Hace unos años me vi bastante desesperada, pues cada vez que hacía algo divertido con mis hijos, siempre siempre acababa en tragedia.

No había visita al parque que no acabase en llanto, no había manualidad que no terminase con algún bote de pintura por el suelo y los mocos colgando. Además, cada día me tocaba regular el tema de las pantallas como podía, discutiendo y negociando cada día si podían o no ver la tele o jugar a la consola.

Era muy frustrante para mí y hacía que no me apeteciese hacer cosas con ellos, porque sabía que después vendrían los llantos, las pataletas y los reproches infantiles.

Pero entonces encontré un lugar amable en internet que nos hablaba a las familias como la mía, que queríamos hacernos entender por nuestros hijos sin caer en los gritos y amenazas cada día.

Aprendí a preguntarme para qué hacían las cosas que hacía y no por qué, a entender que su intención no es fastidiarme a mí y que ellos lo pasaban peor que yo en esos momentos de llanto y desesperación. Aprendí (neurodivergencias aparte) que no siempre entienden por qué les mandamos hacer las cosas que les mandamos, que no siempre es comprensible por qué hoy pueden ver la tele 2 horas si yo tengo muchas tareas pendientes y necesito que estén entretenidos y mañana  no les dejo más de media hora… Porque quizá no tenga mucho sentido eso tampoco.

Me di cuenta de la importancia de la anticipación. En algunas cosas el proceso de mejoría fue más lento, pero en esto, a la hora de irse del parque, fue inmediato.

Antes de salir de casa les dije cuanto tiempo estaríamos allí, al llegar allí les avisé cuando ya llevaban la mitad, les volví a decir la hora cuando faltaban 10 minutos para que tuvieran tiempo de despedirse, de hacer las cosas “pendientes” (esa última vez de tobogán, esa última carrera o ese último bicho que quisieran encontrar).

A la hora de irnos les dije que se despidieran mientras yo recogía mis cosas (mi libro, la bolsa de las meriendas, etc.) y aluciné cuando los vi a mi lado antes de acabar de recoger. El mayor me dijo “ya nos habíamos despedido”.

Ahí lo vi clarísimo. No lloraban porque fueran unos egoístas que no apreciasen el tiempo que llevaban allí, es que no tienen la misma consciencia del tiempo que un adulto y la hora de irse llegaba a ellos de pronto, sin darles tiempo a entender por qué interrumpía su juego “en el mejor momento”.

Aplicando una norma similar a esta, decidimos administrar el uso de pantallas con normas que todos en casa debiéramos cumplir. Esto implicaba que yo debía ser la primera en no saltarme las normas, por mucho que a veces fuera  más cómodo que estuvieran entretenidos un rato más.

Acordamos entre todos cuanto tiempo podían pasar con cada uno de esos aparatos que tan absortos los dejaba siempre. Decidieron dejar una hora de consola para los domingos. ¿Eso significaba que no fueran a intentar tenerla en otro día? No, pero al haber participado de la creación de la norma, se les hacía más fácil cumplirla.

Cuando un miércoles preguntaban ni siquiera lo hacían de forma insistente, yo les preguntaba qué día era y ellos decían “Ah, es verdad, vale” y se iban a jugar a otra cosa.

Fuimos llevando este tipo de estrategias a lo largo de los años aplicado a casi todo lo que tiene que ver con normas y rutinas y os prometo que nuestra vida se volvió mucho más sencilla y feliz. Ellos entienden por qué existen esas normas y las cumplen convencidos de que lo hacen porque es lo que deben hacer. La propia satisfacción de hacer bien las cosas es premio suficiente para ellos y eso elimina muchos más conflictos de lo que parece.

Entender su forma de pensar no como la de un enemigo sino la de un ser inmaduro al que le cuesta entender la vida adulta nos ayudó a empatizar con ellos. Respetar sus gustos y deseos nos enseñó a respetarlos a ellos y vimos ese respeto venir de vuelta.

Es maravilloso ver cómo se desarrollan, como crecen y ponen en duda lo que ven a su alrededor si no están seguros de lo que oyen, cómo crecen siendo cada vez más empáticos y responsables.

Y yo, que pienso ignorar a todas las personas que vengan a decirme cómo la mano dura y dejarse de tanta tontería los haría espabilar antes, me siento muy orgullosa de la forma que tenemos de educar a nuestros hijos en casa.

 

 

 

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