Tiempos modernos en los que te dicen que todo, todo “está a un click de distancia”. ¿Quieres comprar comida? ¿Sacar entradas? ¿Aprender klingon? ¡No hay problema, estás a un click de distancia de tu pizza, de tu concierto o de tu qaplà! Luego ves que en realidad hay muchos (…muchos) más clicks de distancia y también a un desembolso económico importante, pero bueno, la ilusión del progreso esta ahí. Y como todo es conseguible de esa forma, te dicen que el amor también lo está, que puedes meterte en lo que antes eran las agencias matrimoniales y encontrar a tu alma gemela como quien elije película en Neflix. La pega es que más de la mitad del catálogo está incompleto o son bodrios, pero eso no te lo cuentan.
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El caso es que allí entré yo, en Tinder, que entonces era la más famosa de ese tipo de webs, a tratar de encontrar el amor porque otra cosa no, pero esperanzas, tiene una más que la cola de Doña Manolita. Y total, para que acaben igual. Viendo que si no pagabas, estar allí era como tener un tío en Alcalá, porque no puedes chatear, ni recibir mensajes, sólo mirar los perfiles y poquito, no nos los gastes, decidí pagar la membresía. Un mes, veinte euros de mi corazón que no recuperaré. El Canal Plus era más barato y lo hubiera pasado mejor.
Me puse a ratonear entre los perfiles buscando a alguien de gustos compatibles a los míos (algo que se dice muy fácil, pero hacerloooo…). Y di con un chico cuya bio decía que prefería a una chica con interior, bondad y empatía antes que a una Miss, que decía que la belleza estaba en el interior y que pedía una oportunidad de mostrar también él la suya. Aquella última frase debió ponerme en alerta, porque apestaba a “chicobueno” y ya sabemos que quien presume de serlo, jamás lo es, como los que van alardeando de feministas y aliades y luego se llaman Neil Gaiman. Pero en ese momento no caí, y me arriesgué. Y la conversación fue tal que así:
Delice: Hola, ¿qué tal? He visto tu bio y yo busco lo mismo, ¿te apetece hablar?
TodoTernura: Mira, para GORDO Y FEO, ya tengo bastante conmigo. Largo.
Sí. No añado ni una coma, me podéis creer. Y aquí voy a admitir que hice mal. Hice mal en lo que hice, debí haber cerrado la ventana de chat, bloquearle y denunciarle a la página, esa hubiera sido la manera correcta de obrar. Pero no lo hice. Le escribí un texto tirando a largo diciéndole que si estaba de mal café porque tenía menos sexo que una película de Parchís, yo no tenía la culpa, que con esa actitud mejor que no le cayese encima ni lluvia y luego le di recuerdos para sus diversos familiares por separado, su padre, su madre y todos sus muertos en vinagreta.
Y claro, me banearon la cuenta. Admito que tenían razón, ¡pero podían haberme devuelto parte de mi pasta! Nooooooo, claro, eso no, el baneo no implica que deban devolverte la pasta de la suscripción. En fin, hice mal. Estuvo feo y me pasé con él. Eso lo reconozco.
Ahora, lamentarlo, eso ni gota. El que viene tirando piedras, que no se extrañe cuando le vengan devueltas.
Delice