Me he encontrado con la profe de mi hija mayor en el super y nos hemos quedado un ratito charlando.
Comentamos sobre el tiempo, las vacaciones y hemos terminado hablando de lo dura que es la crianza, de que nadie te lo cuenta y demás y, en un momento dado, ella me ha dicho: ‘Ya te digo, y más cuando eres madre soltera, yo de verdad que os admiro’.
‘OS admiro’.
Esa mujer ha sido la maestra de mi niña los dos últimos cursos y cree que la estoy criando en solitario…
Pero lo peor es que no es la primera vez que me pasa esto, porque parezco madre soltera pero no lo soy.
Y mi marido no es tampoco un hombre de esos que se estanca en el modo single y no se implica en el cuidado de sus hijos. Al contrario, es un padre maravilloso y se le ve a la legua… Cuando está.
Porque lo que pasa es que trabaja fuera y, claro, es difícil ocuparte de tus hijos y hacer vida familiar cuando te encuentras a miles de kilómetros de tu casa.

Prácticamente acababa de nacer nuestra hija cuando le surgió esa oportunidad laboral y, después de mucho sopesar los pros y los contras, decidimos que no la podía dejar escapar.
Para él no es fácil, se está perdiendo una parte muy importante de la infancia de la niña y del niño que no sé cómo leches logramos concebir con tan solo un puñado de encuentros sexuales cada dos meses. Es una gran renuncia en favor de su carrera y nuestra economía, entre otros.
Pero bueno, decidimos libremente que las cosas iban a ser así y tampoco es que vaya a durar toda la vida. De hecho, es bastante probable que en un máximo de dos años pueda regresar.
Cosa que, francamente, espero como agua de mayo.
Su posición no es fácil, pero la mía también tiene tela.
A efectos prácticos, durante 9-10 meses al año, estoy sola.
Sola para encargarme de la casa, de mis niños, de mi propio trabajo y de todo lo que lo anterior conlleva.
Sé que hay miles de mujeres en mi situación y millones que aún están peor. Pero hay momentos en los que me dan ganas de coger el teléfono y pedirle que vuelva.
Gracias a dios no me siento de esa manera todo el rato, son momentos puntuales.
Por lo general nos va muy bien a los tres con la rutina marcial que tengo instaurada y que solo se rompe cuando papá está con nosotros.

Cada vez que viene es un poco como estar de vacaciones, aunque yo trabaje y haya cole.
Los niños lo disfrutan un montón.
Yo lo sufro en silencio porque mi disciplina se va al garete cuando él está y me descoloca el ajustado tetris con el que organizo nuestro día a día.
Soy consciente de que parezco la gata flora, sin embargo, a menudo me debato entre lo que echo de menos tenerle aquí y las ganas de que se vaya de nuevo para recuperar la normalidad en casa.
La verdad es que pronto aprendí que una buena organización es fundamental, porque yo me lo guiso, yo me lo como. Yo voy, yo vengo. Llevo, traigo. Compro, cocino, limpio. Juego, voy al pediatra, ayudo con los deberes, etc.
A pesar de que los inicios fueron duros, ahora ya me sale natural y estoy más que acostumbrada a no depender de nadie más que de mí misma.
De ahí que, en ocasiones, me altere un poco que venga otro a trastocar mi planificación.
Incluso cuando muero de ganas de verlo entrar por la puerta.
Es así.
Anónimo
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