Mi suegra es una superheroína. No lleva capa, aunque tiene una rebeca sospechosamente larga que podría cumplir esa función. No va embutida en unas mallas, aunque sí en una faja reductora.

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Pero tiene un don que ya querría cualquier personaje de Marvel: detectar absolutamente todo lo que hago mal con una sola inspección ocular. Ni rayos X, ni invisibilidad, ni superfuerza. Lo suyo es mucho más útil en la vida real: visión crítica 360 grados.

Cualquier día va a venir el Profesor Xavier a ficharla para los X Men. Mi suegra tiene que ser un mutante, porque lo suyo no es normal.

Llega a mi casa, deja el bolso, y sin ni siquiera quitarse el abrigo ya ha hecho un escaneo completo del salón. Yo aún estoy diciendo “hola” y ella ya ha localizado tres motas de polvo, dos cojines mal colocados y una mancha sospechosa en la mesa que, sinceramente, yo no había visto.

—Aquí no has pasado bien el polvo, está sucio —dice.

Os acordáis de vuestra madre, cuando no encontrabais algo y ella os decía “¡A qué voy yo y lo encuentro!”. Pues eso hace mi suegra con las motas de polvo. Las encuentra, aunque sean minúsculas, casi microscópicas.

Y yo miro. Y no veo nada. Pero claro, ahí está la diferencia entre una persona normal y alguien con superpoderes.

Luego está el cubo de la ropa sucia. Su obsesión. Lo tengo puesto en el baño, entre el lavabo y el inodoro. Pues yo creo que finge que tiene ganas de hacer pis, sólo para entrar en el cuarto de baño y ver cómo de lleno está el cubo.

Según ella, siempre está “hasta arriba”. Da igual que lo haya vaciado hace dos horas. Da igual que sólo haya dentro un pijama y dos calcetines huérfanos. Para ella, ese cubo representa la dejadez, el caos que tengo en mi casa.

—¿Cómo puedes tener esto así? ¿No te da tiempo a poner la lavadora? —me dice, señalándolo como si fuera una prueba incriminatoria en un juicio.

Y yo pienso: “Porque tengo hijos que manchan, porque aquí vivimos personas que usamos ropa y porque no tengo tiempo de hacer tres lavadoras al día como haces tú, Carmen”.

—Pues yo hay días que pongo hasta tres lavadoras — Si no lo dice, revienta. Y yo por dentro me descojono al mismo tiempo que repito sus palabras mentalmente, porque lo de las tres lavadoras me lo dice siempre que viene a mi casa.

Pero lo mejor de todo es su súper habilidad para detectar lo mal que come mi hijo. No importa que ayer me pasara la mañana cocinando lentejas ecológicas, pollo a la plancha o verduras al vapor. Si en algún momento de la semana el niño ha tocado una galleta, ella lo sabrá. Las bolsas de patatas fritas son el enemigo.

—A este niño le das muchas guarrerías —sentencia, mientras él se come una galleta oreo, la primera que se ha comido en toda la semana.

Porque también los niños son así, oportunos. Parece que eligen siempre el momento menos indicado. Lleva toda la semana merendando fruta y justo hoy, que venía su abuela, se le antojan unas galletas y un vaso de leche.

Yo creo que tiene un súper olfato, que huele el azúcar y las grasas saturadas a kilómetros. Entre esto y la súper vista, cualquier día la contrata Disney y le hace una serie.

Pero su superpoder no se limita a lo tangible. No. También tiene una habilidad especial para detectar decisiones cuestionables.

—¿Le has puesto esa camiseta para salir? —pregunta, con una ceja ligeramente arqueada.

Y ahí ya sabes que has fallado como madre, como persona y probablemente como ser humano en general. Porque claro, has vestido a tu hijo como un zarrapastroso sabiendo que su abuela iba a venir a buscaros para salir un rato al parque.

Yo pensaba que el niño iba bien. Limpio, incluso conjuntado. Pero no. Al parecer, esa camiseta no es adecuada para “bajar al parque”. Por lo visto hay que ir de etiqueta para que el niño se reboce por la arena y por el césped.

Que también os digo, prefiero que venga a buscarnos para salir a la calle, a que se plante en casa un domingo a comer. Que tú puedes hacer un plato digno de un restaurante con estrella Michelin, que ella encontrará algo para criticarlo.

—Está bueno, pero creo que se te ha ido la mano con la sal.

Siempre hay un “pero”. Siempre hay una mejora posible. Siempre hay un pequeño ajuste que, casualmente, coincide con cómo lo hace ella.

Y ojo, que no lo dice con mala intención. O al menos eso quiero creer. Lo dice como quien comparte un conocimiento ancestral, como si estuviera transmitiendo sabiduría de generación en generación. El problema es que esa sabiduría siempre implica que tú lo estás haciendo regular tirando a mal.

Si limpio, no limpio suficiente. Si cocino, podría hacerlo mejor. Si regaño a mi hijo, estoy siendo demasiado dura. Si no lo regaño, es que soy una blanda. Todo así.

Pero con los años que llevamos siendo suegra y nuera yo también he desarrollado un súper poder: todo lo que me dice, me entra por un oído y me sale por el otro.