Cuando mis prima me presentó a uno de los amigos de su chico durante su fiesta de  cumpleaños, no imaginé que fuera a convertirse en una persona tan especial en mi vida.  La primera impresión que me llevé de él fue que era uno de los tíos más guapos que  había visto en mi vida y también un prepotente de la cabeza a los pies. Pensé que era el  típico guaperas creído, un macarrilla con aires de grandeza que se creía mejor que el  resto vete tú a saber por qué. Sin embargo, el universo decidió que al final de aquella  noche, todo el mundo se marchase y aquel chico y yo, nos quedásemos solos junto a mi  prima y su novio, que estaban más pendientes de comerse a besos que a otra cosa.  Resultó ser un encanto, un chico de lo más simpático, ocurrente y culto, de esas personas que tan pronto te hacen reír con cualquier chorrada como te sueltan una perorata  filosófica y te dejan boquiabierta.  

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Si cuando le conocí me hubieran dicho que horas más tarde iba a rezar por que me  besara junto aquella parada de autobús, me hubiera meado de la risa. Después de  aquella noche, volvimos a quedar varias veces. Necesitaba seguir conociéndole y sí,  también necesitaba sus besos como una droga. Estar a su lado era de lo más mágico que me ha pasado nunca y que ningún otro chico me había tratado ni me había llegado al  corazón como lo hizo él. Cuando llevábamos unas semanas juntos, me dijo que me quería por primera vez, que estaba enamorado de mí y que precisamente por eso tenía que ser  sincero conmigo, porque no me merecía seguir engañada. Me pasaron mil cosas por la  cabeza, como me había estado poniendo los cuernos, pero nunca imaginé lo que tenía  que decirme en realidad.  

Me confesó que había pasado un tiempo en la cárcel por tráfico de drogas, que cuando  era un chaval se había juntado con quien no debía y había hecho cosas muy feas de las  que no estaba orgulloso y por las que ya había pagado. Ya se encontraba totalmente  alejado de ese estilo de vida, pero le daba miedo que yo decidiera dejarle, aunque dijo  comprenderlo si esa era mi decisión. Reconozco que de primeras me quedé a cuadros y  no supe qué decir. Que tu novio haya estado preso no es algo fácil de digerir, ni el sueño  de ninguna chica en sus cabales, pero no pensé en dejarle ni por un segundo. Como bien  había dicho él, ya había pagado por sus errores del pasado y ahora era una persona  completamente distinta. Ahora estaba centrado, tenía su trabajo, era una persona de lo  más tranquila, no se metía en líos y desde hacía años, no le habían puesto ni una mísera  multa de aparcamiento. Pero mi familia no pensaba igual. 

Está claro que para nuestros padres, no hay hombre en el mundo capaz de estar a la  altura y que ninguno de ellos, por más maravillosos que puedan resultarnos a nosotras,  será nunca suficiente. Y en cierto modo, puedo llegar entender esa necesidad de  protección tan típica de los padres hacia cualquier posible futuro yerno, pero la  desconfianza paternalista no debería estar por encima de nuestra libertad para elegir y  enamorarnos de quien nos hace felices. Y él me hacía muy feliz y me había demostrado  cada día, con cada gesto, lo buena persona que era y lo mucho que me quería. Casi no  venía por casa de mis padres para evitar conflictos, ya que desde el principio me dijeron  que «un narco de mierda» no era bienvenido allí.  

A pesar de sus intentos por agradarles y por encajar en mi familia, sólo recibió desprecios. Si se presentaba con un regalo por el cumpleaños de mi padre, éste lo rechazaba y decía  que a saber de dónde había sacado el dinero. Áun así, si hacía lo posible por ser  simpático, le miraban mal y le hacían saber que no era uno más. Yo intentaba que le  conocieran, para que vieran con sus propios ojos que me adoraba, que era una persona  maravillosa y absolutamente reformada, pero nunca hicieron ni el más mínimo esfuerzo  por dejar a un lado sus prejuicios. Yo lo pasaba fatal viendo cómo le hacían de menos,  viendo cómo el pobre sufría pero fingía mantener el tipo con cara desplante y cada mirada de asco, escuchando a cada segundo cómo mis padres le ponían a parir y me rogaban  que le dejase.

Pero nosotros nos queríamos con locura y seguíamos juntos a pesar de todo. Hasta que  un día, desapareció una cadenita de oro que había pertenecido a mi abuela y, cómo no,  culparon a mi chico de todo y me hicieron elegir: era él o ellos. Obviamente, él ni se había  acercado a esa cadena y ésta terminó apareciendo días más tarde. Aún así, él me dijo  que no podía más, que me quería mucho pero que no quería ser el responsable de  romper a mi familia, que con el tiempo iba a ser lo mejor, que yo no me merecía vivir así y  que si le elegía a él ninguno de los dos seríamos del todo felices. Lloré durante meses y  odié a mis padres durante mucho tiempo por haber hecho que la historia de amor más  bonita del mundo se fuera al traste. 

Hubiera dejado todo por él, incluida mi familia, sin dudarlo un instante. Me costó  entenderlo, pero supongo que él sólo intentó hacer lo mejor para mí. 

 

Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.

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