Desde que era pequeña, mi relación con la iglesia ha sido prácticamente nula. Al nacer, mis padres me bautizaron y también fui a clase de religión y a catequesis un año, porque según mi madre era lo que se estilaba y todos los niños lo hacían. Puede que el hecho de que mi profesora de religión fuese una de las peores personas que he tenido la desgracia de conocer influyera bastante en mi decisión de suplicar a mi madre que me apuntase a clase de ética. Y supongo que, por no escucharme, así lo hizo. Dejé de ir a religión y a catequesis porque sencillamente no me gustaba y ella lo respetó.
Todas mis amigas hicieron la comunión al año siguiente y yo, la verdad, me alegré muchísimo de no verme embutida en aquel traje de princesa milhoja. Ni que decir tiene que mi profesora de religión dejó de hablarme y empezó a mirar a mis padres como si fueran una panda de ateos sinvergüenzas o algo similar. Y lo cierto es que nada más lejos de la realidad, ya que, a pesar de que no me presionaron en ningún momento para que hiciera la comunión, ambos son creyentes, sobre todo mi madre. Tanto ella como mi tía y mi abuela siempre andaban con estampitas de vírgenes y santos, entrando a las iglesias aunque no demasiado tiempo o poniendo velitas.
Los años pasaron y yo me volví bastante más escéptica con el tema y, de considerarme agnóstica, pasé a ser atea, sin paños calientes. No voy a entrar en los motivos que me llevaron a ello porque ante todo respeto las ideas y creencias de cada uno y no me gustaría ofender a nadie.
Sin embargo, el destino o el universo quiso que Quique se cruzara en mi camino. Vaya por delante que él es tan ateo como yo y que todo lo relacionado con iglesias y demás le produce urticaria, pero da la casualidad de que su familia materna es muy creyente. De hecho, decir que es muy creyente es una definición que se le queda corta. Sus tías han sido catequistas y su madre va a la iglesia todos los días, así que en su caso negarse a hacer la comunión y la confirmación ni siquiera se contemplaba.
Mis padres me educaron bajo la premisa de que fuera de casa no se habla ni de religión ni de política. Y así lo hice siempre con mi familia política. Por supuesto, ellos sabían de mis reservas en cuanto a la fe que profesaban, pero digamos que ambas partes llegamos a un equilibrio y todo estaba perfectamente bien.
Aun así, todo cambió cuando me quedé embarazada y la sombra del bautizo empezó a cernirse sobre nosotros como un mal fantasma. Ya les parecía fatal que no estuviéramos casados por la iglesia, por supuesto, y así me lo hacían saber sutilmente cada vez que tenían ocasión, pero que no tuviéramos pensado bautizar a nuestra hija por poco les provoca un ictus a todas.
Es que ni siquiera fue algo que nos planteásemos. Nunca existió la más mínima posibilidad de que aquella idea se abriera paso en nuestras mentes. Desde el momento en que lo supieron se dedicaron a darme la tabarra con el tema todos los días, sin excepción. Llamaban por teléfono, se presentaban en casa, hablaban con mis padres para que ellos intentasen hacerme cambiar de idea, me regalaban estampitas. Me sentía completamente acosada.
Cuando hablé del tema con mi chico me dijo que estaba harto, que igual no era tan mala idea, que así nos dejarían en paz y que total solo era mojarle un poco la cabeza a la niña y todos tan contentos. Pero yo no estaba contenta en absoluto. Mi único apoyo me estaba dejando colgada y había cedido en favor de su familia.
Me negué en rotundo. Para mí no era tan sencillo y todo tenía un cáliz mucho más complejo. No quería ser partícipe de algo en lo que no creía y que rechazaba. Aquello provocó muchas discusiones entre nosotros. Yo no entendía cómo él, precisamente él, podía acceder al bautizo cuando siempre había sido un ateo acérrimo, incluso más radical que yo. Quique se excusaba en que a su madre le hacía mucha ilusión, pero yo no me bajaba de la burra. No pensaba renunciar a mis principios por hacer feliz a su madre.
Fue entonces cuando me empezó a llamar egoísta y a decirme que todo aquello lo hacía por fastidiar. La verdad es que ambos nos calentamos un poco aquel día y todo terminó conmigo yéndome a casa de mis padres unos días.
Mi hija ni siquiera había nacido y ya estábamos en medio de una guerra mundial por una celebración. Quiero dejar claro que si mi chico hubiese sido creyente y quisiera bautizar a sus hijos de corazón, yo hubiera dado mi brazo a torcer aunque por dentro se me estuviesen llevando los demonios. Pero aquel no era el caso. Él reconocía que quería hacerlo por callar a su familia y dejar zanjado el tema y a mí no me daba la gana.
Cuando vio que no cambiaba de idea y que para mí era tan importante no bautizarla como para su madre sí hacerlo, vino a casa de mis padres a hablar conmigo. Se disculpó y me dijo que nadie que no fuéramos nosotros tenía por qué meterse, que sentía haber dado alas a su familia para que me atosigaran con el tema.
Por supuesto, ellas continuaron dando la murga como al principio, pero yo tenía la tranquilidad de poder contar con mi chico otra vez. Meses después nació mi hija y tal y como habíamos decidido ambos no pisó una iglesia. Supongo que aunque en la intimidad debo ser algo parecido a Satanás, nunca volvieron a sacar el tema y acabaron por resignarse.
A día de hoy mi hija comenta que de mayor quiere hacer la comunión y mi suegra flipa en colores cuando le digo que si ella quiere yo nunca me opondré aunque no lo comparta, al igual que hizo mi madre conmigo cuando era pequeña.