Estaba el otro día viendo una serie y me di cuenta de un detalle: qué fácil hacen eso de tener amistades a partir de los 30. Y en plural. En grupo. Y de las que sacan tiempo en su apretada agenda para acudir a beber vino y comer helado llorando penas siempre que la situación lo requiere.
Pienso en mí misma. Con 35 años. Amistades contadas con los dedos de una mano y me sobran. Y con esas pocas amistades aún hay que hacer malabares para verse tres veces al año.
Sé que hay muchos posts en Instagram hablando de ello, pero es que yo creo que la pregunta es inevitable: ¿qué estoy haciendo mal? Porque una llega a pensar que lo que le ocurre no tiene lógica. En alguna vida anterior debí hacer cosas muy malas para no tener esa familia elegida.
A ver, que no soy perfecta, está claro. En alguna ocasión hasta he sacado los pies del tiesto por encima de mis posibilidades. Y en ciertos momentos del ciclo menstrual, lidiar conmigo convalida el título de bombero.
¿Qué cualidades hay que tener para ser un hogar para los demás? ¿Qué hay que hacer para unir a un grupo de personas y sentir que estás en familia? De momento, solo he conseguido sentirme así con alguna persona y siempre en una relación de tú a tú. Diría que, ahora mismo, no sería capaz de juntarme con tres amigas que, entre ellas, también se conociesen.
Ese anhelo es muy real. Y muy propio de personas que sienten que no acaban de encajar en ninguna parte. No encontramos nuestro lugar en el mundo. El angelito de nuestro hombro izquierdo nos dice que esto puede pasar, que no tenemos nada de malo. Pero nuestro demonio (o demonios, porque suelen ser muchos y van por dentro) nos repite: chica, la estás cagando, averigua cómo.
Paradójicamente, siento que alguna de vosotras, al leerme, se sentirá identificada. Intuyo que, en realidad, no estoy sola en esto. Pero qué traicionera es la mente…
¿Habría que ignorar ese anhelo? ¿Quitarle importancia? ¿Ocupar el tiempo en otras cosas? ¿O ponerle solución? Pero claro, ¿qué solución? El sentimiento de estar en familia no se impone. Es algo que nace de forma natural, espontánea. O conectas con esas otras personas o ahí no hay de dónde rascar.
He llegado a consultarle a ChatGPT sobre esto. Según la IA, debo dejar que la gente se acerque a mí. Así, a lo Jesucristo. Dice que quienes realmente vibren como yo, quienes vibren bonito conmigo, acabarán llegando. Pero mientras tanto, ¿qué? ¿Cómo se supone que una procede con esto? ¿Con perfiles en apps de amistades? ¿Llenando la agenda de actividades a ver en cuál tengo suerte? ¿Me pongo un cartel de “familia elegida gratis” y me paseo con él? Igual da tanta pena que lo que me llevo gratis es un abrazo. Algo es algo.
Porque entiendo la gracia de apuntarse a actividades. Se supone que va gente que también lo disfruta. Pero la identidad de la persona es muy compleja. Te puede flipar el senderismo, pero quizá no encuentres a nadie con quien hablar de heavy metal. O te hablan de heavy metal, pero no conectas como para contarle tus movidas con tu ex.
Encontrar a esa familia a la que puedes contarle todo, abrirte en canal con ella… se me antoja misión imposible.
Por la presente, creo que lo suyo sería repetirme cual mantra: “nena, esto es una serie, no es verdad, la vecina está tan sola como tú”. O apagar la tele y hacerme amiga de la vecina. Igual tengo a mi familia elegida viviendo encima de mí y yo sin enterarme.
