Escuchaba hace unos días a un par de amigas del trabajo hablar sobre anécdotas varias de su infancia. Los viajes de verano con la familia de una, la fiesta del décimo cumpleaños de la otra, las comidas especiales de los domingos, las tardes aprendiendo a montar en bici con sus padres… Historias normales de una familia normal, vaya. Y mientras las escuchaba, me pregunté si serían conscientes de lo afortunadas que eran por poder atesorar aquellos recuerdos tan bonitos de su niñez, por el simple hecho de haber nacido en el seno de una familia que se hizo cargo de ellas con todo el amor del mundo.

Por desgracia, yo no guardo apenas ningún recuerdo feliz de mi infancia. Es curioso, porque mi familia siempre me ha dicho que fui una niña totalmente deseada, que mis padres se volvieron locos de contentos cuando por fin me tuvieron en brazos. Pero supongo que, a la hora de la verdad, la maternidad no era lo que mi madre esperaba, y cuando cumplí siete años me internaron en un colegio de monjas.

He de decir que se trataba de un buen colegio, con unas instalaciones y unos profesionales excelentes, y que nunca me faltó de nada… salvo el cariño o la simple presencia de mis padres. Claro.

Mientras algunas de mis compañeras volvían a sus casas al terminar las clases, muchas otras nos quedábamos en aquel internado que durante diez años fue nuestro hogar. Lo más irónico de todo es que la casa de mis padres estaba a apenas quince minutos de allí. Aun así, tenía que permanecer día y noche en aquel lugar mientras ellos viajaban por el mundo.

Durante mucho tiempo les lloré y les supliqué que me dejaran volver a casa al final del día, pero de nada sirvió; siempre me dijeron que no tenían tiempo para ocuparse de mí.

Me hubiese encantado que mi madre me hubiese abrazado todas las noches que estuve enferma, que me despertaran con un beso de buenos días, poder llevar amigas a merendar, incluso que me castigaran por sacar malas notas. Pero nada de eso sucedió jamás.

En lugar de padres tuve profesoras que, aunque fueron buenas conmigo, el cariño de una extraña nunca puede compararse con el afecto que necesita una niña de siete años. Cuando se acercaban las Navidades, me volvía la niña más feliz del mundo, porque eso significaba que podía volver a casa unos días y fingir que éramos una familia normal.

Los años fueron pasando, cada día igual que el anterior, y yo crecí en aquel lugar. Incluso pasaba las vacaciones de verano en el internado, ya que mis padres se iban de viaje y no me llevaban con ellos. Lo cierto es que, independientemente de todo, nunca me sentí querida.

Cuando veía a las demás madres con sus hijas me moría de celos. Yo también quería que me abrazaran, que me miraran con ternura, que se interesaran por mí. Mis padres me trataban como a una desconocida, como si yo fuera una carga más que una hija.

Durante años me culpé a mí misma por esa frialdad. Llegué a pensar que había algo mal en mí, que la culpa era mía. Hasta que un día fui capaz de dejar esa búsqueda constante de aprobación y empecé a vivir mi propia vida… en la medida en que eso era posible para una cría de dieciséis años.

Un fin de semana, con permiso para salir, conocí a un chico que me cambió la vida. Era cariñoso, sencillo, divertido, y me enamoré perdidamente. Al poco tiempo me invitó al supuesto cumpleaños de su tío, que casualmente cumplía años el mismo día que yo.

Pero la sorpresa fue para mí. Resulta que aquella fiesta era por mi cumpleaños. Él y su familia la habían organizado para mí. Hacía años que no celebraba uno, y aquello me llenó el corazón de algo que ahora puedo nombrar: gratitud.

No podía creer que una familia que no me conocía de nada hiciera algo tan bonito por mí. Desde el primer momento me acogieron con todo el amor del mundo, y eso, para alguien como yo, fue el mejor regalo de todos.

Cuando salí del internado para estudiar en la universidad, me puse a trabajar y me alquilé una habitación. En lugar de visitar a mis padres, corría a ver a la familia de mi chico. Cada puente, cada vacaciones.

Han pasado muchos años desde entonces, pero ese chico tan estupendo es hoy mi marido y padre de mis dos hijos. Gracias a él pude formar una familia preciosa y sentir, por primera vez, lo que era ser querida de verdad.

Y aunque sigo queriendo, inevitablemente, a mi madre, mi suegra es la verdadera madre para mí: la que me escucha, me abraza, me cuida cuando enfermo y me quiere incondicionalmente.
Casi tanto como yo a ella.

Anónimo.