A veces pensamos de más y de mal. O igual soy solo yo. Y a veces hacemos cosas que sabemos que no tenemos que hacer, escudándonos en cualquier excusa. Siempre había sido una fiel defensora de no revisar móviles: mi libertad acaba donde empieza la tuya. Y así lo había hecho, sin ningún tipo de excepción.

Mi chico y yo siempre habíamos estado juntos y siempre habíamos estado bien. Éramos una pareja consolidada de treintañeros con su casa, sus trabajos, sus amigos… Una vida cómoda y fácil. Sin sobresaltos. Feliz.

Pero mi novio empezó a estar raro. Estaba muy cansado, empezó a adelgazar y decía que le dolía al orinar. Le dije que fuera al médico, que seguro que era por el cambio de estación y que, con una analítica y unas vitaminas, todo iría mejor.

Esta fase coincidió con un periodo mío de mucho trabajo, así que no le di demasiada importancia. Sabía que iba al médico pero, siempre que le preguntaba, me decía que iba todo bien, que no era nada y que no me preocupara. Y no lo hice, porque tenía mil cosas en la cabeza. Además, tenía que viajar fuera por un proyecto, y seguimos con nuestra rutina.

Aun así, estaba raro, distante, me rehuía… Si intentaba insinuarme, me rechazaba. Así que empecé a sospechar que me estaba siendo infiel. Y una mañana, mientras se duchaba, le cogí el móvil.

No había nada raro. Pero sí una conversación con su madre en la que el último mensaje que se veía era:
“Cielo, ¿algo mejor hoy?”
Y me pareció raro porque mi suegra es de esas personas que va a su bola y no pregunta a diario a nadie. Así que me metí en el chat. Y la palabra “cáncer” aparecía junto a frases como:
“Va a salir bien”, “Tienes que decírselo”, “¿A qué hora quedamos mañana para ir al hospital?”

Me quedé en shock.

Cuando salió de la ducha no pude disimular. Le di un abrazo y me eché a llorar. Le dije que creía que me estaba siendo infiel, que había leído su WhatsApp y que había visto lo del cáncer. Que no era justo que lo sufriera en silencio, que yo estaba ahí y quería estar con él, pero necesitaba que me contara todo.

Lo de que le hubiera rebuscado en el móvil pasó a un segundo plano cuando se echó a llorar también. Me dijo que le habían detectado un cáncer de próstata en etapa inicial. Que no era normal con nuestra edad, pero que su tío lo tuvo y eso duplicaba sus posibilidades. Empezaba la quimioterapia en una semana.

Le pregunté por qué no me lo había dicho. Me contestó que me veía tan agobiada que no quería que dejara lo que estaba haciendo, que el pronóstico era bueno y que me lo iba a contar cuando empezara la quimio, porque ahí ya no iba a poder ocultarlo.

Y me sentí tremendamente egoísta y locamente enamorada de mi novio.

Empezamos la quimio como equipo, terminó, y seguimos luchando. Le hacen pruebas cada seis meses, pero el pronóstico es bueno. Nuestra promesa ha sido no ocultarnos nada nunca más. Y la mía, además: jamás volver a mirar su móvil.

Pero, si os soy sincera, no me arrepiento, aunque sé que estuvo mal.