Ya he hablado de esto en algún que otro post, de pasada, y es que no, yo no quiero tener hijos. Primero, porque si no me sé cuidar yo sola, no voy a saber cuidar a una pobre criatura. Y segundo, porque me gusta demasiado la tranquilidad como para alterarla. No tengo instinto maternal.

Pero eso no significa que no me gusten los niños. Y es que yo me lo paso bien con ellos. Un rato, eso sí. A mí me gusta ser la tía guay, la «tita Moni», que llega con alguna tontería como regalo y se sienta en el suelo a jugar a lo que haga falta. La tita de los pelos de colores que no deja de llevarles libritos para que se amiguen con la lectura, la que aparece con Rasil cavernícola o el Pollo Pepe y sus respectivos peluches en la mano. O la que empieza a sacar aquacolores a cascoporro para maquillarlos como le apetece.

Y es que sí, a mí eso me encanta. Tengo dos sobrinas a las que les flipan los maquillajes, a una de ellas sobre todo. Y sí, yo estoy deseando que su madre me llame y me diga «te dejo esta tarde a la niña», y pasarnos un rato pintándonos como a ella le apetezca, poniéndonos pelucas y haciéndonos fotos. Porque ella se lo pasa súper bien, y yo también.

También me encanta bajar a Córdoba a ver a los dos pelusines que tengo allí, llenarles las mejillas de besitos y pasar unos días con ellos. ¿Luego vuelvo saturada de niños? Pues sí, a ver, y eso que mis sobrinos son lo más bueno que hay en el mundo —y no lo digo porque sean mis sobrinos—, pero mis pilas tienen un límite. Sin embargo, vuelvo con mil recuerdos, con fotos, y los dejo felices porque me han podido enseñar las cosas que les gustan, les he malcriado un poquito, he jugado todo y más con ellos. Vamos, hace dos veranos, mi sobrino se lo pasaba súper bien jugando a Pokemon y a Súper Mario conmigo.

Es común que me pregunten si no quiero ser madre porque no me gustan los niños. Y no, no es así. Sí que me gustan, y me emociono, me río y disfruto con ellos. Pero eso, un rato. Además… ¿sabéis la alegría que da que te abran la puerta y se te lancen los sobrinos al cuello para abrazarte? ¿La felicidad de sus caritas cuando te pones a jugar con ellos, a escucharlos, o les das un regalo?

Eso es lo que yo disfruto, esos momentos de felicidad. Quiero ser esa felicidad para mis sobrinos, esa persona adulta, pero eternamente joven, a la que recurrir cuando les pase algo, la que les llevará libros cada poco, la que luego irá con sus madres a avergonzarlos cuando sean adolescentes. La madrina, la tita, la loca de los pelos de colores.

Y es que creo, de verdad, que sí, hay personas que adoran a los niños y han nacido para ser padres, otras que no quieren niños bajo ningún concepto, y habemos otras que hemos nacido para malcriar. Para ser tíos. ¡Y a mí me encanta!