Hace unos días se armó un debate bastante interesante en mis redes sociales, que suelen ser bastante tranquilas, ya que no soy influencer ni amiguera ni nada por el estilo. Tengo amigos, excompañeros de empleos, familiares y ya.

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Justo a un miembro de mi familia se le ha ido la olla y ha dejado un jocoso comentario que decía —cito textualmente—: “No me gustan las gordas, pero TÚ sí eres linda” en una de mis fotos.

Lamento que no haya giro en la trama, pero sí: fue esa tía. Esa que todos tenemos.
La de los comentarios inapropiados, la que habla mal de todos a sus espaldas, la que no queremos invitar y terminamos invitando. Esa tía que o no está casada o tiene un marido con ganas de querer morir. Pues yo tengo la mía.

Casi nunca la veo: vivimos en diferentes provincias y, si acaso, coincidimos una vez al año. Pero cada año, en el encuentro correspondiente, ella no deja pasar la oportunidad para tirar su insulto pasivo-agresivo, a mí y a todos los presentes.

De mi cuota personal de insultos, algunos que recuerdo ahora mismo son:

  • “Cómo te has descuidado, no te reconocía de lo gorda que estás” (sí que me reconoció).

  • “Tan bonita que tienes la cara, si solo te cuidaras el cuerpo un poco más…”

  • “Prueba esta dieta, a la hija de mi amiga le fue buenísimo”.

Así tengo un montón de antología.

La diferencia entre esta vez y las anteriores fue que dejó el comentario en mi Instagram. Sí, a ella no se le ocurrió nada más prudente ni más útil que postear un comentario gordofóbico en internet.

Por lo general no suelo caer en provocaciones ni discutir, más por flojera que por cualquier otra cosa, pero en esta situación me pareció importante cortarlo de raíz y no dejar que se creara el precedente de que puede atacarme en mis redes sociales cuando le plazca. Son mías y yo decido la energía que quiero ahí.

Directamente le pregunté si le parecía algo agradable de decirle a alguien. Por supuesto, ella se defendió alegando que era un cumplido. Un par de mis amigas se sumaron, creando una guerra de comentarios, y la cosa escaló muy rápido. Ella no daba marcha atrás, y al final no me quedó otra que borrar y restringir los comentarios del post, aunque mi tía ya se había ganado un par de enemigos y se estaban usando palabrotas.

¿El giro de la trama?
Esa misma semana me llama mi madre para decirme que la señora se cayó y se rompió el brazo y… ¿adivinen quién tuvo que asistirla en todas las diligencias médicas, llevarla de aquí para allá y pasar largas jornadas de espera en el CAP?

Familia es familia, dicen. Y tras este ejercicio de tolerancia y paciencia, me he ganado la entrada al cielo sin hacer fila