Se conocieron cuando ella tenía 21 y él 27. A ella él no le gustó al principio porque ya estaba loca por un amigo de toda la vida, amigo con el que nunca tuvo nada.
Mi padre comenzó el asedio: sin prisa, pero sin calma. El pico y pala le valió el verse todos los fines de semana sin ningún tipo de compromiso. Simplemente le preguntaba a mi madre que si iba a ir a la discoteca, ella decía que sí y allí se volvían a ver. Todo esto de la manera más casta del mundo.

Pasaron un par de meses y la cosa no avanzaba. Fue entonces cuando un amigo de mi padre le dijo que si lo podía intentar él. Pero no pudo: mi madre ya estaba interesada por mi padre.
Ya llegaron los primeros besos, los paseos, el verse los fines de semana ya con intención de hacerlo. Pero mi abuelo, que trabajaba haciendo carreteras, tuvo que llevarse a toda la familia a otra ciudad. Mis padres llevaban menos de un año juntos, aunque mi padre no dudó en pedirle a mi madre que se casaran, que no se fuera. Ella, con los pies más en la tierra, le dijo que sería mejor seguir a distancia hasta que volviera.
Y así hicieron. Y funcionó. Y con los años mi madre volvió y se acabaron casando. Y ahí empezo la debacle.
Casarse a la antigua, así, sin frenos, me parece un suicidio. No habían convivido, nunca habían estado solos en una casa y no tenían ni idea de cómo iba a salir. Y salío mal porque la familia de mi madre siempre ha sido muy a la antigua: patriarca, matriarca y polluelos alrededor. Y mi padre, con una familia desestructurada, un padre maltratador, una madre enferma y unos hermanos fuera vio invadida su intimidad por una familia que no era la que acababa de formar.
En lugar de hablar, se calló y la situación se impuso. Él quería estar con ella, pero ella también quería estar con los suyos. No supieron llegar a un término medio y mi padre, para evitar la situación, se iba con sus amigos y apenas pasaba tiempo en casa.
Fue ahí cuando llegué yo. Si mi madre antes no tenía tiempo para mi padre, ahora ya no le quedaba ni un segundo. Además, como era el primer bebé de la familia, mi casa era lugar de paso para ver a la muñeca de la casa.
Pasaron los años y llegó mi hermano. Ya éramos dos los focos en los que se centraba mi madre. Mi padre cada vez estaba más relegado a un segundo plano y las discusiones eran continuas y dirigidas a la familia.
Mi padre gritaba, mi madre gritaba y mi heramano y yo nos escondíamos. Había peleas y había reconciliaciones. Vacaciones insufribles en las que mi padre siempre acababa montando alguna y, en más de una ocasión, se volvió a casa y nos quedamos los tres.

Nuestra vida siempre ha sido de tres: mi madre, mi hermano y yo. Él era un desconocido por no haber gestionado bien la relación. Mi madre nunca supo hacerle un hueco porque, yo siempre he creído, que se dejaba querer, pero ella nunca lo hizo de verdad. Mi padre, un analfabeto emocional, tampoco supo expresar lo que necesitaba que, en definitiva, era un hueco en la vida de mi madre.
Y ahora mi padre no está en nuestras vidas. Vive lejos, sólo y sin relación con nosotros.