Yo creía que la experiencia que más miedo me había dado en mi vida fue la vez que subí a los Siete Picos del Parque de Atracciones, pero me equivocaba. La vez que pasé más miedo fue fingiendo que no estaba en casa mientras un vecino pateaba mi puerta y preguntaba por su hijo. Estábamos en los noventa, eso de las mujeres maltratadas aún no había saltado como ahora. El pensamiento común era que si una mujer sufría maltrato, era poco menos que culpa suya por tolerarlo. Nadie se metía porque “la ropa sucia se lava en casa”.
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Yo llevaba viviendo en ese barrio pocos años y aquel otoño llegó una pareja muy joven. Sobre todo ella, MUY joven. Enseguida todo el mundo empezó a decir que se drogaban, que trapicheaban… Vivían en el piso de al lado y los fines de semana la chica solía salirse al balcón con el bebé, que tenía pinta de no tener ni tres meses, para poder dormirle porque tenían siempre la música altísima. Pero la música no era tanto de fiestas, sino para que no se oyera cuando él la pegaba.
Una noche, de casualidad, apagué el televisor y oí sollozos. No eran los de un bebé, era la chica que lloraba. Llegó el maromo, algo desencadenó la discusión, bofetón y música alta para que no se oyera que la estaba sacudiendo. Todo el mundo me dijo que no me metiera, que era una irresponsable y una «drogata». Es cierto que yo no propicié nada porque también tenía miedo, pero una vez que coincidimos en el ascensor a solas le dije que las paredes eran de papel y que se oía si alguien tenía las manos largas.
La chica se puso a llorar y me pidió que no dijera nada, que no tenía a dónde ir y si le quitaban al niño tendría que hacer la calle. Salió corriendo del ascensor. Dos noches más tarde, oigo que pegan en el vidrio que separa mi terraza de la del piso de al lado. Salgo y ahí está la chica con el bebé en brazos. Me tiende al bebé y me pide por favor que se lo esconda, que su chico está cabreado y que dice que lo va a matar. Estaba ATERRADA, lo juro.
Tendí los brazos y nos pasamos al niño, habiendo debajo una altura de seis pisos. Le dije que se viniese ella también, pero se negó. Eché los tres cerrojos de la puerta y me quedé en el salón. Cuando le oí llegar dando gritos, me escondí en la habitación más alejada. Llamé a la policía diciendo lo que pasaba. En aquel momento, oí al tío dar patadas en mi puerta. Él voceaba diciendo que como alguien tuviese a su hijo iba a matar al que fuera. Me encerré en la alcoba, tranqué la puerta con una silla y cogí en brazos al niño.
Afortunadamente, no hubo sangre que sentir. La chica me dio dos besos cuando le devolví al pequeño sano y salvo y la policía se llevó al otro animal. A la mañana siguiente, la chica había desaparecido con su hijo. Al parecer, la policía la llevó a un sitio donde pudieran ayudarla. No he vuelto a saber de ella, pero ojalá le haya ido muy bien. Después del infierno que pasó, se merecía todo lo bueno.