Mi novio tiene una energía que yo definiría como excesiva. Los médicos, probablemente, utilizarían otros términos. Hay personas tranquilas. Personas intensas. Y luego está mi novio, que convierte cualquier plan en una emergencia médica.
Con él nunca pasan cosas normales. Siempre pasan cosas que terminan con alguien rellenando un parte. A un amigo le provocó una pequeña fisura en el coxis porque le obligó a sentarse a descansar cuando le estaba ayudando en una mudanza. Volcó una barbacoa mientras bailaba, sacando sus famosos pasos prohibidos, y provocó pequeñas quemaduras en los que estaban alrededor. Según él, tenía una técnica infalible para hacer nudos y, después de atar una hamaca e invitar a un amigo a que se tumbase, la torta que se dio el pobre fue de campeonato. Si es que incluso montó una mesilla de noche del IKEA del revés, que con el primer toquecito se desmontó y cayó justo en el dedo pequeño del pie de su hermana. Y la vez que se erigió en guía de una excursión familiar por la montaña y acabaron unos cuantos resbalando por una pendiente bastante pronunciada porque según él aquel era el mejor camino para volver… Esa mejor la dejamos para otra ocasión.
Los que le conocemos de siempre sabemos que cuando empieza con una idea algo malo va a pasar. Cuando escucho decir «tranquila, yo me encargo», empiezo a preocuparme. Y es que yo no vivo con una persona. Vivo con una incidencia de riesgo laboral.
¿La última? Pues que quiso darme una sorpresa por nuestro aniversario. Una cita romántica planeada al detalle para hacerme feliz. Lo vi tan ilusionado que me dio ternura, pero también un poco de miedo, para qué os lo voy a negar. Porque cuando está tan entusiasmado, algo va a salir mal, seguro.
Me regaló un vestido, me llevó a un restaurante fino, con cena con velitas para dos. Todo iba extrañamente bien, sin sorpresas, y supongo que se generó un clima de falsa seguridad que me hizo pensar que quizás, por una vez, todo podía salir bien. Bueno, pues así fue hasta que decidió aportar iniciativa propia.
Volviendo para casa, empezó a ponerse juguetón y a explicarme que quería probar cosas nuevas, ya me entendéis, para darle un poco de picante a nuestra relación.
Yo, que iba un poco piripi, no hice caso de las señales de peligro ni recordé experiencias pasadas. Pero pensándolo después, cuando me dijo que quería probar una técnica amatoria que mezclaba, y cito textualmente, el rollo de Pretty Woman con la escena del salto de Dirty Dancing, la alarma tenía que haberse disparado sí o sí.
La cosa no iba mal hasta que llegó el golpe. Yo, creo que me he hecho daño. Y él, no mujer, ya verás que no será para tanto. Y a mí que me dolía cada vez más, y se me estaba haciendo difícil respirar con normalidad. Cuando, cinco minutos después, aquello no se pasaba, le pedí que me llevase al hospital.
El cuadro en Urgencias fue épico. Explicar lo ocurrido, la cara del personal sanitario y la cara de mi chico, sintiéndose culpable, cuando nos dieron el diagnóstico. Una costilla rota. ¿Perdona? Sí, sí, una puñetera costilla rota.
Nunca había visto a una persona pedir perdón tantas veces en tan poco tiempo.
Yo, dolorida y enfadada. Pero más conmigo que con él, porque si ya sé lo que pasa, para qué acepté… Él, preocupado, intentando compensarme. Me ofrecía agua, mantas, comida y probablemente un trasplante de órgano si hubiese podido.
Hay personas que te alegran la vida. Mi novio también. Aunque a veces con intervención médica incluida. Lo quiero muchísimo. Pero estoy empezando a pensar que debería llevar casco cuando estoy con él.
Así que no, no lo culpo, no fue culpa suya. O al menos no del todo. Pero la próxima vez que diga «confía en mí», voy a pedir una segunda opinión.
