Tenemos un amigo que es especialista en encontrar chollos en hoteles y casas rurales para pasar fines de semana. Esta vez ha encontrado un aparthotel tirado de precio en una localidad de playa. Así que no dudamos en aceptar cuando nos lo propone.

Un chico del grupo hace relativamente poco que ha acabado su relación con la chica con la que llevaba diez años. Desde los quince. Y parece  que ahora está desatado, queriendo descubrir todas las cosas que no ha hecho. Bueno, cada quien sobrelleva las rupturas como buenamente puede. Se tira a todo lo que se mueve. No obstante, hace un mes que está quedando con la misma chica y ha decidido que nos la quiere presentar y que este fin de semana es una buena ocasión.

A mí cada vez me cuesta más conocer gente nueva, llámame antisocial (no te cortes, yo lo hago), pero por nuestro amigo, pondremos buena cara y recibiremos con los brazos abiertos a la nueva adquisición.

Pues nada, llegamos el viernes mi pareja y yo los últimos, porque yo pliego tarde por culpa de un marrón de última hora. Nada más entrar por la puerta, vemos a un par de colegas con el morro arrugado y el amigo del nuevo ligue no está. Pregunto por él y me cuentan que han llegado justo para la hora de cenar, que se han sentado a la mesa sin ayudar en nada y que, como a ella no le parecía muy bien cenar pan con embutido y tortilla de patatas en grupo, pues que se han largado de cena romántica.

Ajá, ¿alguien les había comentado que este era un fin de semana de convivencia? Vamos, que íbamos a pasar el finde en alegre compañía, todos  juntitos, porque hace tiempo que no nos vemos. Sí, pero el chico ha pedido comprensión para su situación “especial” (por lo visto, el entrecomillado lo ha marcado él) y se han largado.

Ok, no problem. Ya volverán. Cenamos nosotros lo que nos habían dejado preparado y entre cerveza y cerveza, nos ponemos al día de nuestras vidas y acabamos sacando un juego de mesa sobre los niños de los ochenta que siempre nos hace reír, y más si va acompañado de alcohol.

Cuando ya son cerca de la una de la madrugada, yo estoy muerta de cansancio y me disculpo para poder irme a dormir. Las habitaciones se han distribuido por sorteo. Me indican la mía y me comentan que a los fugados les ha tocado el sofá cama que hay en el comedor. Para hacerse una idea, el aparthotel es de dos pisos, arriba están casi todas las habitaciones dispuestas en balcón, alrededor del piso de abajo, que tiene como si fuese en un patio central la cocina-comedor-sala y una habitación más.

Pregunto si alguien se va a quedar a esperarles. Qué remedio, no tienen llave. Y el chico que duerme en la habitación de abajo, solo, se ofrece a esperarles. Y si se queda dormido, al menos será más fácil que oiga los golpes en la puerta.

Suelo dormir con tapones cuando salgo de casa, porque tengo el sueño ligero y cuando no sé cómo van a ser las condiciones de la habitación donde me toque dormir, prefiero prevenir. Pero esa noche duermo como los ángeles. Caigo en un sueño profundo, más parecido a la inconsciencia, del que me despierto a eso de las nueve de la mañana.

Relajada y feliz, bajo al piso de abajo a tomar un café. Están casi todos mis amigos, cogidos a sus tazas humeantes, con cara de mala leche. Por cierto, el perdido no está tampoco hoy.

¿Dónde andan? De desayuno romántico, que ayer descubrieron una cafetería preciosa con terraza con vistas al mar. Ah, pues muy bien. Viva la convivencia.

¿Y esas caras? ¿No te has enterado de nada? No, ¿de qué? Joder, tía, que ayer se pusieron a chingar cuando llegaron, como locos, y ella daba unos gritos como perra en celo que les despertó a casi todos. Anda ya. No seáis exagerados. Que sí, que sí. Esta mañana él le ha comentado al chico de la habitación de abajo que ella es muy expresiva en el acto sexual, que esperaba no haber molestado. Bueno, gracias por el aviso pero parece ser que llega tarde.

En fin, para el sábado hemos planeado una salida cultural y comer en un chiringuito de la playa. Los fugados han avisado que ya nos veremos en el parking del recinto cultural. Cuando llegamos, están aparcados allí. Pero no salen del coche. Cuando nos acercamos, sale él y nos dice que no van a entrar, que la muchacha se ha ofrecido a darle clases prácticas de conducir, porque él aún no se ha sacado el carnet. A todo esto, ella no se digna ni a salir del coche para saludar. Bueno, pues nada, lo que os apetezca. Pensad que a las dos tenemos mesa reservada en el chiringuito.

Hacemos la visita, muy interesante, y nos vamos a comer. Esta vez sí consigo conocer a la chica nueva. Aunque no resulta muy habladora. Cuando acabamos de comer, damos un paseo por la playa y volvemos al aparthotel a arreglarnos para ir a cenar. Al parecer, nuestro amigo ha ido pidiendo las llaves a todos, de manera individual, porque pretenden quedarse en el aparthotel y montarse una fiesta ellos solitos. Llevados un poco por el mosqueo por la actitud de ambos, sin necesidad de ponernos de acuerdo, vamos dándole largas y haciéndonos los tontos, y conseguimos que no se salgan con la suya.

Cenamos, nos tomamos unas copas y volvemos para terminar la fiesta en nuestro alojamiento. Ya de madrugada, nos vamos todos a dormir.

Estoy durmiendo y me despierto, sin entender muy bien la causa. Pero, ya más consciente, me parece que oigo algo raro. Me quito los tapones y oigo un grito sospechoso. Y otro y otro más. Madre mía, qué carajo es eso. ¿Una gata en celo o qué?

Decido salir para investigar y aprovechar para ir al baño. Y cuando salgo de la habitación veo a todos mis colegas en el pasillo mirándose los unos a los otros. Qué, hoy sí te ha despertado, ¿eh? Pero esto qué es. Pues hija, ayer fue igual. Así quién duerme. Pues nadie, ya lo estás viendo.

Cómo puede gritar tanto. Ni que la estuvieran matando. No sabía yo que nuestro amigo era una máquina sexual para que ella esté dando esos alaridos. ¿Y no vamos a hacer nada? Si quieres, les aplaudimos. Yo no bajo ahí a echarles la bronca, qué quieres que te diga. Esto lo arreglo yo. Y me pongo a chistar, para hacer que se callen. Ni el primer ni el segundo chissst surten efecto, Al tercero parece que sí, pues se hace el silencio. Se levantan y se van al cuarto de baño que hay en la habitación de abajo. Y vuelven los gritos otra vez, pero más amortiguados. Algo es algo.

No obstante, oímos al colega que duerme abajo golpear la puerta del baño y gritarles que si no le van a dejar dormir al menos que le dejen unirse a la fiesta. Le responden que enseguida acaban pero no le abren la puerta. A los cinco minutos, después de un grito desgarrador, por fin vuelve la calma. Y nos vamos todos a dormir. Ya era hora.

Al día siguiente, a mí me da vergüenza mirarles a la cara. Pero ellos no parecen preocupados en absoluto. Todo risitas y cuchicheos entre ellos. Después del desayuno, nos informan que ya se van. Y se despiden. Que ha sido un placer estar con nosotros dice ella. A ver, un placer sí ha sido para ti, y dos, pero lo de convivir con nosotros no te lo crees ni tú. Desde aquel día, nos referimos a ella como la gata salvaje. Por suerte o por desgracia, aquella relación no duró mucho más, un par de meses a lo sumo, porque, por lo visto, nuestro amigo no la satisfacía sexualmente como ella necesitaba..Quién lo hubiera dicho…