Querido diario

No voy a convencerte para que te quedes

Todo empezó como en las películas. Veníamos de vidas rotas y nos encontramos en el sitio perfecto, en el momento perfecto: en el punto intermedio entre tu tristeza y la mía. Y resultó que juntándolas, conseguimos crear algo precioso: un remanso de paz para los dos, una casa donde bailar descalzos en la cocina.

Pero veníamos de vidas rotas. De días lluviosos, de no salir de la cama en semanas, de llorar sin motivo. Veníamos de haber conocido la sensación de que la muerte a veces parece la mejor solución para acabar con el dolor. Y al final, volvimos allí.

Por eso no voy a convencerte para que te quedes, porque sé que te necesitas. No voy a intentar ser la solución a todos tus problemas, ser la roca que te sostenga, ser la razón que necesitas para seguir aquí. No voy a convencerte para que no te marches, porque sé que lo mejor para ti es que lo hagas. Para descubrirte, para saber quién eres, qué es lo que quieres, si me quieres a mí.

No voy a intentar convencerte para que sigas conmigo. Esforzarme para demostrarte que puedo con todo, que siempre voy a estar ahí, que aparcaré mi vida por ti cada vez que te caigas. No quiero que el tiempo que nos queda no lo pases conmigo, sino con una versión falsa de mí. Una que no sufre, que no tiene problemas, que siempre está bien.

No creo que haga falta que te diga lo muchísimo que te quiero, que siempre voy a estar si me necesitas. Así que no voy a convencerte de por qué tienes que seguir conmigo. Si tuviera que hacerlo, que sentarme contigo y exponerte  las razones por las que deberíamos estar juntos, ni yo sabría qué decir, ni a ti te importaría. Si tengo que convencerte para que me sigas queriendo es que a lo mejor ya no lo haces.

No, no voy a luchar. Me he maltratado el corazón las suficientes veces como para saber que el amor no se fuerza.Que las relaciones no se deben estirar como una pompa de chicle. Porque al final, se rompen. Al final, explotan.

Voy a estar contigo hasta que decidas dar el paso. Y entonces, te dejaré ir. Te abriré la puerta de casa mientras cargas con tus cosas, cerraré con llave (para impedirme salir a buscarte) y me sentaré en el suelo a llorar hasta que ya no tenga nada más que reprocharle al mundo. Después me levantaré, y ya pensaré qué hacer.

Eso sí, sonreiré al recordar nuestra casa porque durante un ratito, aunque fuera muy corto, conseguimos ser felices mientras luchábamos contra nosotros mismos. Bailando descalzos y sin música, en las baldosas frías de la cocina.

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