Me miro las uñas y están cortas, sin manicura. Hace años, la falta de tiempo me obligó a priorizar otras cosas. Algunos se llevarán las manos a la cabeza y lo llamarán “falta de autocuidado”, o soltarán esa frase que alguna vez escuché: “Te estás descuidando.”
Pues probablemente no. Es sencillo: no me apetece invertir mi tiempo en ciertas “obligaciones” estéticas o de moda… y no ha pasado nada. No me estoy dejando; estoy encontrando la manera de ser yo, sin remordimientos por no cumplir con los dictámenes establecidos sobre lo que debería hacer o no.
Recuerdo cuando me alarmaba una ceja fuera de lugar, unas uñas sin pintar o la esclavitud de una depilación que le sentaba fatal a mi piel. Obligaciones que no son tales.
Ahora me resulta incómodo llevar las uñas largas. No me apetece dedicar tiempo a tenerlas arregladas y no me siento mal por ello. Me siento genial, de hecho, por no notar esa presión en la nuca que sí sentía al principio de tomar estas decisiones. Hago las cosas cuando quiero y si quiero.
Mi cuerpo es mío, mi templo, mi guardián, y yo decido lo que deseo hacer con él. Salirse de los cánones debería ser una preocupación mínima, no una obsesión que nos absorbe y nos come.
Dejemos de mirar mal a quien no va maquillada, a quien tiene raíces o luce su precioso pelo cano. Dejemos de llamar “descuidada” a quien decide no depilarse. Si el pelo existe, es por algo. El resto son construcciones culturales que nos colocan contra la pared, diciéndonos constantemente qué debemos hacer y qué no.
Quizás soy ya mayor, o sabia, o pasota. Pero el tamaño y el color de mis uñas ahora mismo me dan igual y, sorpresa: no pasa nada.
