Vivo desde hace años a bastantes kilómetros de mi ciudad de origen y, hasta hace poco, no había logrado tener un círculo de personas con las que juntarme de vez en cuando. No lo echaba en falta porque la flexibilidad geográfica que tengo en el trabajo me permite ir a mi ciudad cuando quiera, y allí es donde tenía toda la vida social. Pero, a fuerza de ver siempre las mismas caras en el gimnasio o en el bar, y de tener conversaciones espontáneas, fue surgiendo algo parecido a una incipiente amistad con algunas mujeres.

La primera noche que quedé con este grupo estaba un poco cortada. Me considero locuaz y espontánea cuando cojo cierta confianza, pero, hasta que no percibo cierta apertura en los demás, no me abro yo también. Puedo pasar años viendo y hablando con la misma gente pero, si no me dan cuerda, ni oirán mi voz. Por lo visto, esto es una timidez selectiva y funcional que he desarrollado sin saberlo para no agotar mi batería social, pero esa es otra cuestión.

El caso es que hará un par de meses o tres que unas chicas me invitaron a tomar unas cañas. Estuve a gusto y se ve que ellas también, porque me volvieron a avisar al viernes siguiente. Había conectado especialmente con una de mi misma edad y con un contexto similar al mío, así que fui. Pero lo que pasó después no lo vi venir.

Ligar

¿Cómo me tomo esto?

Aquella noche nos juntamos cinco o seis, pero la de mi edad y yo nos quedamos solas porque todas las demás se fueron temprano para atender sus obligaciones del día siguiente, en esencia, trabajo y/o hijos. Así que, como nos apetecía estar un rato más, dimos un paseo hasta un local de copas cercano.

El par de combinados que nos tomamos dio para hablar sobre las cosas que se hablan con alguien a quien apenas conoces: que si el trabajo, que si la familia, que si las amigas… hasta que llegamos al terreno de las relaciones de pareja.

Ella me confesó que andaba en fase de búsqueda continua de sexo espontáneo, que había salido hacía relativamente poco de una relación muy larga con un tipo y no le apetecía nada que implicara ataduras emocionales. Me dijo que estaba teniendo suerte y que, últimamente, siempre que salía pillaba cacho al final de la noche.

—Bueno, pues a ver si hay por aquí alguno que te atraiga y esté por la labor —dije.

Antes de subirme a casa a uno de estos cardos, te subo a ti.

Sonrisa y sorbito para pasar un tupido velo por aquella mezcla de indirecta e intento fallido de piropo que, por el gesto, parecía que iba en serio.

La conversación derivó a gustos y aficiones, incluyendo viajes, momento en el que se pone a despotricar de mi ciudad porque, según ella, está sobrevalorada y la había decepcionado.

—Espera, espera, espera. Como sigas hablando así, dudo que nuestra amistad vaya a prosperar —dije riéndome, de coña.

—Ya, claro. Te caigo demasiado bien como para que no prospere —y otro gesto sugerente.

Una vez más, sonrisa y sorbito.

Terminada la noche, a mí me quedaba una larga caminata de 20 minutos hasta casa, mientras que la suya estaba solo a un par de calles. Me invitó a tomar la última en su piso y a quedarme a dormir, si quería, lo que ya no sé decir si era una invitación cortés o era la última ficha que se le ocurría mover. Yo le dije que quería dormir en casa, así que me acompañó durante un tramo y se fue.

Llegué a casa rayada. Me preguntaba si aquello sería el fin de mi brevísima relación con aquel grupo, en caso de que la chica insistiera hasta hacerme sentir incómoda o prefiriera evitarme en adelante. Me preguntaba si le estaba dando demasiada importancia y viendo cosas donde no había, con el ego subido. Y también si, de no haber tenido yo pareja estable, aquella podría haber sido mi primera experiencia lésbica.

Me temí lo peor cuando, la siguiente vez que nos vimos, ella tuvo una actitud distinta conmigo, como retraída. Juraría que se intercambió una mirada cómplice con una amiga tras alguna cosa que dije yo.

Ella conoció al amor de su vida de ese mes poco después y no me ha hecho más comentarios ni sugerencias sospechosas. Por ahora, nuestra amistad está prosperando.