Leo por aquí muchas, muchísimas historias de todo tipo y algunas me dejáis con la boca abierta. Por eso hoy vengo a contaros la mía, mi gran historia de amor y de vida.

Nunca quise ser madre. Lo tenía súper claro. No me interesaban los bebés, no me emocionaba la idea de un embarazo, y la crianza me parecía una responsabilidad que no deseaba asumir. Además, mi carrera profesional estaba en pleno auge. Tenía unos horarios muy cambiantes, pasaba más horas en la oficina que en mi casa, y cada cierto tiempo me surgía algún viaje. Mi trabajo no era compatible con una familia, y yo adoraba mi trabajo.

Lo que sí tenía en mi vida era un novio con el que llevaba casi nueve años, cinco viviendo juntos. Andrés era todo lo que siempre había soñado: atento, cariñoso, inteligente, buen amante… solo tenía una pega y es que él quería ser padre.

Evitamos el tema durante años: el sabía que yo no quería hijos, yo sabía que él sí y ambos sabíamos que todo esto saltaría por los aires algún día. Y así fue. Discutimos, lloramos, intentamos negociar lo innegociable. Pero al final, no había términos medios. No puedes querer un hijo a medias, ni comprometerte con la paternidad con dudas. No era justo que él renunciara a ser padre por mí, ni que yo cediera a tener un hijo por él. Así que nos separamos, con dolor, pero con la certeza de que era lo mejor para ambos.

Pasé un tiempo sola, disfrutando de mi independencia, rearmándome tras el duelo de aquella relación. Entonces, unos dos años después de mi ruptura con Andrés, apareció Miguel.

Nos conocimos a través de unos amigos en común. Era el hermano de una compañera de trabajo y coincidimos en su fiesta de 40 cumpleaños. Yo acababa de cumplir los 36 y él tenía 9 años más. Nos presentó su hermana ese día, pero yo ya había oído hablar de él: estaba recién divorciado y tenía dos niñas pequeñas, de 7 y 5 años.

Me pareció un chico muy atractivo: con el pelo canoso, barbita de tres días, los ojos verdes y una sonrisa perfecta. Hubo un flechazo por ambas partes, pero mi cabeza dijo no, enseguida rechacé la idea de verme con un divorciado con mochila.

Pero a veces el corazón se impone a la razón… Miguel y yo comenzamos a quedar regularmente. Desde el minuto uno le conté mi rechazo a conocerle porque era padre y él me aseguró que sus hijas ya tenían una madre, que yo no iba a involucrarme en sus vidas si yo no quería.

Nuestra relación avanzó muy rápido, más de lo que esperaba. En pocos meses estábamos viviendo juntos y claro, lo de no involucrarme en la vida de sus hijas era un pacto imposible de mantener. Porque Miguel es un padre entregado, y sus hijas eran, inevitablemente, una parte enorme de su mundo. Al principio solo coincidíamos cuando venían a casa los fines de semana, y no siempre, porque yo intentaba hacer planes o irme a casa de mis padres cuando a él le tocaban las niñas.

Pero poco a poco, sin darme cuenta, fui entrando en sus rutinas. Primero ayudando a la mayor con los deberes, porque a mí se me dan mejor las matemáticas que a su padre, luego bajando al parque alguna vez con la pequeña, o apuntándome a su plan de cine en casa alguna tarde lluviosa.

Y sin planearlo, empecé a disfrutar de su compañía, de hacer cosas con ellas. Empecé a conocerlas, a entender sus bromas, sus cambios de humor, sus juegos. A saber qué les gustaba y qué no. A reírme con ellas, a preocuparme si una se enfermaba, a emocionarme con sus pequeños logros.

No fue de un día para otro, claro. Me costó mucho asumir que aquella mujer que no quería hijos se estaba dejando querer por dos niñas que no buscaban una madre, pero que encontraron en mí una figura cercana, constante, amable. Nunca me impusieron ese rol, y yo nunca intenté ocupar el lugar de nadie. Simplemente, fuimos construyendo algo propio, distinto, algo bonito entre los cuatro.

Hoy puedo decir que ser madrastra ha sido una de las cosas más difíciles y más hermosas que me han pasado. Porque este papel tiene muchas sombras, muchas dudas, muchas contradicciones. Pero también tiene luz. Mucha. Y amor del bueno, del que no pide nada a cambio.

No os voy a mentir, no está siendo fácil, cuando las regaño me suelta la típica frase de “tú no me regañes que tú no eres mi madre” y me tengo que morder la lengua. Así que intento ser la divertida novia de su padre, y que sen encargue él de educar.

No, no quise ser madre. Y no lo soy. Pero soy parte de la vida de dos niñas maravillosas que, sin esperarlo, sin planearlo, me hicieron un hueco en sus vidas. Y con Miguel, que sigue siendo el amor tranquilo y firme que llegó cuando menos lo esperaba, hemos creado una familia diferente, a nuestra manera.

Y aunque nunca imaginé este camino, no lo cambiaría por nada.

Con mi ex no volví a tener contacto. Sé que se marchó a Estados Unidos por trabajo, pero no sé si sigue allí, se rehízo su vida o si al final habrá sido padre. Lo que sí sé es que, si ahora mismo me descubriera siendo madrastra de unas niñas, bajando con ellas al parque, leyéndoles un cuento antes de dormir, o cocinando para ellas, Andrés se echaría a reír. Hasta mi yo del pasado se partiría de risa al verme así.

 

Escrito por Raquel Acosta, basado en la historia real de una seguidora.