parecía mal que hiciéramos colecho, BLW y todas esas cosas modernas que hacíamos según ella.
Y cuando se quedaba con ellos se tomaba las libertades de cambiarlos de ropa cuando no le gustaba lo que yo les había puesto, o de darles de comer dulces, bebidas azucaradas y cosas que le habíamos dicho expresamente que no les diera.
Bueno, al final son cosas con las que tienes que tragar cuando tu suegra es quien te ayuda con tus hijo. Una niñera me habría dado menos problemas, pero me habría costado un dinero que no tenía.
Os cuento todo esto para poneros en situación. O quizás para justificarme por no estar triste por el inminente fallecimiento de mi suegra, si no por la que se me viene encima en cuanto a logística familiar.

Me paso las noches haciendo cuentas mentales de encaje de bolillos para encontrar la solución mejor a este problema que se nos viene encima. Si salgo antes del trabajo puedo llegar al cole, pero para salir antes tendría que pedir una reducción de jornada y, por lo tanto, cobrar menos. Por otro lado, si contrato a alguien le tengo que pagar un buen dinero y al final la mitad de mi sueldo es para pagar a esa persona. Mis padres viven lejos y no pueden ayudar. Mi marido tiene su propio negocio y llega a casa a las nueve de la noche. Todo se desmorona.
Y mientras tanto, mi suegra se apaga. Está en casa, más débil cada día. Cuando vamos a verla, los niños corren a abrazarla y a contarle sus cosas, y ella sonríe como si nada pasara. Yo intento sonreír también, pero me cuesta. Me siento culpable por llorar por mí, por lo que pierdo, más que por ella.
Me gustaría poder llorar por mi suegra y acompañar a mi marido como se merece. Pero no puedo. Os juro que no me sale. Mi única preocupación ahora mismo es apañarme con mis hijos.

Si algo me ha enseñado la maternidad es que cuando tienes hijos, el instinto de supervivencia se impone. Ya no piensas solo en el dolor, sino en cómo vas a sostener todo lo que depende de ti. Y es agotador.
Además, no es que yo sea una persona fría, es que me suegra jamás se hizo querer. Y sí, me da pena que lo esté pasando mal, me da pena que mi marido esté destruido, pero no siento pena por su partida.
No voy a echar de menos a una persona que me reta contantemente, que me juzga como madre y que me odia por haberle arrebatado a su hijo. Mi marido echará de menos a su madre porque con él se comportó siempre bien; mis hijos echarán de menos a su abuela, porque siempre fue cariñosa y complaciente con ellos. Pero yo no voy a echar de menos a mi suegra desde el afecto que nos teníamos que era nulo. Sólo echaré de menos que me recojan a los niños del cole.
Pero al final encontraré la manera de apañarme, y la vida seguirá adelante.
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