La cosa con mi marido está tensa. Hemos pasado de discutir a diario a no dirigirnos la palabra. Solo hablamos para darnos información sobre los niños; que si el mayor ha traído una nota del profesor en la agenda, que si el pequeño ha mordido a un compañero en la escuela infantil. Eso es todo.
Vivimos juntos, pero como si fuéramos compañeros de piso con dos hijos a cargo. Aún dormimos en la misma cama, sí, pero ni recuerdo la última vez que tuvimos sexo. Ahora mismo, somos dos adultos que se reparten las tareas domésticas y los turnos de recogida del cole. Nada más.
Podría decir que sigo así por costumbre, por miedo, por comodidad o porque tengo hijos pequeños y me da pánico romperles la rutina. Pero no. La verdad es mucho peor: no me divorcio porque no quiero que mis hijos pasen más tiempo con mi suegra.

Me he planteado separarme de mi marido muchas veces. He valorado opciones, buscado alternativas, incluso he hecho cálculos mentales sobre hipotecas, custodias y horarios. Una posibilidad sería la custodia compartida, que los niños permanezcan en la casa familiar y su padre y yo nos turnemos. Pero los horarios de mi marido no son compatibles con esa opción, y sé perfectamente que acabaría tirando de su madre para que fuera a buscar a los niños al colegio.
La otra opción que barajo es quedarme yo con los niños en casa y establecer un régimen de visitas. Pero entonces sé que, cada vez que les tocara estar con su padre, acabarían inevitablemente en casa de la abuela. Conozco a mi marido: si nos separamos, volverá a vivir con sus padres por comodidad, y no me apetece que mis hijos pasen allí demasiado tiempo.
No quiero que mis hijos pasen dos fines de semana al mes en casa de mis suegros. Y mucho menos, que estén quince días conmigo y quince días con mi suegra.
No me preocupa separarme, ni que mi ex conozca a otra persona y mis hijos pasen tiempo con una nueva pareja. No. Lo que me da miedo, miedo de verdad, es que pasen tiempo con su abuela.
Miedo no, pánico. Terror.
Mi suegra es manipuladora, invasiva y controladora. Es ese tipo de mujer que tiene una opinión sobre todo, sobre todos y, por supuesto, sobre cómo estoy criando a sus nietos. Y lo peor de todo es que no se guarda sus juicios y opiniones para ella, no. Tiene la necesidad de compartirlos con todo el mundo.
Habla mal de la gente, incluso de sus propias hijas. Critica a todo el mundo sin filtro, y le da igual si mis hijos están delante. Son niños, sí, pero no son tontos. Ya se dan cuenta de las barbaridades que suelta su abuela por la boca, y yo no quiero que normalicen ese tipo de comportamiento.

Que conste que yo no le prohíbo a mi marido que lleve a los niños a ver a sus padres, pero cuando lo hace, quiero estar yo presente. No me fio de esa señora, de lo que pueda hacer o decir delante de mis hijos si no estoy yo. Y claro, si me divorcio, cuando mis hijos vayan a ver a su abuela, no voy a estar yo presente.
A veces pienso que, si se hiciera un estudio sobre las causas de los divorcios, la suegra aparecería en el top 3. Las otras dos serían, por supuesto, las infidelidades y el desgaste de la relación.
Aunque, en mi caso, lo paradójico es que mi suegra está evitando mi divorcio.
En mi cabeza, el escenario post-divorcio se parece a una pesadilla: mis hijos pasando fines de semana con su padre… y con ella. Ella dictando normas, criticando mi forma de educar, y probablemente intentando convencer a los niños de que soy una mala madre, de que conmigo no están bien cuidados o de que con su padre están más tranquilos.
Y lo peor es que sé que lo haría, supuestamente, sin mala intención. En su mente, ella solo “dice verdades”.
A veces pienso que si en el acuerdo de divorcio pudiera incluir una cláusula que dijera: “los menores no podrán tener contacto con la abuela paterna”, firmaba mañana mismo.
Pero no. En este país, cuando te casas con alguien, también lo haces simbólicamente con toda su familia. Y luego, por mucho que quieras, no puedes divorciarte de tu suegra.

Así que aquí estoy: en un matrimonio que ya no tiene amor, pero sí interés. El interés de mantener a mi suegra bajo control, como quien deja a un animal salvaje encerrado en una jaula: sé que está ahí, que podría atacarme en cualquier momento, pero mientras la tenga cerca, puedo vigilarla. Ten cerca a tu amigos, pero aún más cerca a tus enemigos.
A veces, cuando lo pienso fríamente, me doy cuenta de lo absurdo que suena: estoy atrapada en un matrimonio roto por miedo a otra mujer. Que no es la amante. Que es mi suegra. Pero es lo que hay. Cada una se protege a los suyos como puede, y yo protejo a mis hijos siguiendo casada con su padre para que la abuela no los vea sin mi supervisión.
Quizá algún día me atreva a divorciarme. Quizá cuando los niños crezcan, cuando ya no necesiten tanta protección, o cuando sean mayores de edad y decidan, por ellos mismos, si quieren ir a ver a su abuela o no. Hasta entonces, seguiré casada con mi marido.