Yo pensaba que tener una influencer de vecina iba a ser algo glamuroso.
Más testimonios reales en whatsapp, pincha aquí, es gratis y totalmente privado
Yo qué sé, que igual me encontraba paquetes de Sephora en el portal, que igual me regalaba cremas coreanas o me enseñaba a hacerme el clean girl ese con el que todas parecen actrices de Hollywood.
Pero no nena, la realidad de convivir con una influencer es muchísimo más parecida a vivir al lado de un rodaje permanente dirigido por una persona con ansiedad y un aro de luz.
Mi vecina es influencer o más bien creadora de contenido, desde hace unos tres años y desde entonces esta comunidad de propietarios parece un plató de Netflix.
Para empezar, la iluminación del rellano ya no se usa para ver, se usa para grabar contenido, porque parece ser que nuestro rellano le parece «aesthetic» y los lookitos del día, le gusta grabarlos ahí.
Hay veces que abro la puerta en pijama para bajar la basura y me encuentro a esta mujer grabándose en slow motion mientras sostiene un café vacío y mira al infinito como si acabara de descubrir el sentido de la vida.
Y claro, tú apareces por detrás con una bolsa del Mercadona, cara de estreñida y andando de puntillas… y automáticamente te conviertes en el making of de su vídeo motivacional. Y te das cuenta de lo mucho que se mofa media España por ver a la vecina cotilla bajando la bolsa de basura.
Nuestras paredes son bastante dignas pero cuando abrimos la ventana nos podemos pasar TODO el día escuchando los mismos 30 segundos de canción, en bucle.

¿Tu sabes lo mucho que te puede desquiciar oír esa mierda de «Dame un gr… un que? Un grrr.. un que? Un grr» en repeat CONSTANTE durante 4 horas?
Luego están los audios… Porque aparentemente las influencers no hablan. Proyectan. Lanzan mensajes al aire, al universo… no sé, está como un cencerro.
Mi vecina se pasa el día gritando afirmaciones positivas: «Chicas, recordad que manifestar es súper importante» «Os merecéis abundancia» «Estoy obsesionada con esta crema»
Mira, cariño, yo estoy obsesionada con dormir ocho horas y no hago un podcast sobre ello.
Y no hablemos de las colaboraciones… que un día nos llegaron QUINCE cajas gigantes de bebidas energéticas al portal y otra vez apareció un jamón entero. UN JAMÓN.
Y lo de los paquetes y los constantes timbrazos es una ida de olla, pero si os digo la verdad, lo peor de todo son los vídeos en zonas comunes. Porque esta señora graba donde sea.
La semana pasada me la encontré haciendo una transición de ropa en el garaje comunitario mientras sonaba reggaetón a todo volumen y yo intentaba sacar el coche para llevar a mi hija al dentista.
Y encima tuvo el valor de decirme «Ay, ¿puedes esperar un segundo? Es que me cortas el plano»
Perdona, Jessica, es MI PLAZA DE GARAJE. No estoy irrumpiendo en los Goya ni estoy robando un cuadro en el Louvre de París.
Yo admiro muchísimo la paciencia y la capacidad de gestionar la incertidumbre que tiene la gente que vive de redes sociales. Pero también os digo que convivir con una influencer te hace entender perfectamente por qué algunas comunidades de vecinos acaban prohibiendo cosas absurdas en las juntas.
Porque cualquier día esta mujer convierte el cuarto de contadores en el escenario de un podcast de desarrollo personal y yo acabo declarando la guerra civil en el portal.