Siempre he sido una persona muy sociable y a la que le encanta hacer amigos. Nunca he tenido problemas para relacionarme y he podido hacer amigos de diferentes círculos y en casi todas las circunstancias.

Mis cumpleaños siempre han sido una amalgama de gente de entornos muy diversos que yo juntaba para celebrar ese día, algunos del colegio, otros de la universidad, gente del trabajo, de algún curso de formación, de algunos viajes o estancias en el extranjero, etc. La verdad es que nunca me han faltado amigos, pero hay algo que siempre he querido y nunca he conseguido: una mejor amiga.

Una mejor amiga de esas que siempre están, de las que llevan tatuajes a juego, pulseras iguales, duermen constantemente una en casa de la otra, pasan horas al teléfono y hacen todas esas cosas típicas de mejores amigas.

Cuando era pequeña, no recuerdo haber echado eso de menos, o al menos, no era consciente de que lo echaba de menos. Tenía muchos amigos, iba a muchos cumples y mucha gente venía a los míos y siempre tenía alguien con quien jugar, por lo que no le di importancia a no tener una mejor amiga o un mejor amigo.

Empecé a darme cuenta de que me faltaba algo en la adolescencia, cuando se pusieron de moda las pulseras de BFF (best friends forever) y, parecía que todas tenían una mejor amiga, menos yo. Tampoco pude poner en el estado de MSN aquello de “Fulanita&Menganita BFF” cuando todo el mundo lo puso, ni nadie me propuso comprarse a medias aquel corazón partido por la mitad que simbolizaba lo mismo, que eras mejor amiga de alguien.

Cuando fui algo más mayor y empecé a la universidad, pensé que eso cambiaría, pero no fue así y no encontré a esa mejor amiga que me sujetase el pelo mientras vomitaba o que quisiera tatuarse algo a juego conmigo. Alguien a quien pudiera llamar a cualquier hora y con cualquier excusa simplemente para explicarle cualquier chorrada, aunque hiciera solo cinco minutos que nos hubiéramos separado.

Ahora, ya más mayor, lo he notado cuando en las bodas, ninguna de mis amigas me ha elegido para ser su testigo o para dar un testimonio emotivo durante la ceremonia. Tampoco he sido la encargada de organizar ninguna despedida ni, por supuesto, soy la madrina de ninguno de los hijos de mis amigas.

Haciendo un análisis profundo, durante todo este tiempo, me he dado cuenta de que la solución que he ido dando a todo esto es la de la búsqueda irrefrenable de una mejor amiga, forzando relaciones o aceptando determinados comportamientos solo con el único fin de que, de algún modo, esa persona pudiera convertirse en mi mejor amiga. Y, spoiler, siempre ha salido mal.

Ahora mismo, estoy en un punto de resignación.  He aceptado que es algo que nunca he tenido y que, quizás nunca tenga y, aunque sé que no es un drama, pues tengo grandes amigas con las que puedo contar para todo y que, me consta me consideran  también una buena amiga, es algo que me sigue removiendo y también doliendo de vez en cuando.

Nunca le he contado esto a nadie pues considero que ni siquiera podría considerarse problema y que debería estar agradecida por estar rodeada de unas amigas tan buenas como las que tengo. Sin embargo, sé que, aunque me convenza de lo contrario, una pequeña parte de mí siempre va a seguir buscando esa mejor amiga para hacer todas aquellas cosas que nunca pude hacer.

Angie Rigo