Hace unos años conocí, a través de unos amigos comunes, a una chica con la que encajé muy bien desde el principio. No pasó mucho tiempo antes de que nos hiciéramos íntimas y nos contásemos nuestras vidas. Teníamos motivaciones igual de intensas, formas de ver la vida similares y nos entendíamos muy bien. Hoy en día no sabría decir en qué momento dejé de entenderla en absoluto y cómo llegó a ser la persona que es ahora, a la que no reconozco en absoluto.
Ambas teníamos grandes aspiraciones, cada una en su sector, y la verdad que no nos fue nada mal. Ella empezó desde muy abajo en la recepción de un hotel mientras estudiaba el máster. En sólo 5 años ya ocupaba un puesto muy importante en una gran cadena de hoteles.

Soñaba con vivir en una casa pequeñita a las afueras donde llevar una vida tranquila y poder dedicar su tiempo libre a sus plantas y árboles frutales, que era algo que siempre le había apasionado. Poco después de su primer ascenso llegamos a ir a visitar alguna de las casas en venta de los alrededores de nuestra ciudad. Tenía una idea bastante clara, pero no quería precipitarse y prefería ahorrar un poco primero.
Algo pasó entonces. Dejó de acudir a cenas y fiestas para ahorrar, pero parecía un poco exagerado con su sueldo que no viniese a una quedada en la que no planeábamos gastar más de 20 euros. Pronto me llamó la atención que su pelo empezase a lucir desgreñado y como que le faltaba vida. Me dijo que había dejado de ir a la peluquería y se lo arreglaba ella en casa. Esa no podía ser la única razón por la que tuviera el pelo tan estropeado de repente. Un día que fui a ayudarla con el ordenador en su casa y me fijé, al ir al baño, que la ducha estaba llena de sobres de muestras y no había más que un bote de gel de dos litros de marca blanca. No sabía cómo interpretar aquello así que, de forma discreta, le comenté que había descubierto una nueva marca de productos para el pelo que me estaba gustando mucho. Ella me dijo que estaba contenta desde que había decidido lavar el pelo con gel corporal porque le quitaba el exceso de grasa mucho mejor y que luego le echaba algún que otro producto reparador para corregir la sequedad excesiva que le quedaba. Entonces entendí aquel desastre.

Meses después la convencimos para ir a tomar unas cañas al salir de trabajar para celebrar su siguiente ascenso y apareció con una chaqueta que yo le había dado hacía tiempo que estaba bastante vieja ya y con unos tacones que se veía que le quedaban grandes. Le hice una broma sobre la chaqueta, algo como que mi chaqueta había ascendido, y me dijo que ahora que tenía que ir más formal al trabajo se le acababan las opciones de looks elegantes, que al menos su hermana le había pasado aquellos zapatos, aunque le caían al andar porque usaba dos números menos que ella.
Yo le propuse ir de compras a un outlet que conocía a las afueras donde había ropa muy chula muy rebajada, pero me dijo que quería ahorrar un poco más para la casa.
Por circunstancias ajenas a nosotras, nos distanciamos unos meses y cuando nos “reencontramos” no me podía creer lo que veía. Venía de una reunión importante, su piel estaba llena de marcas, rojeces y granos, su pelo muy peinado se veía aun más apagado y la ropa que llevaba estaba remendada. Le pregunté abiertamente y me dijo que seguía ahorrando para la casa. Me contó lo bien que le iba en la empresa y hablamos de nuestras carreras. Al final del día me di cuenta de que, por lo que me contaba, con el sueldo que cobraba ahora podría comprarse no una casa, sino tres o cuatro, que llevaba ya varios años ahorrando buenos sueldos y, no teniendo cargas y, no comprando siquiera ropa, tenía que tener más que suficiente, pero de lo único que quería hablar era de los trucos de ahorro que había aprendido. Cómo había sustituido sus cremas de farmacia para sus problemas dermatológicos por una crema que había encontrado en una droguería que iba a cerrar y que le había vendido un lote de cremas por poco dinero. Me quedé bastante preocupada y le pregunté a una de nuestras amigas comunes qué había pasado en ese tiempo que yo había estado desconectada.

Esta chica me contó que Sara, al volver de pasar dos meses en Londres por trabajo, había vuelto más rara que nunca, que casi no la veían y que el único que tenía contacto con ella era Roberto, con el que había negociado un precio muy bajo por comprar al final del día los restos del restaurante que regentaba. Decía que no tenía tiempo de cocinar, pero todo su comportamiento en general llamaba demasiado la atención.
Finalmente pregunté a su madre. Me parecía demasiado preocupante verla tan descuidada, delgada, con la ropa llena de remiendos… Sucia no la había visto, pero se notaba que la higiene empezaba a resentirse también en sus dientes. Me encontré a una mujer totalmente desesperada. Su hija siempre había mostrado conductas obsesivas, pero ahora no sabía cómo ayudarla. Vivía como una indigente en un piso vacío que tenía su tía donde no había dado de alta ni el gas. Ella tenía acceso a su cuenta del banco y realmente tenía dinero para comprarse un pueblo entero. Me dijo que había tenido problemas en el trabajo porque se habían quejado de que su aspecto era demasiado descuidado. Temía que la fueran a despedir y se viera aun peor.
Esta madre no sabe qué hacer, Sara niega todo, dice que simplemente quiere ser responsable, mientras sus manos se agrietan por la falta de hidratación y sus tacones pegados con pegamento se resienten bajo sus pies.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
(La autora puede o no compartir las opiniones y decisiones que toman las protagonistas).
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