Mi vida sexual con vaginismo a los 40
Lucía
Cuando cumplí los cuarenta pensaba que mi mundo se derrumbaría, sin embargo resultaron ser una liberación personal. Siempre bromeo con mis amigas diciendo que fue a los cuarenta cuando perdí la vergüenza y dejé de cargar con la culpa. Yo viví los treinta cargando con mucho peso sobre “todo que lo debería hacer y sentir” para así, poder ser feliz. Perdí dos parejas “serias” debido a una disfunción sexual, que a los cuarenta, me di cuenta de que tenía. ¿Cómo podemos solucionar algo a lo cual no podemos ni siquiera poner nombre? Es por eso que me decidí a escribir sobre ello. Mi nombre es Lucía y esta es mi vida con vaginismo.
¿Cómo les puede gustar el sexo?
Esta era la pregunta que me hacía en mi adolescencia tardía. Obviamente, estaba hormonada como todas las demás, me gustaban los chicos mayores del equipo de fútbol y en mi habitación tenía un póster de “Nick Carter” porque quería jugar a los cromos con él.
Fue en la adolescencia cuando empecé a preguntarme si todas las mujeres tendrían “una cavidad tan pequeña” ¿Cómo se supone que va a salir un niño/a por ahí? ¿Cómo va a coger un pene por un agujero tan pequeño? – En ese momento, yo estudiaba en un internado de monjas y mi familia hiper-católica tenía el tema del sexo completamente prohibido.
Recuerdo aquel verano, cuando todas iban a la piscina y yo tenía el periodo pero no conseguía introducirme un tampón. Recuerdo deshacer un paquete de tampones en el baño de mi abuela, haciendo el pino y mirándome las entrañas con un espejo. Ahí empecé a intuir que algo en mí no era como las otras niñas.
¿Te imaginas desear a alguien pero no poder hacerlo?
Esa fue la historia de mi vida cuando era joven. Retrasaba lo máximo posible todos los contactos sexuales, seguía con los típicos preliminares y cuando llegaba el momento ¡salía corriendo! – porque sabía que no tenía “espacio” para algo más.
Harta de ser una “calentadora”, me hice novia de mi amigo de la infancia, y él se conformaba con “experimentar un poco” y realizar tocamientos, sin tener relaciones sexuales completas. Duré con mi amigo años de relación, hasta que lo dejamos porque nos dimos cuenta de que no había pasión, de que lo único que nos unía era una maravillosa amistad. Se echó novia al cabo de poco y la dejó embarazada.
Llegué a la treintena sin poder usar un tampón
Sorteé mis problemas en las relaciones desarrollando otras habilidades. Pero dentro de mi sabía que había algo más que necesitaba mi atención.
Cuando crucé la barrera de los treinta sin poder ponerme un tampón, empecé a preocuparme gravemente por ello y mi autoestima se veía afectada. Luego me enamoré de Marcos, tanto como de Nick Carter… y claro, me rompió el corazón. Aún recuerdo aquella carta en la que me explicaba que los dos años de relación que habíamos pasado juntos había sido maravilloso, que era el amor de su vida, bla bla bla… pero que mi condición sexual no le permitía poder estar bien “con su parte de hombre”. En otras palabras, no conseguía realizar una penetración decente y estaba frustrado, así que me dejó mediante una carta. ¡Pobrecito!
Las mujeres con vaginismo, tienen el mismo deseo que las demás, pueden experimentar orgasmo sin necesidad de la penetración pero la cavidad vaginal supone un problema a la hora de llevar a cabo el coito.
Hay gente estrecha de miras, y otra estrecha de vagina!
Recuerdo que a los treinta y ocho años estaba rota, y luchaba mucho por componerme, y por ser querida.
Dando tumbos di con una sexóloga maravillosa de la que aprendí mucho sobre mi cuerpo. Le puso un nombre a lo que me pasaba ¡no estaba loca, tenía vaginismo! El vaginismo se puede describir como estrechez vaginal, es decir, se encoge la vagina debido a una contracción involuntaria de los músculos del suelo pélvico. Así se crea una barrera de protección que parece que mi mente interpreta como “a salvo del acercamiento de los penes”. Esta sexóloga me explicó que puede haber causas físicas para este trastorno o causas psicológicas, o mixtas.
Después de hacerme un chequeo médico, pude saber que no tenía un “hímen rígido” (supongo que ya no lo tendría debido a los intentos previos) y que mis glándulas de bartolino estaban perfectas. Con lo cual, le pregunté a la ginecóloga ¿Por qué a mí entonces? – A lo que ella levantó la cabeza de entre mis piernas y me dijo. – No sé, ¡hay gente estrecha de miras y otra gente estrecha de vagina, supongo! – se rio y me dijo que hoy en día hay muchos adelantos para tener una vida completamente normal.
Aceptación plena y mucho amor
Después de un año de intervención, ya me encontraba prácticamente a las puertas de los cuarenta, y el hecho de saber que “aquello tenía un nombre” me hizo sentir liberada.
¿Sabíais que existen los ensanchadores de vagina? Hay todo un mundo de ejercicios específicos para tratar el vaginismo y de relajación muscular específica para tratar a “esa zona” como se merece. Poco a poco, yo sola y con toda la paciencia del mundo, fui enseñándole a mi cerebro que no había motivo para asustarse o contraerse cuando un objeto (o un pene) se acercaba a mi vagina. Y si ¡hasta llegué a pasármelo muy bien en el proceso!
Supongo que cuando consigues una aceptación plena, sentirte empoderada y con una buena autoestima no sientes pudor ni vergüenza a la hora de comentarle a un hombre “tu manera de relacionarte con la sexualidad”. Porque, si es el hombre adecuado, se adaptará a tus necesidades, tu cuerpo y tu deseo. Así me ocurrió con Antonio, con el cual comparto una relación magnífica y con el cual puedo comunicarme plenamente dentro y fuera de la cama.
La sexualidad no versa solamente sobre coito y penetración, existen muchas otras formas de experimentar la sexualidad y de llegar a un orgasmo siendo mujer. Escribo este texto para compartir mi experiencia y decirles a muchas mujeres que pueden sentirse identificadas que: ¡No… el sexo no tiene por qué doler!
Gracias por leerme.
