La relación con mi tío siempre ha estado plagadita de altibajos. Desde que tengo uso de razón, los problemas entre él y mis abuelos fueron la tónica habitual en casi cada uno de sus encuentros, que se multiplicaron cuando su mujer entró en escena para sumarse a la ecuación. Con el paso del tiempo y a fuerza de desplantes e idas de olla, terminó mutando en el villano oficial de la telenovela en la que se ha convertido mi familia.

Cuando éramos unos críos, mis primos y yo le teníamos por el tío guay de la familia, ese veinteañero moderno que escuchaba casi la misma música que nosotros y nos hacía reír hasta dolernos el estómago. Pero si había alguien que tenía auténtica ceguera con él, eran mis abuelos, que mostraban un favoritismo evidente: para ellos era el pequeño, el niño bonito. Sin embargo, él no les correspondía demasiado en ese amor incondicional; siempre fue una persona muy independiente y despegada y se aprovechaba de esa predilección que ellos sentían.

Con el tiempo, ese distanciamiento se acrecentó hasta el punto de que entre mis siete y mis quince años apenas conservo ningún recuerdo suyo, más allá de las discusiones que mantenía con mis abuelos por teléfono. El simple hecho de ver a mi tío pasó a convertirse en todo un acontecimiento, casi como el cometa Halley, un espectáculo que sucede cada 76 años. El día que supimos que mis tíos iban a ser padres, pensamos que aquella situación cambiaría, pero nada más lejos de la realidad.

Cuando mis abuelos llamaron para darles la enhorabuena y preguntar cuándo les venía bien conocer al nuevo miembro de la familia, mi tío les dijo que ya lo harían en el bautizo. Aquello fue un palo para mis abuelos, pero al fin y al cabo era su decisión. El día del bautizo, cuando mi abuela, emocionada, fue a darle un beso en la frente al bebé, mi tío no se lo permitió y se lo llevó sin mediar palabra para hacerse la foto de rigor con la familia de mi tía, en la que, por supuesto, ninguno de nosotros estuvo incluido.

Todavía hoy, muchos años después, me duele recordar las lágrimas de mi abuela. Con todo, mis abuelos continuaron llamando a su hijo para interesarse por su nieto, a pesar de que él les diera largas o contestara con malas formas. Un día, cuando una de mis primas, harta de ver llorar a mi abuela, le llamó para recriminarle su actitud, él respondió que “la familia cuanto más lejos, mejor”. Después de aquella llamada, no volvimos a saber nada de mi tío hasta pasados casi quince años.

Tuvo que fallecer mi abuela para que mi tío volviera a aparecer, queriendo retomar el contacto. Decía estar arrepentido y sentir una culpa enorme por no haber aprovechado el tiempo junto a su madre. Todos nos alegramos de que, aunque tarde, se hubiera dado cuenta de su error y con el tiempo decidimos darle una oportunidad. La verdad es que algunos sospechaban de ese cambio tan repentino y pronto descubrimos que no iban desencaminados.

Durante un breve periodo de tiempo, tanto mi tío como su mujer se mostraron muy implicados con los asuntos de la familia: iban a cumpleaños, barbacoas, escapadas al pueblo… lo nunca visto. Pocos meses después de haber retomado el contacto, nos contó que estaba endeudado hasta las trancas, que no podía pagar la hipoteca ni los gastos de la casa porque todo el dinero iba destinado a la deuda, que ya superaba las cinco cifras.

Así fue como nos enteramos de que mi tía regentaba un negocio que había costado mucho dinero y que iba de mal en peor. En vez de cerrar, decidieron seguir gastando un pastizal. Entonces mi tío nos pidió una cantidad considerable de dinero prestado, prometiendo devolverlo en cuanto pudiera. A todos nos pareció un poco heavy el asunto, pero, ¿cómo íbamos a permitir que se viera en la calle pudiendo echarle una mano?

Sobra decir que nunca devolvió aquel dinero y que, pasados unos meses, cuando hubo pagado parte de su deuda, mi tío volvió a las andadas y poco a poco se fue alejando hasta desaparecer otra vez de nuestras vidas. Lo cierto es que a ninguno nos sorprendió; pensamos que tendrían que pasar otros quince años para volver a saber de él y de mis primos. Poco hemos sabido salvo por llamadas esporádicas que nos “regala” como migajas, en las que promete que pronto nos devolverá lo prestado.

Anónimo.