¡Hola! Me llamo Andrea y colecciono cajas.

Si, tal cual, cajas. Y es que algunas tan bonitas, tan fuertes, tan robustas, tan bien hechas…que siempre pienso ¡Mira qué buena caja! ¡Como voy a tirarla! Mejor la guardo que seguro que en algún momento me viene bien. Nunca sabes cuando vas a necesitar una caja decente. No como el mínimo común múltiplo que aprendíamos en el cole, que aun estoy esperando a que me sea de utilidad algún día. Una buena caja vale para todo.

¿Tienes que enviar un paquete? Una buena caja, como las que te vienen en los pedidos de Amazon es perfecta.

¿No sabes donde guardar esa colección de bufandas que nunca vas a ponerte? Una caja de toallitas húmedas de las de los peques es ideal.

¿Tienes que guardar tu colección de pintauñas? Una caja pequeña de zapatos va genial. Y mejor aún si te entretienes y la forras o la decoras así cuqui.

Pero vamos, que esto no lo he inventado yo, ya lo hacía mi abuela y seguro que la de muchos de vosotros también. ¿O acaso nadie tiene por casa un costurero hecho con una caja de galletas?

De cereales, de zapatos, de pedidos, de palomitas, grandes, medianas y pequeñas. Nombra una y te digo para que vale.

Incluso las cajitas de los tapones para los oídos (ventajas de tener un marido que ronca como un rinoceronte), vienen perfectas para las horquillas y las gomas del pelo. Porque no hay caja demasiado pequeña como para no tener uso.

Yo creo, que esto empieza a ser cosa de la edad, porque yo antes no era así. Yo rompía las cajas en mil pedazos si eso significaba poder acceder al contenido dos segundos antes. Ahora, hasta mi marido ha aprendido a apreciar la importancia de una buena caja. ¡Y pobre de él como se le ocurra maltratar a una en mi presencia!

¿Mi perdición? El supermercado. Sobre todo, en épocas de venta de chocolates y galletas, como Navidad, San Valentín, o el día de la madre. ¡Qué cantidad de cajas cuquis para guardar cositas! Menos mal que no suelo hacer la compra si no, no cabríamos en casa.

Desafortunadamente, de vez en cuando, alguna caja sufre de un daño irreparable, y la pobre sufre porque ya no puede cumplir su misión de guardar cosas. ¡No hay problema! Para que los peques hagan manualidades van perfectas. Se puede hacer un marco de fotos, se pueden usar para que practiquen con las tijeras, hacemos decoraciones para cumples, para el árbol de Navidad…o simplemente para que rayujeen lo que quieran con los rotuladores. Lo que me ahorro en papeles que van a terminar en la basura es considerable.

Ahora, además, he descubierto un uso que no conocía. ¡Las puedo donar! Hace unas semanas, hablando con la profe de mis peques, me comentó que estaban muy bajos de recursos para las clases. No tienen suficientes fondos para todo, y estaban pensando en alternativas que fuesen más económicas/gratuitas. Todas las semanas leen una historia, y suelen hacer actividades relacionadas con ella, en forma de manualidades, para mejorar la psicomotricidad fina (creo que lo he dicho bien).

¡Bingo! ¡Eureka! ¡Idea! Tengo la solución. ¿Y por qué no pedís a los padres que llevemos materiales que ya no usemos en casa para reutilizarlas? Os ahorrareis miles en cartulinas…le pareció una idea maravillosa. Los demás padres, además, en seguida se apuntaron también a la iniciativa, y regularmente el cole recoge donaciones de cartón, plástico y otros materiales que puedan emplear para sus clases. Me encanta ver lo ingeniosos que pueden ser algunas personas encontrando usos ocultos para las cosas.

Esta semana, la historia en su clase era ricitos de oro y los tres osos, y mis peques vinieron super contentos con las camitas que hicieron con las cajas de cereales, los osos hechos con cartón forrado en lana que alguien había donado, y la manta hecha con papel de la pared que alguna familia no necesitaba.

Así que, por mucho que mi familia me diga que parecemos pobres siempre usando todo de segunda mano, que puedo perfectamente comprarles a los peques cartulinas para hacer sus manualidades, o que me vaya al Ikea a comprar media docena de cajas grandes, pienso seguir con mi afición de darle a todas las cajas que pueda una segunda vida.

Andrea M.