Alberto y yo tuvimos una relación tormentosa, de esas en las que o estás en la cima o en el lodo. No había término medio y la toxicidad nos perseguía. Ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio. Rompimos muchas veces y volvimos otras tantas. Pero, al final, se impuso el sentido común y lo dejamos, bronca monumental de por medio, para no volver a vernos nunca más.
Nos borramos de todo: de nuestras vidas, de nuestras redes sociales, de nuestro entorno… Cada uno hizo su camino y, como no éramos de la misma ciudad, no fue difícil. Ojos que no ven…
Pero la toxicidad te hace dependiente. Y borré todo menos su número de teléfono. Intenté hacer mi vida, pero miraba su foto del WhatsApp. Intuí que había comenzado una nueva relación porque en su foto aparecía una chica que, aunque me fastidiaba, era preciosa.
Y entonces caí en mi soledad: un año después mi vida seguía igual, pero sin él. Mismo trabajo, misma rutina y, ahora, soledad. No había sabido aprovechar la oportunidad para intentar sanar las heridas y encontrarme tras las cenizas de un amor que no pudo ser. Podría haber ido a terapia, pero iba tan justa de dinero que me pareció secundario. Podría haber tratado el tema con mis amigas, pero se enconó tanto en mi interior que preferí ocultarlo, encerrarme en casa y esconder que ahora, sin él, no sabía cómo hacer las cosas. Me había vuelto dependiente sin saberlo.
La soledad es muy mala y empecé a idealizar lo que habíamos vivido. Las discusiones se convirtieron en riñas, chiquilladas sin sentido y la parte buena adquirió tintes de novela romántica. Y seguía mirando sus fotos de WhatsApp intentando buscar una llamada.
Un poco después, en la foto de perfil aparecía solo él: sonriente, con una camisa blanca y una americana. La típica foto de perfil de LinkedIn que busca mostrar naturalidad y profesionalidad. O la foto que pondrías en una aplicación de citas si no quieres parecer un niñato.
Yo, que me paso mucho de rosca con las interpretaciones, asumí que ya no había novia y que, precisamente, estaba en la casuística número dos: mostrando su cara más amable a chicas a las que les daba su número.
Así que en una noche de las que sales con tus amigas y te pasas con el vino, al llegar a casa le escribí. Había pasado algo más de un año desde la última vez que nos vimos y nos hablamos. Así que fui simple:
“Se te ve genial en la foto. Te echo de menos. Creo que, pese a todo, te quiero.”
Me quedé mirando el mensaje y su “Escribiendo…”, que borraba una y otra vez. Estaba en línea, lo había leído y me estaba escribiendo. Simplemente no encontraba las palabras… Me tiré mirando la pantalla con una sonrisa más de 15 minutos, pero esa noche no llegó la respuesta.
Me dormí con el teléfono en la mano y una sensación de esperanza. Podíamos volver, podía funcionar… Esta vez, sí.
Me desperté y había un mensaje suyo sin leer. Era una foto. Pero no una foto cualquiera: era una ecografía.
Con un mensaje:
“Esta es Malena. Nacerá en tres meses y su madre y yo estamos tremendamente felices.”
Y se me cayó el mundo encima. Fui en picado y ahí entendí que la terapia era importante y que, para afrontar el presente, no hay que tener deudas con el pasado.
Ahora estoy mejor y entiendo, gracias a mi psicóloga, que no habría funcionado, que no fue bonito y que tenía que salir de ahí. Ya lo decía Gil de Biedma:
“Para saber de amor, para aprenderle,
haber estado solo es necesario.”
Y es en esa fase en la que estoy, felizmente, ahora.
