En el colegio deberían enseñarte a no tener expectativas. En la vida, en general. ¿Para qué? No vale para nada y siempre acabas decepcionada.
Yo había estado en varias relaciones antes de conocer a Enrique, así que me empezó a entrar el cague, con 35 años ya, de que si con él no funcionaba, no funcionaría con nadie. Quizá lo forcé, quizá no, no lo sé, pero siempre di por hecho que esa sería mi última relación, la definitiva, la que acabaría en boda, y niños, y un perro labrador en el jardín de casa.
Y en boda acabó, pero acabó del todo. Yo me empeñé en montar un bodorrio con doscientos y pico invitados, en un hotel-restaurante enorme con su carpa en su jardín, y su laguito con puentecito para hacerse las fotos profesionales. Ahora que echo la vista atrás, tal vez toda esa grandiosidad escondía una inseguridad por el paso que estaba dando. Al fin y al cabo, yo creo que cuando eres verdaderamente feliz, tiendes a la sencillez porque te vale con lo que hay y no necesitas disfrazarlo con vestidos blancos, ni arreglos florales, ni peinados imposibles. Pues yo me metí de lleno en todo aquello, nos gastamos un dineral y nuestros padres también, y tuvimos una boda en la que faltaban los reporteros del HOLA en la puerta.

Durante la ceremonia yo no me sentí bien del todo, como si hubiera algo que me chirriaba todo el rato, que tenía que ver con eso, con las expectativas que había tenido siempre de ese momento de mi vida, mi boda. Tuve durante todo el día una sensación como de pensar “¿de verdad esto es todo? ¿de verdad esto es el punto álgido y todo lo demás va para abajo?”. Ya sé que son gilipolleces, que no puedes simplificar tanto las cosas, pero de verdad que tenía la sensación de no estar haciendo lo que me hacía feliz. Pero no tenía ni idea de qué hacer. En la noche de bodas, en vez de acostarnos, yo tuve un ataque de ansiedad y Enrique se quedó dormido mientras yo me tomaba un trankimazin.
A los dos días nos fuimos a Egipto de viaje de novios. Yo le había dado vueltas al asunto y cada vez lo veía más negro.
No me atrevía a hablar con nadie. ¿A quién podía acudir? ¿A mis padres, que habían soltado miles de euros para una boda de la que yo estaba a punto de arrepentirme? ¿A mis amigas, que habían soltado dinero y alguna lagrimilla viendo cómo dos días antes, le daba el sí quiero a un tío con el que ahora no me apetecía ni irme de vacaciones? Estaba perdidísima. En el avión, Enrique me dijo muy directamente que me había visto muy rara desde el día de la boda, y yo me propuse muy seriamente cambiar la actitud, porque nos esperaban 10 días de tours, cruceros, y visitas guiadas que no íbamos a poder llevar si no estábamos bien entre nosotros. Así que no sé como lo hice, pero borré todo el drama de mi cabeza, y me dediqué a disfrutar de las vacaciones con Enrique. No forcé nada, no tuvimos sexo porque le dije que no me apetecía, y la verdad es que fue como estar de viaje con un amigo. Lo pasamos muy bien, y más teniendo en cuenta el problema que había por debajo y que salió a la superficie en cuanto volvimos a España. Fue curioso, porque Enrique estuvo muy a gusto en Egipto en esa situación, y eso era algo que yo no esperaba; pensaba que se enfadaría por notarme más distante, o por no querer follar, pero en absoluto. Era como si a él le hubiera pasado algo parecido.

Cuando se lo planteé, cualquiera hubiera dicho que ya lo sabía. Tampoco voy a decir que fue aquello una fiesta, pero tuvimos una conversación super madura, en la que ambos reconocimos que la boda había sido un error. Él se reprochaba a sí mismo el haberme seguido a mí a ciegas y no haber sabido decirme que no a nada. Yo le entendí y él me entendió. Decidimos separarnos, y pasar el trago de decírselo a todo el mundo cuanto antes. También ahí fallaron las expectativas y todo el mundo fue mucho más comprensivo de lo que esperábamos.
Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real de una lectora
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